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Alberto Palomar
Alberto Palomar Sábado, 27 de Julio de 2024

El olimpismo y el liderazgo social: la búsqueda de nuevas fórmulas

La inauguración de ayer, en París, de unos nuevos Juegos Olímpico trató de conjugar la aportación cultural de Francia a la historia reciente y de situarla en la modernidad (o en la postmodernidad) al lado de constituir una enorme fiesta que da origen a una competición cuyo interés en el mundo resulta indudable.

 

El olimpismo – se dijo siempre- es una forma de vida. Es la consagración de valores como el esfuerzo, el juego limpio, la superación como elementos de la competición deportiva, pero, también, el desarrollo ambiental de la competición en un marco de paz y de competencia sana. La paz y la convivencia del mundo son indeclinables en este momento social.

 

El mundo está, en la actualidad, sometido a diversas crisis políticas y se han creado frentes importantes de confrontación bélica. Curiosamente, esta condición ha convivido en el tiempo con una sanción deportiva a la Rusia como consecuencia de sus propias “trampas” en el ámbito del dopaje. Esto ha hecho que dicho Estado apenas haya tenido una mínima participación y bajo bandera olímpica. Uno de los agentes del conflicto ha sido así excluido de la participación.

 

El otro (Israel), resultó ciertamente desagradado en el marco del desfile, consciente, probablemente la población francesa de que en todo conflicto bélico hay un elemento humanitario que no puede ser desconocido. De aquí que insistamos en la convivencia como valor indeclinable de cualquier organización con repercusión social.

 

Es cierto que los hechos indicados han mermado la capacidad aglutinadora del deporte en valores y circunstancias que no son las de los conflictos bélicos. La capacidad y la influencia del deporte en los conflictos sociales está, claramente, en entredicho porque la problemática que subyace exige algo más que un ansia de paz y de entendimiento que es inherente a la actividad deportiva organizada.

 

Es complejo analizar las causas de la falta de impulso y de liderazgo que hubiera permitido al deporte ir más allá de donde llega. Es muy probable que su pérdida de peso esté ligada a una concepción cada vez más economicista como lo demuestra la opción por terciar en la organización y control de los esport que no son, precisamente, el mejor vehículo de transmisión de los valores intrínsecos de la esencia deportiva y que responden, fundamentalmente, al deseo de no ver crecer una organización paralela que, en la sociedad actual, pueda llevar a tener más éxito que la propia organización deportiva.

 

Desde otra perspectiva, la necesidad de optar por modelos de organización de las competiciones sostenibles y perpetuables en el tiempo (o directamente desmontables) ha cambiado la faz de los juegos convertidos en un acontecimiento deportivo, pero con una enorme merma de los valores (estoy pensando en Barcelona) y de capacidad de transformación de la ciudad y de proyecto común que una a la sociedad en una ilusión colectiva.

 

Estas consideraciones no reducen, claro está, ni la importancia deportiva, ni la visibilidad de los Juegos (el 60% de los ingresos proceden de la explotación audiovisual frente al 9% que lo hace de la venta de entradas y abonos). El espectáculo es maravilloso y supone un paréntesis en la vida diaria y en los conflictos que nos ocupan.

 

Sin embargo, el proyecto de transformación colectiva y universal de valores estables que permitan un posicionamiento social diferente tiene una necesidad evidente de refundación.

 

El liderazgo social del olimpismo exige ser relanzado como parte de una filosofía y de una cultura diferente que apuesta por la paz y por la concordia y la solución pacífica de los conflictos.

 

Para que esto ocurra es necesario que la pedagogía de la transmisión de valores tome mayor protagonismo que la consideración como un gran evento económico y para ello se precisan líderes dispuestos a involucrase en la transformación social y en la conversión de pautas diferentes.

 

Históricamente una gran parte de este liderazgo de las ideas ha correspondido a las religiones y es muy probable que, en la actualidad, se precisen otros agentes que sean capaces de aprovechar la competición para recordar al mundo que los conflictos bélicos son, finalmente, un fracaso social fruto, en gran medida, de los intereses individuales sin freno.

 

Para ello, el deporte olímpico precisa, también, y, sobre todo, aclarar su propia posición muy tocada tras los pronunciamientos del Tribunal de Justicia de la Unión Europea de diciembre de 2023. El modelo en lo organizativo, y, por ende, en lo social ha quedado afectado e inmerso en una enorme crisis de identidad que solo será perceptible cuando los fastos del gran acontecimiento deportivo den paso a la realidad diaria.

 

Esta cotidianeidad precisa de la definición del modelo del deporte y precisa, también, de liderazgos fuertes y comprometidos que vertebren la sociedad y que se sitúen por encima de las diferencias puntuales (por muy fuertes que éstas sean). También precisa de una mayor labor didáctica que centre en los valores y no en la gloria económica la esencia de la práctica deportiva.

 

El valor transformador del deporte precisa de un relanzamiento intelectual y de una política más activa que diferencie la esencia de la existencia y los eventos de la propia configuración de la actividad.

 

La sociedad actual precisa de elementos de solvencia y de sostenibilidad y, sin duda, el deporte es un elemento que podría contribuir a mejorar estas posiciones.

 

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