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El cuarto Tour de Pogacar y la sombra del dopaje que acompaña a los ganadores

EFE/Luis Miguel Pascual EFE/Luis Miguel Pascual Domingo, 27 de Julio de 2025
F. Europa PressF. Europa Press

 

La superioridad con la que Tadej Pogacar ha ganado su cuarto Tour de Francia se ha llevado por delante todo atisbo de suspense y ha barrido también la sombra del dopaje que tradicionalmente acompaña a los ganadores de la ronda gala.

 

Si es cierto que sus actuaciones de extraterrestre han levantado algún comentario ácido en el seno de un pelotón donde todavía persiste la sospecha cotidiana, el esloveno apenas ha tenido que afrontar preguntas sobre el dopaje, a diferencia de sus predecesores y de él mismo en sus anteriores victorias.

 

Pogacar representa el nuevo ciclismo, el de una generación que no ha tenido contacto con la época de Lance Armstrong, el momento más negro del dopaje, y está construyendo un palmarés histórico sin tener que responder a las cuestiones que acompañaron a otros, como el británico Chris Froome.

 

Desde el podio de los Campos Elíseos, Froome casi tuvo que pedir perdón por cada uno de sus triunfos y lanzó una frase que servía como escudo a su limpieza: “Mis análisis quedarán conservados durante años. No temo a que los avances de la ciencia descubran en ellos sustancias que hoy son desconocidas”.

 

La sospecha ha ido disminuyendo a medida que el número de casos se ha reducido, en paralelo a los avances en la lucha contra el dopaje.

 

Las gestas de Pogacar encuentran sustento en explicaciones científicas, en las mejoras del rendimiento y, sobre todo, del acompañamiento científico de los campeones.

 

“Estamos ante una generación de superdotados que han sido seleccionados por sus condiciones excepcionales y rodeados de un entorno científico para sublimar su rendimiento”, explica a EFE el doctor Gérard Dine, investigador del deporte y uno de los padres del pasaporte biológico.

 

Un planteamiento cuyo origen Dine sitúa en la preparación de los atletas nórdicos para ciertos deportes de invierno y que encuentra todo su sentido en disciplinas de esfuerzo aeróbico y no tanto en otras como el fútbol o el baloncesto, donde la resistencia no es tan importante.

 

Para el profesor, no es casualidad que muchos campeones actuales empezaran sus carreras sobre la nieve, siendo detectados allí por sus condiciones excepcionales y moldeados para el ciclismo.

 

Este “control científico” sobre los atletas “ha tomado la delantera sobre el dopaje” porque resulta muy difícil actualmente dopar a atletas con medios químicos gracias a los avances en laboratorios antidopaje capaces de detectar minúsculas cantidades.

 

Ese elevado nivel explica casos como el positivo accidental del tenista Jannik Sinner, quien dio positivo tras consumir un complemento alimenticio: El mínimo resquicio es detectado hasta límites antes desconocidos.

 

Dine considera muy complicado que los ciclistas actuales se dopen, aunque advierte: nunca se puede excluir.

 

“La EPO fue una revolución. No había forma de detectarla; cuando se creó ese método se abrió una vía para perseguir productos sintéticos”, señala Dine. Basta con conocer qué productos desarrollan las farmacéuticas para orientar las búsquedas antidopaje hacia ellos.

 

En esa práctica resulta clave el pasaporte biológico, ya que sigue siendo difícil discernir si ciertas sustancias son endógenas o externas. Sin embargo, cambios bruscos pueden poner al deportista bajo sospecha.

 

El profesor reconoce lo complejo que sería detectar dopaje genético, pero cree inviable su aplicación práctica actual: necesitaría equipos médicos amplios y sofisticados, imposibles dentro del Tour. Además requeriría discreción incompatible con tales despliegues técnicos.

 

Dine tampoco lo ve viable ni siquiera entre equipos punteros. Estos logran mejores resultados porque “sus entornos científicos son más sofisticados”, invierten más e innovan mejorando así su rendimiento deportivo legítimo.

 

Finalmente, Dine no descarta totalmente posibles trampas: La única manera sería disponer del perfil genético completo; eso pertenece aún al futuro.

 

Así pues, mientras Pogacar domina con autoridad inédita este ciclo dorado para Eslovenia —y para un ciclismo renovado— parece consolidarse también una era donde ciencia e integridad van (casi) siempre juntas.

 

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