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José Luis Pérez Triviño
José Luis Pérez Triviño Domingo, 11 de Agosto de 2024

La paradoja del bronce y el estancamiento del deporte español

Como constató un grupo de investigadores norteamericanos en un experimento llevado a a cabo durante los Juegos Olímpicos de Barcelona, quienes ganan una medalla de bronce suelen estar mucho más felices que quienes ganan la de plata.

 

Tras solicitar a varios participantes en el experimento que evaluaran de 0 a 10 el grado de felicidad mostrado por los medallistas – sin revelarles el tipo de medalla de cada deportista-, el resultado fue de 7,1 para los de bronce y de 4,8 para los de plata.

 

El resultado del experimento no deja de ser curioso dado que en el medallero y en los ránquines deportivos es mucho más valorado el segundo puesto, la plata, que el tercero, merecedor del bronce.

 

A este curioso rasgo de la psicología humana acabó denominándosela como la “paradoja del bronce”, puesto que supone que para desgracia de los atletas que consiguen la plata, no dejan de compararse con quienes no subieron al podio, por lo que queda frustrado por no haber podido conseguir el oro.

 

En cambio, el que ha conseguido el bronce no solo está feliz porque ha ganado su último partido o competición, sino también porque su punto de comparación no es quien ha logrado la plata o el oro, sino los que han quedado por debajo. Esta comparación es de nuevo, un ejemplo de que la felicidad humana no depende tanto de la situación en términos absolutos, sino de la posición respecto a cierto “nivel de referencia”. 


Si ahora trasladamos el examen psicológico de los deportistas a los Estados y sus delegaciones olímpicas, se podría efectuar una clasificación oficiosa entre los países que obtienen la medalla de oro, de plata y los que obtienen el bronce. En las posiciones que dan pie a recibir el oro estarían aquellos países que superan de largo las 60-70 medallas, en estos Juegos Olímpicos, solo las obtendrían China y Estados Unidos.

 

En segundo lugar, las delegaciones que logran entre 30 y 70 medallas, un grupo nutrido de países (Reino Unido, Corea del Sur, Francia, Australia, Japón, Países Bajos, etc.). Y entre los países que obtendrían la medalla de bronce se situarían los que alcanza entre 10 y 30 medallas (Canada, Brasil, Nueva Zelanda, Suecia etc). 


De alguna manera, la paradoja del bronce se pudo aplicar al deporte español en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 cuando dio un salto cualitativo en el medallero olímpico al conseguir 22 medallas cuando en las Olimpiadas previas se obtuvieron solo cuatro.

 

Para decirlo rápidamente, pasamos de estar en el grupo de países que ocupaban puestos secundarios a formar parte del excelso grupo de delegaciones que subían al podio, en este caso, se habría logrado una medalla de bronce. Así se explica la enorme alegría y aumento del orgullo nacional al organizar excelentemente unos Juegos Olímpicos y acompañarlo con ese abundante número de medallas a las que no se estaba acostumbrado.


Sin embargo, quizá el deporte español lleve demasiado tiempo instalado en ese grupo de países merecedores del bronce. Y la alegría y felicidad que se atribuye a los que obtienen el bronce según la mencionada paradoja no puede esconder que la aspiración debería ser subir al podio de la plata. Ciertamente se podría decir que en el deporte ocupamos un puesto similar al que nos corresponde económicamente en el concierto mundial.

 

Pero eso no puede ser una excusa para no tratar de mejorar, con más presupuesto económico y con más ayudas al ecosistema deportivo como hacen países con un peso económico similar al de España como Países Bajos o Australia y que están muy por encima en el medallero. Porque no nos engañemos: las medallas no se obtienen por una genética especial sino principalmente por el presupuesto que se dedique al deporte.

 

Y si bien es cierto que la paradoja mencionada explica el mayor nivel de felicidad del bronce, este es transitorio. A la larga, todos preferimos y nos orgullecemos más de la plata.

 

 

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