Lunes, 01 de Junio de 2026

Actualizada Lunes, 01 de Junio de 2026 a las 22:06:03 horas

Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Lunes, 01 de Junio de 2026

El VAR, o cuando la tecnología es teología

CD LeganésCD Leganés

“Hannibal Lecter: Te despiertas en mitad de la noche, ¿verdad? Te despiertas en la oscuridad y oyes el chillido de los corderos.
Clarice Starling: Sí.
Hannibal Lecter: ¿Y crees que si salvas a la pobre Catherine podrás hacer que se callen? ¿Crees que si vive, no volverás a despertarte nunca más en la oscuridad con el chillido de esos corderos?”

El fútbol moderno vive obsesionado con erradicar el error humano. Al igual que Clarice Starling en El silencio de los corderos, las instituciones actúan movidas por una urgencia psicológica colectiva: salvar al juego de la injusticia para callar los gritos de la polémica.

 

El VAR nació bajo esa promesa redentora: lograr el silencio definitivo de los corderos en el juicio arbitral. Sin embargo, para alcanzar esa supuesta paz, el fútbol se ha entregado a un dogma peligroso.

 

Como advirtió el filósofo Martin Heidegger, la tecnología moderna ha desplazado a las viejas deidades para erigirse como el nuevo Dios omnipotente. Ya no creemos en la mirada del colegiado; nos arrodillamos ante la pantalla, asumiendo que sus líneas pixeladas dictan una verdad mística e incuestionable. La tecnología se ha convertido en teología.

 

El ejemplo más cruento se vivió anoche en el Estadio Ontime Butarque. En la agónica final por la permanencia entre el Leganés y el Mirandés, el destino de ambos clubes quedó suspendido por el veredicto del Dios-Pantalla. Dos goles anulados al Mirandés por fueras de juego milimétricos —uno de ellos de Salim El Jebari sentenciado instantáneamente por el sistema semiautomático— condenaron al descenso a los visitantes.

 

El propio comentarista del encuentro, Pedro Nieto, verbalizaba en directo el sentir general al confesar su rechazo hacia una tecnología fría que arrebata la soberanía al árbitro de campo a golpe de fotograma acelerado, lanzando una pregunta demoledora: ¿qué pueden pensar ahora mismo los seguidores del Mirandés? La respuesta es unánime: la dictadura del algoritmo desvirtúa por completo la esencia del fútbol.

 

¿Cómo pedirle una fe ciega a una sociedad sumida en el escepticismo institucional? Si en el panorama actual hasta los políticos han perdido las apariencias de honradez y se les ha caído la capa de la integridad, es una utopía exigir una confianza virginal hacia un software deportivo.

 

El aficionado de hoy sabe perfectamente que el fútbol profesional acarrea un historial sistemático de sospechas, corruptelas y estructuras mafiosas que la propia FIFA ha protagonizado durante décadas y que nutren una densa literatura de investigación.

 

El ciudadano común, acostumbrado a la manipulación del relato en las esferas de poder, traslada de forma orgánica esa sospecha al césped. Intuye que el ojo digital no es un juez celestial infalible, sino un instrumento manufacturado al servicio de los intereses internacionales y las finanzas de turno de un planeta fútbol globalizado.

 

Ahí radica la falacia de esta supuesta objetividad. Heidegger explicaba que la técnica no muestra la realidad pura, sino que la encajona y la deforma (Gestell). Cuando el VAR proyecta una simulación en tres dimensiones, el espectador no asiste a la jugada real, sino a una reconstrucción informática. Esa imagen virtual borra el rastro de la duda: oculta que un operador humano eligió un frame concreto y no el anterior, o que el momento exacto del impacto del balón es imperceptible.

 

Al presentarlo bajo una estética de ciencia exacta, se nos impone un dogma de fe interpretativo. Pretendiendo silenciar los corderos de la injusticia a través de este nuevo tribunal divino, el fútbol ha terminado atrapado en una burocracia de líneas abstractas que no ha traído la paz, sino una profunda deshumanización.

 

El club jabato ha hecho del señorío su bandera al renunciar a los comunicados incendiarios y a la presión ambiental. Calló ante la adversidad esperando una justicia poética, pero en el fútbol moderno el silencio absoluto se confunde con una desprotección que la fría pantalla del VAR nunca subsana por cortesía.

 

Este verano, cuando el eco de Butarque resuene en los despachos de Anduva, institucionalmente tal vez deba marcarse un punto de inflexión, dado que la caballerosidad extrema puede ser un lujo letal.

 

En el fútbol profesional, hay que asumir que a veces es necesario romper el silencio; de lo contrario, los corderos seguirán marchando, impecables y mudos, directos hacia el matadero.

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