F: ShutterstockLa fase final de la XXXIII Olimpiada ya está aquí. los Juegos Olímpicos de París están siendo una gran fiesta del deporte. Una fiesta en la que aparte del agonismo de la competición deportiva hay muchas otras cosas que celebrar.
La más importante es sin duda la ansiada paridad de género, que se alcanza por primera vez en la historia de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos. Una deuda histórica que ha tardado mucho tiempo, demasiado, en saldarse. De todas formas, más vale tarde que nunca y justo es reconocer el empeño del COI en alcanzar este objetivo y hacerlo, precisamente, en Paris, el mismo escenario en que las atletas participaron por primera vez en una competición olímpica en la II Olimpiada de 1900.
El desarrollo de la Agenda Olímpica 2020+5 ha sido clave en este y otros éxitos de la gobernanza deportiva. Precisamente la Recomendación 5 de la Agenda insiste en la necesidad de fortalecer la protección de los deportistas en todos los ámbitos, fuera y dentro de la competición. No deben extrañar por tanto las prevenciones adoptadas para finalmente aprobar in extremis as competiciones de triatlón y natación en aguas abiertas en el río Sena. Bien sabemos que la calidad de las aguas no se mide por el peso ni el número de políticos que se bañan en ellas durante unos minutos. Y aun están por ver los efectos que la exposición prolongada a las aguas contaminadas del Sena durante la competición de triatlón pueden tener sobre la salud de las y los deportistas.
La decisión del Comité Organizador de los Juegos de habilitar las aguas del Sena para la competición deportiva choca frontalmente con dos de los programas que el COI ha promovido con la finalidad de proteger el bienestar y la salud de los y las verdaderas artífices de los Juegos y del deporte en general. Ciertamente, las Declaraciones de Consenso del COI sobre Acoso, Abuso y Violencia no Accidental y sobre Salud Mental de los Deportistas son dos programas fundamentales que apuestan por el deporte seguro y el bienestar de la parte más importante y también la más vulnerable del deporte, que son las y los deportistas.
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) jugará un papel decisivo en la consecución de ambos objetivos. Por una parte, la IA es utilizada por primera vez en los JJOO para detectar insultos, vejaciones y amenazas a los deportistas a través de las redes sociales. A la sazón, el principal canal de maltrato verbal sobre los y las atletas por parte de los aficionados a las apuestas deportivas, que no necesariamente a la competición deportiva. Asimismo, la IA servirá para monitorizar el comportamiento de deportistas y aficionados para evitar cualquier tipo de violencia dentro y fuera de la competición.
La IA desempeñará también un papel destacado en la promoción de los deportistas y en la retransmisión de los eventos deportivos; en la creación de noticias por parte del Canal Olímpico y en la edición y producción de los momentos destacados de la competición que harán disfrutar a la afición olímpica sin requerir un conocimiento experto de la competición, gracias a la inmensa cantidad de datos que manejan y proporcionan.
No en vano el COI ha lanzado oportunamente en marzo pasado la Agenda de la IA, el tercer documento que completa la trilogía de acciones estratégicas promovidas por el presidente Thomas Bach durante su mandato.
Aunque la IA no debutará en esta Olimpiada, jugará en ella un papel más destacado y también más discreto que en las anteriores. Ciertamente, muchas de las funciones de la IA pasaran desapercibidas para el gran público pero no para las y los deportistas, entrenadores, jueces deportivos y personal médico. Habrá sin duda menos robots que en Tokio 2020. Pero una IA más sofisticada se encargará de registrar y evaluar los movimientos de los atletas, ofrecerá asistencia a los jueces e incluso les facilitará la puntuación de los ejercicios de gimnasia que en muchos casos estos se limitarán a convalidar. También entrenadores, personal médico y deportistas se benefician de la asistencia que les proporcionan las denominadas máquinas inteligentes. Incluso la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) podrá comprobar la fiabilidad de algunos prototipos de IA en cuyo desarrollo trabaja para luchar más eficazmente contra el dopaje.
Pero no todo son noticias halagüeñas en relación con la IA. Para funcionar adecuadamente, los sistemas de IA necesitan una ingente cantidad de datos que les proporcionan los propios deportistas. Muchas veces, por no decir todas, sin que hayan sido previamente informados de los objetivos que se persiguen con ellos y de quien será el depositario último de los mismos. No está de más recordar que muchos de esos datos son de carácter íntimo o contienen información biológica de los deportistas que es necesario proteger con esmero. Incluso, la recolección y uso de estos datos pueden entrar en contradicción con el Reglamento General de Protección de Datos de la UE y la propia ley europea sobre IA, la conocida AI Act.
Pero la gran novedad de la IA que hará su debut en esta Olimpiada pasará totalmente desapercibida para el gran público. Me refiero a las modernas técnicas de estimulación neuronal inteligente (smart neurostimulation) que probablemente no serán utilizadas en la competición pero sí en los momentos previos a la misma, en particular en deportes que exigen gran concentración o elevado rendimiento en un breve espacio de tiempo, como el lanzamiento de jabalina, los saltos de longitud o incluso los saltos de trampolín, aunque nada impide que sea utilizada en otras disciplinas, como el lanzamiento de tiros libres en baloncesto, ciclismo o incluso el fútbol. Gracias a los avances tecnológicos, aparatos en apariencia tan sencillos como los auriculares para escuchar música, tan populares entre los deportistas, son utilizados para estimular con corrientes eléctricas de baja intensidad determinadas zonas del cerebro. Con ello se mejora la concentración, la resistencia a la fatiga o las habilidades motoras. Incluso, la estimulación del nervio vago, que ejerce un papel destacado en la excitación del Sistema Nervioso Central o en la cadencia respiratoria, puede llevarse a cabo a través de pequeños aparatos, apenas indistinguibles de los tradicionales pinganillos que usan los ciclistas para comunicarse con los directores de equipo. Aunque el uso de esta tecnología, denominada no invasiva, pueda parecer seguro, no hay certeza de cuáles serán las consecuencias de un uso prolongado en la salud de los deportistas. Tampoco de qué impacto tiene en la igualdad e integridad de la competición. No estaría de más que la AMA prestara atención a la utilización generalizada de estos aparatos, un secreto a voces, que es necesario vigilar adecuadamente. No vaya a ser que por perseguir el oro Olímpico pongamos en juego la salud mental y el bienestar futuro de las y los atletas.
Alberto Carrio
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad Pompeu Fabra. Barcelona






















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