Florentino Pérez y la contradicción de vender sin ceder poder
Captura RTVELas últimas declaraciones de Florentino Pérez sobre la posible entrada de un inversor en el Real Madrid dejan más preguntas que respuestas. El presidente blanco insiste en que quien adquiera hasta un 5% de la sociedad que eventualmente podría crearse alrededor de las actividades del club "no va a mandar, ni votar, ni participar en ninguna decisión". La afirmación, lejos de tranquilizar, invita a reflexionar sobre la lógica y la transparencia de una operación que parece diseñada para abrir la puerta al capital privado sin reconocer plenamente sus implicaciones.
La primera contradicción es evidente. Si el inversor no tendrá capacidad de decisión alguna, ¿qué incentivo real tendría para aportar capital? En el mundo empresarial, las inversiones se realizan con expectativas de rentabilidad, influencia o ambas. Pretender que una marca o un fondo desembolse una cantidad potencialmente multimillonaria únicamente por "el honor" de asociarse al Real Madrid resulta, como mínimo, difícil de creer. La historia económica demuestra que el dinero rara vez entra en una organización sin esperar algún tipo de retorno o capacidad de influencia futura.
Florentino Pérez intenta presentar la operación como una simple herramienta de valoración patrimonial. Sin embargo, cuando una entidad abre una parte de su estructura a inversores externos, aunque sea minoritaria, se inicia inevitablemente un proceso de transformación. Quizá hoy ese porcentaje sea del 5%, mañana podría ser otro. La cuestión no es únicamente el porcentaje, sino el precedente que se establece.
Más preocupante aún es el argumento utilizado para justificar la medida. Pérez asegura que la idea surge como respuesta a una supuesta amenaza legislativa que podría poner en riesgo el patrimonio económico de los clubes propiedad de sus socios. Sin embargo, en lugar de reforzar el modelo tradicional que históricamente ha distinguido al Real Madrid, la solución propuesta consiste precisamente en introducir elementos propios de una estructura empresarial más cercana a las sociedades anónimas deportivas.
Resulta paradójico que quien ha defendido durante décadas la singularidad del modelo madridista plantee ahora una fórmula que acerca al club, aunque sea parcialmente, a la lógica del mercado financiero. Se insiste en que los socios conservarán el control absoluto, pero al mismo tiempo se busca que agentes externos valoren económicamente una parte del negocio y participen de esa valoración. Son dos discursos que conviven con dificultad.
Además, el debate merece una transparencia mucho mayor de la que se está ofreciendo. Los socios tienen derecho a conocer con exactitud qué estructura jurídica se pretende crear, qué derechos económicos tendría el inversor, qué mecanismos impedirían futuras ampliaciones de capital y qué garantías existirían para evitar que una decisión presentada hoy como simbólica se convierta mañana en un cambio estructural.
El problema no es únicamente la operación en sí, sino la forma en que se está comunicando. Cuando un presidente afirma que alguien puede invertir sin decidir absolutamente nada, parece pedir un acto de fe más que ofrecer una explicación convincente. Y en una institución que pertenece a sus socios, la fe nunca debería sustituir a la información.
Florentino Pérez ha transformado el Real Madrid en una potencia económica y deportiva global. Ese legado es indiscutible. Precisamente por ello, cualquier modificación que afecte al modelo de propiedad del club debe ser analizada con el máximo rigor y sin mensajes simplificadores. Porque la cuestión no es si el inversor mandará hoy, sino qué puerta se abre para el mañana.























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