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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Viernes, 21 de Junio de 2024

Comunistas en el Bernabéu o cuando Franco se tragó la hoz y el martillo

Crónica sentimental en rojo de  aquel gol de Marcelino (21-6-1964) 

 

Después de la Segunda Guerra en el Mundial de Brasil hubo muchas bajas importantes de selecciones. España fue goleada por la anfitriona, pero quedó cuarta. Diez años más tarde faltaron tres grandes potencias a la primera copa europea: Alemania Federal, Italia e Inglaterra. España lo volvía a tener fácil. Además era la reina de Europa con el Madrid de sus cinco flamantes copas, el Barcelona y hasta el Atleti.

 

Eran los mejores. Hasta la capital del reino (sin rey) para volar a Moscú llegaron al aeropuerto procedentes de Barcelona Ramallets, Gracia, Segarra, Gensana, Vergés, Eulogio Martínez y Suárez, más Helenio Herrera, el entrenador. Carmelo y Garay, desde Bilbao y Pereda y Ruiz Sosa desde Sevilla ya estaban en Madrid junto a los del Real y el Atlético: Marquitos, Pachín, Herrera, Del Sol, Di Stéfano, Gento, Rivilla, Peiró y Collar. Se quedaron con las ganas. ¡Sin embarcar! La política, que según nos cuentan no tiene nada que ver con el deporte, les devolvió resignados para sus casas.

 

El régimen no les permitió volar. Dicen que “Camulo” Alonso Vega, Carrero Blanco y los más duros del Gobierno no querían ver la hoz y el martillo sobre el Bernabéu de ninguna de las maneras, no sólo por lo que podría pasar: cuenta Salgado-Araujo en su archiconocido libro “Mis conversaciones privadas con Franco” que éste le confesó que ”fue motivado por la campaña que se ha venido haciendo en las radios rojas anunciando el recibimiento monstruo que en el Estadio Bernabéu se iba a hacer al equipo de Moscú, demostrando así la repulsa del pueblo español a mí”. En realidad, la guerra fría acababa de recalentarse un mes antes, al derribar las fuerzas soviéticas un avión U-2 de espionaje de los EE.UU sobre la frontera rusa. Kruschev canceló la Conferencia de París con su antagónico Eisenhower. Este llamó a Franco y le faltó tiempo para seguir la voz de su amo. La URSS pasó sin jugar a semifinales y acabaría ganando la final a Yugoslavia en el Parque de los Príncipes de París. España pasó en octavos frente a Polonia por 2-4 y 3-0 y se “autoeliminó” en cuartos.

 

Cuatro años después llegó la revancha de una derrota que no fue deportiva. Los jugadores eran otros. Al régimen tampoco le faltaban motivos para vedar el peligro rojo, pero en cambio no tuvo reparos en que la final se jugase en España. En el Bernabéu sonó el himno soviético y se alzó su bandera roja con la hoz y el martillo, siguiendo los usos protocolarios. Se lo oí a Moncho Alpuente un fin de semana antes de su inesperado final: un ex divisionario azul juraba por su pasado en las estepas rusas desde los atestados graderíos al presenciar aquellos símbolos proscritos de las hordas comunistas. “Vienen los rusos con la hoz y el martillo y les ponemos su himno bolchevique. Me cagoen....” vociferaba a pulmón suelto.

 

A diferencia de 4 años antes, la amenaza comunista venía de dentro. Se detuvo y ajustició a Grimau, como si la guerra aún no hubiera terminado. Se detuvieron y represaliaron a todos los asistentes a la conspiración de Munich (“contubernio” lo llamó la propaganda oficial), a pesar de que en ella no se admitieran comunistas. Se reprimió brutalmente la huelga minera de Asturias y otras huelgas. Y sin embargo, esta vez se podía jugar contra los rusos.

 

Ese día hubo bastantes rojos en las gradas, unos que por su pasado republicano -y pese a su canguelo- no se querían perder cómo la España del invicto Caudillo mordería el polvo frente a la escuadra rusa, otros más jóvenes, desde la clandestinidad del PCE esperaban lo mismo. Una revancha. Y esto lo sé por mi amigo Alfredo Grimaldos que también desgraciadamente nos abandonó, merengue que debe su nombre a un tal Di Stéfano.

 

En nuestras sobremesas de los viernes en Malasaña, a fuerza de Lagavulines, este curtido periodista nos regalaba un montón de vivencias y anécdotas propias y ajenas. Como la de un criptosoviético, Manuel Doblado, además del Atleti, que cansado de ver perder a los colchoneros en aquel gigantesco coliseo soñaba con esta ocasión histórica. A los siete minutos, mal empezaban las cosas, Pereda tras un fallo clamoroso de la defensa roja fusilaba a la mítica araña rusa, Yashin. Manolo no pudo evitar los aspavientos, ¡maldita pesadilla rojiblanca! Pero pronto empataron los rusos gracias a un veinteañero Iribar que se agachó tarde y mal. Manolo estuvo a punto de levantar el puño. Tuvo que soltar unos improperios (blasfemias que también podían costarle caras incluso en un campo de fútbol). En ese clamoroso fallo del guardameta guipuzcoano algunos quieren ver una traición.

 

El "Chopo" que ya había quitado la puerta del Athletic al gran Carmelo Cedrún y que desde ese mismo año de 1964 defendió los colores de España (en esta ocasión azules), once años más tarde portó junto a Kortabarría la ikurriña en un derbi vasco, cuando esta seguía ilegalizada. Lo que le costó quedarse en 49 internacionalidades. Posteriormente prestó su apoyo a la primera Mesa Nacional de Herri Batasuna. Manolo no pudo sospechar estas "complicidades futuras" ni tenía a mano una ikurriña, pero alardeó de ese empate como si fuera rojiblanco. Dentro de un orden, claro. Daban las siete y las ocho de la tarde, en Chamartín no paraba de llover, crecía el bochorno, preludio de los veranos insoportables de la villa.

 

El Caudillo, que por cuestiones de seguridad no había anunciado públicamente su presencia, presidía el empate hasta que un malhadado Marcelino, como ese chiquillo del afamado filme de Ladislao Vajda, marcaba de tiro raso e inverosímil de cabeza. Manolo lo celebró arreando patadas al aire. Y no dejó, calado hasta los huesos, de lanzarlas a todo lo que buenamente halló por medio en su vuelta pedestre a los Carabancheles. Un calvario, una penitencia añadida que se inflige a sí mismo. Llovía sobre mojado, como ocurre al escribir la historia de los perdedores. Que rara vez se escribe en el deporte. Ni se repara en ellos.

 

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