Florentino Pérez o cómo deconstruir el club más grande del mundo
F. ShutterstockLa rueda de prensa ofrecida este martes por Florentino Pérez volvió a dejar una sensación cada vez más preocupante entre buena parte del madridismo: la de un presidente más centrado en combatir relatos externos que en afrontar los problemas reales que atraviesa el club.
Lejos de transmitir autocrítica, liderazgo deportivo o capacidad de reacción, Florentino eligió nuevamente el camino de la confrontación con la prensa, el victimismo institucional y la negación de cualquier responsabilidad propia.
Y ese es precisamente el gran problema del actual Real Madrid: la sensación de que nadie dentro del club asume errores.
Durante años, Florentino Pérez ha construido un poder prácticamente absoluto en la entidad. Su legado económico y estructural es indiscutible. El nuevo estadio, la estabilidad financiera y la dimensión global del club son méritos reales. Pero gobernar el Real Madrid no consiste únicamente en cuadrar balances o levantar infraestructuras. También exige leer el momento deportivo, escuchar las críticas y aceptar que incluso los ciclos más exitosos terminan desgastándose.
Sin embargo, en su comparecencia, Florentino volvió a actuar como si cualquier cuestionamiento al club fuese una conspiración mediática. Sus ataques a periodistas y medios resultaron impropios de un presidente del Real Madrid. La crítica forma parte del fútbol, especialmente cuando se dirige al club más grande y exigente del mundo. Pretender desacreditar sistemáticamente a la prensa cada vez que aparecen dudas sobre la planificación deportiva, el juego del equipo o determinadas decisiones institucionales transmite una preocupante intolerancia hacia cualquier voz discrepante.
Lo más inquietante no fue lo que dijo sobre los medios. Fue lo que evitó decir sobre el equipo.
No hubo una reflexión profunda sobre la planificación deportiva de las últimas temporadas. No hubo explicaciones convincentes sobre la falta de refuerzos en posiciones evidentes. No hubo autocrítica sobre decisiones técnicas discutibles ni sobre la desconexión creciente entre parte de la afición y la dirección del club. Todo quedó reducido a un discurso defensivo en el que el enemigo siempre parece estar fuera.
Pero los problemas del Real Madrid no están en las redacciones. Están sobre el césped y en los despachos.
El club lleva tiempo transmitiendo una peligrosa sensación de inmovilismo. Se vive demasiado del pasado reciente y demasiado poco del presente. La exigencia histórica del madridismo no puede rebajarse a sobrevivir de éxitos anteriores mientras se minimizan carencias evidentes. Y cuando la dirección responde a las críticas atacando al mensajero en lugar de analizar el mensaje, el deterioro institucional se acelera.
Hay además una cuestión todavía más delicada: la ausencia total de alternativas electorales reales.
El mayor riesgo para el Real Madrid no es perder una Liga o caer eliminado en Europa. El verdadero peligro es convertirse en una entidad sin debate interno, sin oposición y sin relevo posible. Un club donde la presidencia parezca una figura vitalicia y donde cualquier candidatura alternativa resulte inviable por las barreras económicas y estructurales existentes.
Porque cuando no existe competencia democrática real, desaparece también la obligación de rendir cuentas.
Que Florentino Pérez vuelva a presentarse sin rival y salga reelegido automáticamente sería una pésima noticia para el club. No necesariamente porque cualquier alternativa vaya a ser mejor, sino porque la falta de pluralidad empobrece al Real Madrid como institución. Ningún dirigente, por exitoso que haya sido, debería ocupar una posición incontestable durante décadas en una entidad que pertenece a sus socios.
El madridismo necesita recuperar algo esencial: la capacidad de debatir el presente del club sin ser acusado de antipatriota, antimadridista o aliado de la prensa enemiga. Criticar no es traicionar. Exigir no es destruir. Y pedir responsabilidades no es atacar al Real Madrid; muchas veces es precisamente defender lo que representa.
Florentino Pérez parece haber olvidado que el mayor patrimonio del club no es el estadio, ni los contratos, ni la marca global. Es su cultura de exigencia. Y cuando esa exigencia desaparece porque nadie puede discutir al presidente, el Real Madrid empieza a perder parte de su esencia.

























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