Martes, 10 de Marzo de 2026

Actualizada Martes, 10 de Marzo de 2026 a las 14:16:05 horas

EDITORIAL DE IUSPORT
EDITORIAL DE IUSPORT Martes, 10 de Marzo de 2026

Vigo y el Mundial 2030: cuando el relato político sustituye a la realidad

En política municipal hay pocas tentaciones más grandes que la de apropiarse de los grandes eventos internacionales. Prometen visibilidad, inversiones y orgullo local.

 

Pero también ofrecen una oportunidad perfecta para construir relatos que poco tienen que ver con la realidad. Eso es precisamente lo que está ocurriendo en Vigo con el Mundial de 2030 y la estrategia política del alcalde, Abel Caballero.

 

Desde hace meses, el alcalde ha convertido la candidatura de la ciudad a sede del Copa Mundial de la FIFA 2030 en un elemento central de su discurso político. El problema es que ese discurso se sostiene sobre una base muy débil: el Estadio Municipal de Balaídos no cumple hoy uno de los requisitos fundamentales para acoger partidos del torneo: disponer de al menos 43.000 asientos.

 

No se trata de un matiz técnico ni de una cuestión menor. Es una condición básica dentro de los criterios de selección de sedes. Balaídos, incluso tras las reformas realizadas en los últimos años, se encuentra muy lejos de esa cifra. Para alcanzarla sería necesaria una remodelación de gran envergadura cuyo coste, además, ni siquiera tiene garantizada su financiación.

 

Ahí está una de las claves del problema. Hablar de Balaídos como sede mundialista sin un proyecto cerrado, sin financiación comprometida y sin calendario realista es, como mínimo, un ejercicio de voluntarismo político. En el peor de los casos, una estrategia consciente para generar expectativas que luego pueden transformarse en agravios políticos.

 

Porque cuando la realidad se impone, el relato necesita un culpable. Y en ese punto aparece el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán, a quien Caballero ha señalado como responsable de que Vigo no esté entre las sedes.

 

Sin embargo, esa acusación ignora —o finge ignorar— un hecho fundamental: la decisión final sobre las sedes de un Mundial no corresponde a la federación nacional, sino a la FIFA. La federación puede proponer, coordinar o evaluar candidaturas, pero quien valida definitivamente los estadios es el organismo internacional que organiza el torneo.

 

Por tanto, convertir a Louzán en el villano de la historia resulta, cuanto menos, simplificador. Más aún cuando las limitaciones objetivas del estadio vigués y la incertidumbre sobre su reforma son conocidas desde hace tiempo por el propio gobierno municipal.

 

La política local no debería consistir en alimentar expectativas imposibles para después canalizar la frustración ciudadana hacia adversarios políticos. Vigo merece un debate serio sobre el futuro de Balaídos, sobre las inversiones necesarias y sobre la viabilidad real de acoger eventos de primer nivel.

 

El Mundial de 2030 es una oportunidad extraordinaria para muchas ciudades. Pero también exige rigor, planificación y honestidad política. Cuando esas tres cosas se sustituyen por propaganda, el riesgo es que el gran evento acabe siendo solo una herramienta electoral más.

 

Y entonces el problema ya no es perder una sede mundialista. El problema es perder credibilidad

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