Superliga, crónica de una muerte anunciada

Hay proyectos que nacen con vocación de revolución y acaban convertidos en nota a pie de página. La Superliga europea fue presentada el 19 de abril de 2021 como el gran seísmo del fútbol continental: doce clubes fundadores, entre ellos Real Madrid, FC Barcelona y Atlético de Madrid, anunciaban una competición cerrada de 20 equipos destinada —según sus promotores— a modernizar el fútbol, garantizar ingresos estables y competir con otros gigantes del entretenimiento global. Cinco años después, la historia se cierra con un acuerdo de principios entre la UEFA, los Clubes Europeos de Fútbol (EFC) y el Real Madrid CF. La crónica de una muerte anunciada.
La propia UEFA ha confirmado que este acuerdo servirá para resolver las disputas legales relacionadas con la Superliga una vez que los principios pactados sean ejecutados e implementados. Traducido: el conflicto se desactiva, las trincheras se vacían y el último gran resistente, el Real Madrid, pacta. Hace apenas unos días el FC Barcelona anunciaba su desvinculación oficial del proyecto. Ya solo quedaba el club blanco. Hoy, ni eso.
Lo que nació como desafío frontal al modelo federativo europeo ha terminado en negociación institucional. Tras meses de conversaciones, las partes hablan ahora de “bienestar del fútbol europeo de clubes”, de respeto al mérito deportivo, de sostenibilidad a largo plazo y de mejora de la experiencia del aficionado mediante la tecnología. Conceptos que, paradójicamente, fueron también la bandera discursiva de la Superliga. La diferencia es que ahora se integran dentro del ecosistema UEFA y no al margen de él.
Conviene recordar cómo se desinfló el proyecto. Desde el primer día, UEFA, FIFA y las ligas nacionales mostraron una oposición rotunda. Las amenazas de sanciones, la presión política y la reacción social —con protestas de aficionados en Inglaterra— precipitaron la retirada en cadena de la mayoría de clubes fundadores. La Superliga quedó reducida a una resistencia numantina de Real Madrid y FC Barcelona. Y la resistencia, en el fútbol moderno, rara vez es sostenible sin aliados.
El desenlace no debería sorprender. El modelo europeo, basado en el mérito deportivo y en la pirámide abierta de competiciones, tiene profundas raíces culturales, jurídicas y económicas. Intentar sustituirlo por una estructura semicerrada requería no solo músculo financiero, sino legitimidad social y política. La Superliga tuvo lo primero; nunca consiguió lo segundo.
El acuerdo anunciado no significa que las tensiones hayan desaparecido. El debate sobre la gobernanza del fútbol europeo, el reparto de ingresos, la sobrecarga del calendario o la brecha entre grandes y pequeños seguirá vivo. Pero sí marca el final de una etapa: la del desafío frontal. A partir de ahora, cualquier reforma estructural pasará por la negociación interna y no por la ruptura.
Quizá la lección más clara sea que el fútbol europeo, con todas sus imperfecciones, es un sistema más resiliente de lo que muchos pensaban. Puede reformarse, puede tensionarse, puede incluso enfrentarse en los tribunales. Pero no se derriba con un comunicado de madrugada. La Superliga quiso cambiar la historia en una noche. La historia, paciente, ha terminado absorbiéndola.


























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