
Que te lancen un par de huevos en la presentación de tu libro entra dentro del surrealismo cotidiano. Convertirlos, un minuto después, en la sombra de un arma letal es ya puro Rubiales: el hombre que convierte cualquier anécdota en un episodio de martirio personal.
En Matar a Rubiales, el héroe (de sí mismo) reaparece: esquiva huevos familiares, “piensa en los niños” y proclama que todo le da igual, mientras levanta una épica que solo existe en su cabeza. Munición de yema y cáscara para matar a Rubiales.
Lo triste -y lo verdaderamente vergonzoso- es que hablamos del personaje capaz de dinamitar, él solo, la mayor gesta del fútbol femenino español. Cuando el mundo celebraba a unas campeonas extraordinarias, él consiguió que cientos de miles de titulares internacionales pasaran de la admiración a la incredulidad.
Medios de todo el planeta, perplejos, retratando a un dirigente incapaz de representar al fútbol español porque ni siquiera logra representarse a sí mismo. Un tipo que convirtió una celebración histórica en un bochorno global.
Y aún así, insiste. Con el propósito de volver. Se reinventa como víctima, superhéroe, perseguido universal, todo al mismo tiempo, dependiendo del plano de cámara.
Su discurso es una colección de excusas mal hiladas, un catálogo de fantasías donde siempre aparece “el otro” como villano y él como inocente iluminado.
Una construcción tan torpe que no despierta admiración ni rabia, solo una incómoda mezcla de vergüenza ajena y compasión. Verle forzar el relato, reescribirlo, es como contemplar a alguien intentando inflar un globo roto: mucho esfuerzo, cero resultado.
Ese es, al final, el retrato más certero: un personaje que se toma a sí mismo con una gravedad que nadie comparte. Que busca solemnidad en situaciones ridículas y que convierte cada tropiezo en tragedia y cada crítica en conspiración. Un dirigente que quiso ser símbolo y terminó siendo negación.
Y que, mientras persigue enemigos imaginarios, sigue sin comprender que el problema nunca fueron los huevos, ni los titulares, ni los demás: el problema siempre fue él.
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* Gerardo González Otero es periodista y ex secretario general de la RFEF























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