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Alberto Palomar
Alberto Palomar Jueves, 29 de Agosto de 2024

Javier Gómez Navarro: in Memoriam

Alberto Palomar, a la derecha de Gómez Navarro, en una imagen de archivo. Les acompañan Ramón Terol y Patricia MancaAlberto Palomar, a la derecha de Gómez Navarro, en una imagen de archivo. Les acompañan Ramón Terol y Patricia Manca

Acabamos de conocer la muerte de Javier Gómez Navarro. La primera idea que se nos presenta es la que España y el deporte español, sobre todo, pierden una referencia. Una de las últimas referencias de modelo y de solvencia profesional y política. Modelos así tienen un efecto terapéutico porque te reconcilian con la política, con la gestión pública y con el servicio a los ciudadanos.

 

Conocí a Javier cuando hace muchos años ya me designó miembro de la Comisión Nacional Antidopaje y, posteriormente, de la Junta de Garantías Electoral. Nada nos unía salvo un conjunto de personas que le hablaron de mi pasión por el Derecho del Deporte y su mente abierta que preguntó poco más. Se trataba de dos órganos funcionalmente independientes del CSD que lo fueron durante todo el mandato ya que jamás recibí una indicación o una pregunta sobre los asuntos que llegaban a ambos órganos. Es una forma de ver la vida con la que me fue ganando poco a poco.

 

El tiempo hizo que yo acabara en el CSD y él en la vida privada. Ahí comenzó una relación que fue más próxima con el tiempo y que se agrandó con nuestra presencia mutua en la Asamblea General del COE.

 

Los últimos años tuvieron la gracia de convertirnos en vecinos. Nos encontrábamos en los cafés, en los semáforos, en la calle. Siempre tuvimos un momento para hablar y para hablar de Deporte. Ha pasado mucho tiempo desde que él fuera el responsable del deporte español pero el veneno del deporte le rondaba por las venas y todas nuestras conversaciones se centraron siempre en el deporte. Esta relación, su visión del mundo deportivo, su capacidad de liderazgo, de empatía, de diálogo me impresionaron siempre. Muchos años después el mundo del deporte le tenía como la referencia, como el modelo que hemos perdido y al que queremos volver.

 

La función del estudioso de algo, en este caso del deporte, consiste en extraer conclusiones de lo que la gente y el tiempo consideran como un modelo válido. La primera cosa que me impresionó –él lo contó en una conferencia en un postgrado al que le invité- es el tiempo y la “cocción“ a fuego lento de las soluciones. Más de tres años, día a día, le costó aprobar la Ley del Deporte de 1990 y algunos más sus Reglamentos. Nos contó cómo toda la instrucción política que le dio el ministro Solana fue la de poner paz en el fútbol y su financiación y democratizar las federaciones deportivas. Podemos preguntarnos si estos objetivos no están aún vigentes. Pero, en todo caso, eran objetivos muy importantes y próximos a cualquier realidad.

 

Un grupo de expertos internos y externos trabajó cada detalle, cada institución y cada regulación. El producto era un producto que ha durado desde 1990 a 2022 y que, probablemente, se va a proyectar en su consideración transitoria algunos años más. Hoy podemos decir que el producto era bueno.

 

Era bueno porque estaba pensado, porque tenía directrices y porque fue apoyado de una política pública organizada de implementación y de gestión como no ha existido en otro momento de la época democrática en el deporte y es eso lo que conduce a la continua melancolía de pensar en esta época. No voy a recordar muchos elementos de esta política, pero sí la imaginación en la constitución y puesta en funcionamiento del ADO como el primer mecanismo de colaboración público-privada en la financiación del deporte de élite.

 

La Ley de 1990 ha supuesto –más allá de su actualidad y su vigencia- un modelo de gestión y organización que denotaba modernidad, que denotaba impulso y que denotaba dialogo. Son tres consideraciones que deberían inspirar cualquier   política pública y que cuando lo hacen son recordadas como políticas de éxito. Vivimos momentos en que esta forma de actuar nos hace ponernos melancólicos  para  idolatrar lo que ya no existe aunque solo para que el cambio no deje inerte el impulso que es la sensación que la política deportiva tiene desde hace años. Tanta rapidez, tanta imprevisión, tanta falta de detalle y de esquema como estamos viviendo en la sociedad española vuelve aún más ilusorio un marco como el indicado.

 

El modelo deportivo español necesita pensamiento, diálogo, fórmulas imaginativas y diferenciales y, sobre todo, ganas de servir al deporte.  El trato con Javier Gómez Navarro me llevó a entender que era una fórmula de éxito imparable. Pensar, organizar, dialogar y cumplir son elementos que, en la vida pública y, aun en la privada, suelen garantizar el éxito. En el presente caso un éxito de muchos años, un reconocimiento en vida y ,desde luego, ahora en el momento de su pérdida.

 

Javier Gómez Navarro se había convertido, como decíamos, en una referencia. Por decirlo más claro, en la referencia del deporte que, hoy, se siente un poco más huérfano de ideas, de liderazgo, de modelos y de ilusión. La ilusión por transformar la sociedad en la que vives, por transformar el modelo deportivo, por estar en la elite deportiva, por entender la base y por creer en lo que se hace y para qué.

 

El deporte español necesita aprender de los mejores, importar pautas de actuación y, sobre todo, exige empatia  y liderazgo. Dirigir una organización es creer en ella, impulsarla, hacerla grande. Hay pocos sectores de la vida social más agradecidos que el deporte donde los éxitos y los logros pueden llegar a verse y a percibirse. Estoy seguro que en un día como el de hoy nadie duda del legado, nadie duda del ejemplo y nadie duda de que el éxito no se improvisa sino que se lucha por él.

 

El deporte español pierde a uno de sus grandes modelos y todos sentimos una orfandad profesional que es fruto del reconocimiento, de la reflexión y del acierto. Descanse en paz.

 

 

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