F: ShutterstockResulta extraño, y curiosamente próximo a la inestabilidad que caracteriza los contratos de adhesión en mercados de entretenimiento masivo, que una competición deportiva de la envergadura del NBA All-Star Game haya experimentado tantas modificaciones estructurales en tan pocos años.
La 75ª edición, celebrada el pasado 16 de febrero en el Intuit Dome de Inglewood, California, ha adoptado una configuración triangular —Team USA Stars, Team USA Stripes y Team World— que dista radicalmente del formato clásico Este contra Oeste que rigió durante décadas.
Esta evolución, presentada como búsqueda de competitividad, encierra implicaciones jurídicas que merecen examen detenido.
El All-Star Game constituye, desde la perspectiva del Derecho de los contratos, un evento híbrido cuya naturaleza oscila entre la competición deportiva genuina y el espectáculo mediático.
Los jugadores participan en virtud de obligaciones contractuales derivadas de sus convenios colectivos y de los acuerdos individuales con la liga, pero también en cumplimiento de cláusulas de visibilidad comercial que vinculan a las estrellas con los patrocinadores globales de la NBA.
Cuando el formato cambia radicalmente —de partido único a torneo triangular, de selección geográfica a draft de capitanes, de cuatro cuartos a partidos de 12 minutos—, se modifican las prestaciones esperadas sin que ello suponga, aparentemente, alteración de los contratos subyacentes.
Diego Fierro Rodríguez





















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