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Alberto Palomar
Alberto Palomar Martes, 13 de Agosto de 2024

¿Seremos capaces de formular una política deportiva?

F. ShutterstockF. Shutterstock

Es, cuando menos, desolador comprobar la seriedad de muchos de los análisis que sobre los resultados de la participación española en los JJ.OO de París se hacen estos días. Es un fracaso no llegar a la cota de medallas de Barcelona y sobre esto hemos centrado nuestro diagnóstico.

 

En este punto conviene indicar que la evaluación numérica que ahora se propone es, sin duda, un elemento de análisis, pero convertirlo en el único o el más relevante es probablemente otro error y una improvisación notable que apunta siempre a las personas y poco a los proyectos y al trabajo.

 

En este sentido, la referencia al cambio de modelo es acertada pero descontextualizada. Acertada, porque España tiene, un problema de modelo del deporte y, sobre todo, del deporte de competición fundado en la ruptura del monopolio de gestión de las federaciones deportivas y la aparición de otros agentes que presentan una oferta deportiva suficiente al margen de la puramente federativa. Esto debilita la base y hace que el modelo de élite tenga menos capacidades de ser enteramente satisfactorio de cara a los resultados deportivos.

 

Es descontextualizada porque no es un problema de hoy, ni de ayer ni directamente atribuible a los responsables del gobierno que han cambiado con demasiada frecuencia sin que existiera un hilo conductor que marcara la continuidad.

 

El problema, el contexto, es claro: lo que se necesita es una política pública articulada, medible, consensuada, validada y que se sitúe por encima de los responsables de coyuntura.

 

En este punto puede decirse que desde el esfuerzo de programación y diseño de las olimpiadas de Barcelona lo que no ha habido es un programa que conjugue las necesidades del alto nivel con las del deporte de base, las de los deportistas con las de las federaciones o los intereses estatales en la conformación de opciones de victoria.

 

Es aquí donde surgen los problemas de financiación. La financiación desde 1990 ha sido errática y las dificultades que para este ciclo olímpico ha supuesto el anodino funcionamiento del Plan Ado no ha sido reemplazado, seriamente, con otros proyectos.

 

El “Team Spain” no tiene el recorrido histórico, la virtualidad ni la esencia del Plan ADO entre otras cosas porque ha transmutado una relación de derecho privado en una relación subvencional y el nivel de vinculación al éxito deportivo no es igual en ambas figuras. Se quiera o no decir, si hoy hay dinero público es porque un porcentaje nada desdeñable de la subvención pública proviene de la prestación patrimonial obligatoria que se impone a los clubes de fútbol. Un resfriado de estos será una pulmonía del sistema.

 

Las apelaciones a que la estructura legal de una norma como la Ley del Deporte de 2022 son suficientes suenan atroces en un mundo que ve como casi dos años después la norma no se aplica íntegramente, los reglamentos no se publican y los proyectos se desconocen. El marco legal, ni bueno ni malo – esencialmente continuista y con notables deficiencias técnicas- no es la panacea de una verdadera política sino, eventualmente, el soporte de un marco conceptual que dé paso a una política articulada, con objetivos, con seriedad, con compromiso y visión de donde queremos llegar.

 

Estas y otras circunstancias nos llevan a indicar que los análisis deben ser muchos y profundos y, sobre todo, dialogados. Ni es el momento ni la metodología para hacer análisis que no sean puramente viscerales. Algunos puntos deben orientar este análisis:

 

1º.- El deporte de alto nivel, el de élite necesita un plan estable, con financiación y compromiso, hecho en función de los objetivos propuestos. Los objetivos se buscan y se establecen no nacen con las setas en el otoño.

 

El papel rotular de este proyecto corresponde al Gobierno, al COE o quien se quiera, pero solo puede hacerse con un fuerte compromiso de las federaciones deportivas.

 

Cuando los objetivos se dimensionan y planifican es probable que los juegos que nos hemos traído sobre el número de medallas dejen paso a la estadística y al rigor y la nostalgia deje paso al dato.

 

En el diseño deben participar todos, en la ejecución las Federaciones y sobre estas tiene que existir un esquema de control. El control no puede ser de facturas (que también, claro está) sino de idoneidad del gasto en relación con el objetivo. Esto exige validación y a mi juicio debe ser una validación externa.

 

El seguimiento y la validación de objetivos debe estar en manos de un órgano de nueva creación que asegure la vinculación del objetivo y de la política de ejecución y que conlleve, en su caso, la reorientación del sistema.

 

Este órgano tiene un organización compleja, pero cuanto más exigente, más riguroso y más plural sea más seguridad en el éxito.

 

En el mismo esquema y como grandes líderes de la ejecución el papel de profesionalidad de las federaciones tiene que ser real y público.

 

No basta con la semana antes y la después de los JJ.OO. Esta profesionalidad exige gobernanza, cambio de imagen, proyección técnica y sentido del deber. Deberíamos meditar si todo esto está presente en el marco actual.


2º.- El modelo de los deportes de equipo necesita de una reformulación evidente entre otras cosas porque en la práctica mayoritaria quedan fuera de los centros de alto rendimiento y su conformación es, por tanto, más esporádica. Es un sistema diferente y necesita una regulación y un proyecto diferente en el que la conjunción de las actuales y las futuras generaciones permita la superación del modelo que impone una crisis cada vez que se precisa en un relevo fundado en la edad.

 

3º.- El deportista. Hemos trabajado poco su estatus. Pensamos que un sistema como el de las becas ADO sería suficiente de por vida. No ha sido así. El modelo necesita transitar a otro diferente en el que se conjugue el aseguramiento de las necesidades esenciales del deportista con su compromiso con el éxito y la permanencia en la élite.

 

El deportista de élite de hoy tiene muchas necesidades de salud, de apoyo psicológico, de modelo de vida, de previsión de futuro que no pueden quedan eternamente diferidas o eclipsadas por un modelo que aporta algún dinero pero que se ha alejado del compromiso y la exigencia que marcaron su origen. El servicio público de apoyo al deportista tiene, hoy, una falta de infraestructura y de consistencia que su mención podría considerarse en términos literarios un auténtico sarcasmo.

 

4°.- El deporte de base, el de tecnificación y el federado necesitan de un complejo esquema de acuerdos, de vinculación de objetivos, de sentimiento de proyecto común que aúne la mejora de las condiciones de vida personal con la mejora y la incrementación del esquema deportivo. Las famosas pirámides que explicaban el deporte precisan de alimentarse por la base y de un crecimiento que no alcanza al modelo federativo.

 

Las pautas anteriores forman parte de un diagnóstico común, muy asentado en el análisis y que no pone el énfasis final en la titularidad del diseño sino en la ejecución del mismo. Es el momento de un gran acuerdo sobre la política deportiva que permita la formulación de un programa y que asegure una validación externa del programa con transparencia, con realidad y con decisiones en función de los objetivos cumplidos.

 

Este objetivo común exige mucho diálogo, muchos consensos, mucha sinceridad, la renuncia a los apriorismos para llegar al objetivo y, sobre todo, una verdadera necesidad de que el cambio no sea cosmético sino metodológico. Es preciso trabajar con otros esquemas, más rigor, más validación, más compromiso, menos excusas y más altura de miras.

 

Y, claro, la pregunta es sencilla: si el objetivo el conocido y la metodología exige diálogo hasta cansarse ¿estamos dispuesto a ello? O nos perderemos en personalismos, guerritas, culpas a medias y dentro de cuatro años volveremos a estar aquí.

 

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