La agenda 2030 y el campeonato mundial de fútbol
F: ShutterstockHay fechas en el calendario que hablan por sí solas. Tales, las que marcan los grandes hitos de la vida de la humanidad: empezando por la del vierteaguas de la historia que establece un antes y un después del nacimiento de Cristo; y continuando por aquéllas otras que señalan momentos más o menos universalmente significativos: el 622, año de la Hégira, que da inicio a la era por referencia a la cual miden el tiempo los musulmanes; el 1212 -que aprendíamos en la escuela de cuando entonces como “doce-doce”-, en el que se libraba a favor de las tropas cristianas la batalla de Las Navas de Tolosa. ¡Qué decir del año de 1492 con el grito de Rodrigo de Triana: “¡Tierra a la vista!” y el descubrimiento de América. Dicho sea ello, dejando al margen las interpretaciones más o menos sesgadas y anacrónicas de los impactos que hubieron de acabar teniendo aquellos hechos; pues, como dicen los taurinos, con muy buen tino: “¡A toro pasáo, semos tóos Manolete!”
Hay también fechas y guarismos que definen la biografía de una persona. Sobre todo, el día del nacimiento, que se tiende a celebrar puntualmente soplando velas; o el de tal cual aniversario luctuoso que nos vuelve a encoger el ánimo. Y algunas otras, cabe situarlas en aquel ámbito de radio intermedio entre lo personal y lo universal, y que, con gran frecuencia -junto a otros aspectos socioculturales: canciones, películas, innovaciones tecnológicas, guerras, tratados de paz, etcétera- contribuyen a configurar el imaginario colectivo de toda una generación: 1978 y la Constitución aún vigente, en el caso de España, puede servir de ejemplo ilustrativo. Lo mismo cabría decir, por ejemplo, del año 1992 -cuyos fastos situaron a España como capital del mundo- o del 11 de septiembre de 2001, día en que recordamos la tragedia que supuso aquel insólito atentado contra las Torres Gemelas… En este caso el año resulta menos significativo y deja paso al día y al mes, con el rótulo del 11-S.
Ahora bien, no todas las fechas relevantes se han de buscar siempre y necesariamente en el pasado… ¡Ni mucho menos! Ello, sin duda, es así cuando se adopta una mirada en retrospectiva. Cosa distinta, sin embargo, ocurre cuando de lo que se trata es de diseñar una estrategia o de establecer planes para realizar algún proyecto o conseguir una determinada meta en algún momento del futuro. En estos casos, el que proyecta o planifica, lo que hace no es sino anticipar en prospectiva algún tipo de objetivo al que dedicar la energía y los recursos necesarios para lograr dicho fin.
Las Ciencias de la Dirección nos insisten en que, para que la cosa no se quede en sueños -peor aún, en vaguedades, en quimeras o en delirios irrealizables-, la gestión eficiente de cualquier proyecto requiere tener identificados con claridad sus componentes básicos para acometerlos desde tareas más concretas y manejables. Y, por supuesto, habrá que tener también implementados los mecanismos que faciliten el seguimiento y control del proyecto. A tal efecto, se anticipan líneas temporales, se dibujan gráficos y diagramas Gantt, con sus correspondientes caminos críticos y etapas intermedias; se marcan hitos y se tiene buen cuidado en señalar cuáles hayan de ser las métricas y los indicadores clave -KPI, en la jerga del management- a los que se haya de prestar atención para comprobar si el camino realmente transitado se ajusta a lo previsto en el plan para, en función de ello, tomar la decisión que proceda en busca de los objetivos propuestos en el proyecto.
En este marco es en el que cobra su intelección la denominada Agenda 2030 y los famosos Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS). Se trata de una propuesta que viene dando que hablar, al menos desde su adopción por Naciones Unidas en el año 2015. Y nunca mejor dicho lo de que “viene dando que hablar”, porque otra cosa es la de concretar lo hablado en hechos tangibles. O sea, aquello que los americanos denominan “to walk the talk” y que por estos pagos tenemos tan claro como para señalar, desde la sabiduría práctica acumulada en los refranes, no sólo que “del dicho al hecho hay mucho trecho”, sino también que “una cosa es predicar y otra, dar trigo”.
