
No, señores. La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea no es un sí a la Superliga. De hecho, ni se pronuncia al respecto. Es un no al monopolio que representa y ejerce la UEFA, que no es lo mismo. Y lo que sería interesante analizar es si resulta conveniente un cambio de monopolio. Porque, no nos engañemos, la Superliga pretende ser más de lo mismo, con nombre distinto y con otros repartiéndose los dineros, que es lo que interesa.
Ni desde lo deportivo, ni desde lo económico hay argumento de sostén suficientemente sólido como para creerse que esta competición pueda prosperar, a partir de esta resolución. Así que voy a empezar con el “quid” de la cuestión, que no es otro que el dinero. Hablan de una competición en abierto y en streaming. Gratis total para el aficionado. Una fuente de ingresos menos. De hecho, la más importante. Correcto. ¿Y quién va a pagar la fiesta? ¿Los inversores, si existen, han dicho amén sin más? Sorprende que no haya ni un dato del plan de negocio, ni un solo epígrafe al respecto en toda la propuesta de la competición que pretende abrirse hueco. Sobreentendiendo, por supuesto, que ese plan de negocio exista. Una declaración de intenciones tras otra, que está muy bien, pero que sólo es eso: un conjunto de supuestos y luego, a tirar de fe.
En lo deportivo, parece claro que no siempre se premiaría a los mejores de cada Liga Nacional, como tampoco creo que sea lo primordial para los ideólogos de la Superliga. Si la competición tiene que ser tan atractiva que congregue a millones de seguidores, infinitos más que ahora, igual ni les conviene que un equipo como el Girona, por ejemplo, gane una Liga. Y queda por ver si al propio Girona le convendría estar en una tercera división de la Superliga, que es donde iría a parar, sin remisión y en el mejor de los casos. Las competiciones nacionales, a efectos europeos, tendrían un impacto tirando a nulo. En lo demás, número de partidos similar a la Champions, tres divisiones, 64 equipos… discutible todo, menos lo capital: el papel residual de las Ligas.
Eso de que es un gran día para la historia del fútbol habría que analizarlo con la perspectiva del tiempo. Hoy, cuanto menos, parece un atrevimiento poco sostenible. La cosa, sin ingleses, alemanes, franceses, italianos (tampoco portugueses u holandeses, por ejemplo) y con sólo dos españoles mantiene encantados a sus impulsores. A mí me cuesta entender en qué se basan para alimentar tanto optimismo. O el golpe de efecto es, en lo próximos días, brutal de necesidad o, si esto es todo lo que ofertan los defensores de la Superliga, parece evidente que para semejante viaje no se requerían tantas alforjas. Igual se esperaba que a alguien le temblaran las piernas tras la resolución judicial europea. Error de cálculo. Uno más. Nadie se ha movido de sus posturas. O igual, lo que la verdad esconde es un interés en negociar, sentándose en la misma mesa que la UEFA, unas nuevas condiciones económicas que favorezcan a los fundadores. La estrategia parece un poco forzada pero, a estas alturas, yo no descartaría nada.
A lo que sí pienso que deberíamos atender es a la experiencia más reciente con la que nos hemos empeñado en mantener paralelismos para argumentar a favor o en contra de la Superliga y que no es otra más que la Euroliga. Bien, pues el expresidente de la Federación Española de Baloncesto, Jorge Garbajosa, advirtió que no era, precisamente, un modelo de éxito, en tanto que no genera lo que invierte. Es posible que a alguno no le interese contemplarlo e incluso seguir manteniendo, por ejemplo, que hay clubes que aún deben dinero en concepto de penalización a la Superliga. Otra cuestión de lectura. O de ver la botella medio llena o medio vacía porque nadie puede penalizar el supuesto incumplimiento de un contrato que nunca cumplió los términos contemplados en el mismo.
MARÍA JOSÉ HOSTALRICH





















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