Lunes, 23 de Marzo de 2026

Actualizada Lunes, 23 de Marzo de 2026 a las 19:34:00 horas

Sandra Moreno
Sandra Moreno Lunes, 23 de Marzo de 2026

Las políticas de inclusión ‘trans’ criminalizan a las mujeres: caso Angie Griffin

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Angie Griffin, nadadora de la categoría máster femenina, perdió un título nacional ante Hugo Caldas, un hombre biológico de 47 años que compite bajo identidad femenina. No fue la única derrota: Caldas se adjudicó cinco títulos nacionales en esa competición, acumulando un palmarés de 28 títulos nacionales en categoría femenina. Dos títulos mundiales le fueron posteriormente revocados.

 

Hasta aquí, el relato podría leerse como una controversia más dentro del debate sobre la mal llamada inclusión en el deporte de los atletas trans. Lo que ocurrió después es donde este caso trasciende el ámbito deportivo y entra de lleno en el terreno de los derechos fundamentales de las mujeres.

 

Una atleta en el banquillo por hablar

 

Griffin, junto a otras nadadoras, decidió protestar públicamente contra las políticas de US Masters Swimming (USMS), la federación que permitía la participación de Caldas en categoría femenina. La respuesta institucional no fue el diálogo. Fue una queja formal contra Griffin por el hecho de haber hablado. La federación dictaminó que esa queja "no carece de mérito" y la sometió a un proceso disciplinario. Las consecuencias posibles incluyen una prohibición de por vida para competir; su defensa pública de la categoría femenina podría ser calificada, en términos del propio reglamento, como "conducta antideportiva".

 

Lo que está en juego no es sólo el futuro deportivo de una mujer concreta. Es la posibilidad de que cualquier atleta sea sancionada por decir la verdad, por decir que un hombre que compite en categoría femenina es un hombre. Las leyes trans obligan a las mujeres a guardar silencio frente a las injusticias que sufren, a renunciar a la defensa de sus propios derechos, a abstenerse de expresar la realidad material, porque a la validación social de los varones autoidentificados mujeres se le da más importancia que a los derechos de las mujeres.

 

La ciencia no está en disputa

 

Conviene despejar un argumento que con frecuencia se invoca para cerrar el debate: la supuesta incertidumbre científica sobre si los hombres que han atravesado la pubertad masculina mantienen ventajas físicas al competir como mujeres. Esa incertidumbre no existe en la actual literatura científica de referencia.

 

Estudios publicados en revistas de revisión por pares, incluyendo el British Journal of Sports Medicine, documentan que la pubertad masculina genera adaptaciones fisiológicas (masa muscular, densidad ósea, capacidad cardiorrespiratoria, memoria muscular a nivel celular) que no desaparecen con la supresión hormonal de testosterona. Los cambios son, en términos técnicos, irreversibles en su mayor parte.

 

Las principales federaciones deportivas internacionales han actuado en consecuencia. World Athletics, World Aquatics, World Boxing, la Unión Ciclista Internacional o la federación de rugby han establecido restricciones a la participación de personas que hayan atravesado la pubertad masculina en categorías femeninas de élite. El Comité Olímpico Internacional trabaja en una política para 2026 que, según las informaciones disponibles, apuntaría en la misma dirección.

 

El propio caso de Caldas resulta ilustrativo: World Aquatics le impuso en octubre de 2025 una suspensión de cinco años, hasta 2030, y revocó sus resultados de los dos años anteriores, tras negarse a someterse a una prueba de verificación de sexo. La U.S. Masters Swimming (USMS), la federación que procesó a Griffin por protestar, ignoró esa suspensión internacional y continuó permitiendo su participación.

 

La inclusión que excluye a las mujeres

 

El caso de Griffin no es un episodio aislado. Es la expresión más reciente de un patrón documentado en varios países: la aplicación de consecuencias formales o sociales a las mujeres que defienden públicamente las categorías deportivas por sexo biológico.

 

En el ámbito anglosajón, deportistas y exdeportistas de reconocido prestigio como la nadadora Riley Gaines, Sharron Davies,  o Martina Navratilov han sido sometidas a campañas de acoso y exclusión tras expresar posiciones similares. Organizaciones como el Consorcio Internacional del Deporte Femenino (ICFS), ICONS, XX-XY Athletics, Save Women’s Sports, la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres documentan sistemáticamente los riesgos laborales, reputacionales y sociales que asumen quienes adoptan públicamente esta postura, destacando el trabajo divulgativo de Raquel Rosario Sánchez desde 2019.

 

La libertad de expresión de las mujeres en jaque

 

Lo que se ventila en el caso de Angie Griffin no es una disputa entre los derechos de las mujeres y los de las personas trans. Lo que aquí se debe analizar es la cuestión de si una mujer puede ser sancionada institucionalmente por ejercer su libertad de expresión y defenderse frente a una injusticia que la afecta directamente. La libertad de expresión, incluyendo la expresión pública de una queja deportiva legítima, es un derecho indisponible para los organismos privados, y su restricción mediante mecanismos disciplinarios no es disciplina, es represalia y restricción ilegítima de sus derechos.

 

Y el lenguaje es la herramienta central de ese control. Porque cuando defender la categoría femenina se equipara a un acto de discriminación, y cuando describir la fisiología masculina se convierte en "conducta antideportiva", se ha distorsionado radicalmente la verdad: la mujer que exige el cumplimiento de sus propios derechos aparece ante el procedimiento como la agresora. El sistema disciplinario no sólo no protege a quien ha sido perjudicada injustamente, sino que la pone en situación de indefensión, la expedienta, la amenaza con sancionarla, enviando una señal a las demás mujeres con efectos disuasorios.

 

Defender la integridad de las categorías femeninas en el deporte no es una posición ideológica. Es la condición de posibilidad de que existan competiciones en las que las mujeres puedan competir en condiciones justas. Cuando esa defensa se convierte en motivo de sanción, el problema ha dejado de ser deportivo y pasa a ser coactivo, y esto es validación del juego sucio e infracción de la normativa deportiva. 

 

El proceso disciplinario contra Angie Griffin es, en este sentido, un caso de prueba sobre cómo las instituciones deportivas amordazan a las atletas bajo amenaza de exclusión permanente, si ellas se defienden, vulnerando sus derechos a la manera de las organizaciones inquisitoriales que castigan a las mujeres por ser mujeres y defender sus derechos.  

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