Aun con todo, el guarismo 2030 -dicho así: “veinte-treinta”- forma parte ya del imaginario colectivo -o, por decirlo con la cursilada de moda, “ha venido para quedarse”, hortera y pretencioso calco lingüístico del “to come to stay”- y merece un comentario de impulso. Lo hacemos desde este Toma y Daca, aprovechando que el Pisuerga de la organización del campeonato mundial de fútbol va a pasar en esa fecha -¡y a la vez!, que esto de la globalización es lo que tiene- por un Pucela en Marruecos, un Vallis Tolitum en Portugal y el Valladolid de España… ¡Qué lejos aquellos tiempos del Naranjito, cuando nos bastábamos a nosotros solos para organizar un campeonato del mundo, sin ni siquiera tener que solicitar el concurso de los de Andorra!
La Agenda 2030, pese a las múltiples lagunas, imperfecciones y descuadres que se le vienen señalando -y que, sin duda, tiene-, merece muy mucho la pena; y conviene apostar por ella y por lo que ella significa: la posibilidad de dar un paso adelante en la nunca del todo cumplida tarea de humanizar el mundo, apostando por el Bien Común universal para mejorar la vida de todas las personas, desde el respeto a la naturaleza y a la preservación de los equilibrios ecológicos que garanticen la sostenibilidad. Se trata, en suma, de un proceso asintótico, que nunca se habrá de ver completado del todo, pero en el que deberíamos tratar de implicarnos todos, en un ejercicio de responsabilidad individual y, muy especialmente, colectiva. Las empresas aprovechan el briefing y convierten en mantra lo verde como reclamo para conseguir sus objetivos, vender más productos, prestar más servicios sin desatender a su propósito organizativo. Los Estados definen planes nacionales y políticas de largo alcance; y las ONG y el resto de la Sociedad Civil dicen querer arrimar también el hombro en la común tarea. El mundo del deporte no podría quedarse al margen de este empeño colectivo.
En todo caso, pese a una evidente falta de liderazgo a nivel mundial, la humanidad -a trancas y barrancas, con luces y sombras, en una suerte de baile de la Yenka con avances y regresiones-, a lo largo de las centurias, ha venido madurando en algunos aspectos muy loables en los que todavía hay mucho que seguir haciendo: erradicación de la miseria; avance hacia la plena instauración práctica del valor de la igualdad, acorde a la dignidad humana; acceso a una educación que favorezca el despliegue de las capacidades y el florecimiento personal; sanidad al alcance de todos… Naturalmente, hay condiciones previas que ni siquiera tenemos garantizadas: la paz y la democracia, entre ellas. Razón de más para no bajar la guardia, máxime cuando se observa cómo la Agenda 2030 parece estar un tanto de capa caída. Ello podría tal vez deberse al hecho de que se la identifica con una manera particular y sesgada de entender la índole de los ODS. A veces, da la impresión de que, en vez de proponer metas universalizables, capaces de concitar adhesiones generalizadas, se ha venido instrumentando -e instrumentalizando- un discurso tendencioso a favor de proyectos ideológicos en modo alguno compartibles por todos.
Esta situación debiera ser subsanada por todos los medios posibles y, uno de ellos -al menos, en el caso español-, habría de ser el de aprovechar la feliz coincidencia que implica la simbólica fecha de 2030 y utilizar una herramienta tan poderosa como es el deporte para que, a su través, la citada Agenda global alcanzase una mayor visibilidad y pudieran conseguirse –redireccionados e interpretados de manera correcta- varios de los objetivos que plantea, lo que situaría a España en la vanguardia del crecimiento sostenible.




















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