En Barcelona ya no se acuerdan de todos los goles encajados anulados por el semi automático

Hay jugadas que deciden partidos y otras que desatan tormentas. El gol anulado a Cubarsí anoche en el Metropolitano pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
Siete minutos de revisión en el VAR, una recreación 3D incapaz de aclarar la acción por la densidad de jugadores y, finalmente, unas líneas trazadas manualmente que confirmaban lo que a simple vista parecía milimétrico: el azulgrana estaba ligeramente adelantado. Decisión ajustada, polémica e inevitable. Pero reglamentaria.
ð¥ OPINIÃN
ð¢ En Barcelona ya no se acuerdan de todos los goles encajados anulados por el semi automático
ð£ï¸ "Cuando el año pasado les anulaban goles por milÃmetros, ahà no habÃa quejas"
â½ï¸ #AtletiBarca
ð #CopaDelRey
ðï¸ @iusport ⤵ï¸https://t.co/yMVSbN5LTF pic.twitter.com/z3fVacP6igâ Pável Fernández (@PavelFdez) February 13, 2026
Lo verdaderamente llamativo no fue el fuera de juego en sí, sino la reacción posterior. Para una parte del barcelonismo, las imágenes no sirven, las líneas no convencen y las explicaciones del CTA son poco menos que papel mojado.
La conclusión estaba decidida de antemano: “nos han robado”. Se habla de manipulación, de intereses ocultos y de conspiraciones que sobreviven a cualquier explicación técnica.
Resulta curioso cómo funciona la memoria en el fútbol. En esta y la pasada temporada no fueron pocos los goles encajados por el Barça que el árbitro concedió en primera instancia y que el VAR terminó anulando por un fuera de juego milimétrico.
Entonces, la tecnología era garantía de justicia. Entonces, las líneas eran precisas y el sistema, fiable. No había sospechas ni teorías oscuras: había correcciones acertadas y una defensa bien plantada.
La crispación no nace del reglamento, sino del sentimiento. El problema es que muchos aficionados —culés y no culés— no buscan coherencia, no buscan justicia, buscan beneficio. Cuando la decisión favorece, el sistema funciona; cuando perjudica, es un escándalo. Y así, el debate futbolístico deja paso al ruido permanente.
Quizá el mayor fuera de juego no sea el de Cubarsí, sino el de una afición que, en caliente, prefiere la trinchera a la reflexión.

























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