F: ShutterstockEl olimpismo nace y se desarrolla sobre una idea que trasciende la mera competición deportiva. Su vocación histórica ha sido la de servir como espacio de encuentro entre naciones, culturas y sensibilidades diversas, bajo reglas comunes y valores compartidos.
Entre esos valores, la neutralidad política ocupa un lugar central, no como una declaración retórica, sino como un principio estructural sin el cual el proyecto olímpico pierde coherencia interna.
Debe tenerse presente que el deporte olímpico no se concibe como una extensión de la acción diplomática de los Estados, ni como un instrumento de sanción o presión política.
Su legitimidad descansa precisamente en su capacidad para mantenerse al margen de los conflictos geopolíticos, ofreciendo un terreno simbólicamente neutral en el que la rivalidad se canaliza mediante reglas deportivas y no mediante la confrontación ideológica.
Cuando esa neutralidad se erosiona, el olimpismo corre el riesgo de convertirse en un reflejo más de las tensiones internacionales que pretende superar.
En este contexto se inscribe la recomendación emanada del XXIV Olympic Summit celebrado en Lausana el 11 de diciembre de 2025, que invita a reflexionar sobre los límites y las consecuencias de la creciente politización del deporte olímpico.
Diego Fierro Rodríguez





















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