Ni robo ni escándalo: arbitraje gris de Martínez Munuera en el Camp Nou

El arbitraje de Juan Martínez Munuera en el Barça – Real Oviedo de esta tarde ha vuelto a poner de manifiesto un mal endémico del fútbol español: la tendencia a convertir cualquier decisión discutible en un escándalo nacional.
Los llamados “trompeteros” claman al cielo por unas manos de Escandell, las imágenes muestran que el guardameta del Real Oviedo controla el balón dentro del área, y Martínez Munuera las señala fuera. Error de apreciación, sí; drama arbitral, no.
Parece que olvidamos con demasiada facilidad que el fútbol es un juego de errores. Se equivocan los jugadores cuando dan un pase sencillo, cuando mandan el balón a la grada en un disparo franco o cuando rompen el fuera de juego en un desmarque claro.
Nadie pide su cabeza por ello. Sin embargo, al árbitro se le exige una infalibilidad casi divina, como si no tomara decisiones en décimas de segundo, con ángulos imperfectos y bajo una presión brutal. Los árbitros también se equivocan, y no pasa nada. Faltaría más.
Aprovechando la polémica, conviene detenerse en una de las jugadas más debatidas del encuentro: el posible penalti de Joan García sobre Alberto Reina. Analizada con calma, la acción deja pocas dudas desde el punto de vista reglamentario.
El portero es claramente el primero en llegar al balón, lo palmea contra el suelo y, a partir de ahí, es el atacante quien fuerza el contacto al no poder jugar ya el esférico.
En este tipo de acciones, el reglamento es claro: cuando el guardameta tiene palmeado el balón contra el suelo, lo tiene ya en posesión y el delantero no puede arrebatárselo. Por lo que, la infracción, si existe, es del atacante.
Martínez Munuera decidió no señalar ni penalti ni falta en ataque. Una decisión discutible para algunos, pero perfectamente defendible. No hubo temeridad, no hubo acción imprudente del portero y, desde luego, no hubo ese “penalti claro” que algunos se empeñan en vender.
Quizá el problema no sea el arbitraje, sino nuestra incapacidad para aceptar que el error forma parte del juego. Mientras no asumamos eso, seguiremos confundiendo el debate futbolístico con la histeria colectiva.


























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