Domingo, 15 de Marzo de 2026

Actualizada Domingo, 15 de Marzo de 2026 a las 15:19:20 horas

EDITORIAL DE IUSPORT
EDITORIAL DE IUSPORT Domingo, 15 de Marzo de 2026

Argentina nunca tuvo interés en disputar esta Finalissima ante España

La cancelación de la Finalissima entre España y Argentina se ha presentado oficialmente como una consecuencia de la situación política en la región que impedía disputar el partido en Qatar.

 

Sin embargo, basta repasar con calma lo ocurrido en las últimas semanas para llegar a una conclusión incómoda, pero cada vez más evidente: Argentina nunca tuvo verdadero interés en jugar este partido, salvo mientras estaba previsto celebrarlo en Qatar y con todo lo que ello implicaba en términos económicos.

 

Mientras la sede catarí estuvo sobre la mesa, el encuentro parecía avanzar con normalidad. No es difícil entender por qué. Qatar se ha convertido en los últimos años en un escenario privilegiado para los grandes eventos deportivos, con acuerdos comerciales muy lucrativos, patrocinios de gran magnitud y una exposición mediática global que genera importantes ingresos para todos los implicados.

 

En ese contexto, la Finalissima tenía sentido para todos. Pero en cuanto esa sede dejó de ser viable, la disposición argentina empezó a diluirse rápidamente.

 

Los hechos hablan por sí solos. La UEFA buscó alternativas con una clara voluntad de salvar el partido. La primera opción era disputarlo en el Santiago Bernabéu de Madrid en la fecha prevista, con un reparto equilibrado de aficionados entre ambas selecciones. Un estadio de talla mundial, un ambiente espectacular y un escenario perfecto para enfrentar a los campeones de Europa y Sudamérica. Argentina se negó.

 

La segunda propuesta incluso intentaba ser más flexible: una Finalissima a doble partido, con un encuentro en Madrid y otro en Buenos Aires antes de las competiciones continentales de 2028. Era una fórmula que garantizaba visibilidad, equilibrio y participación directa de las dos aficiones. También fue rechazada.

 

Ni siquiera la opción de encontrar una sede neutral en Europa, manteniendo las fechas inicialmente previstas o moviéndolas ligeramente, consiguió el visto bueno de la Asociación del Fútbol Argentino. Después llegó una contrapropuesta imposible —jugar después del Mundial, cuando España no tenía fechas disponibles— y, finalmente, la sorprendente declaración de disponibilidad solo para el 31 de marzo, una fecha que todos sabían que era inviable.

 

Cuando una negociación acumula tantas negativas consecutivas, deja de parecer una negociación. Empieza a parecer una estrategia para no jugar.

 

La realidad es que la Finalissima solo parecía atractiva para Argentina mientras el partido se iba a celebrar en Qatar, con el contexto económico que ello conlleva. Una vez desaparecido ese incentivo, todas las alternativas fueron descartadas sistemáticamente, incluso aquellas que ofrecían escenarios deportivos de primer nivel y soluciones razonables para ambas federaciones.

 

La Finalissima nació para reforzar la cooperación entre la UEFA y la CONMEBOL y para ofrecer al mundo un enfrentamiento simbólico entre los campeones de Europa y Sudamérica. Sobre el papel, era una celebración del fútbol internacional. Pero en la práctica, esta edición ha terminado demostrando algo mucho menos romántico: cuando el interés económico desaparece, también puede desaparecer el interés deportivo.

 

Y en esta ocasión, todo indica que Argentina simplemente no quiso jugar. 

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