F: ShutterstockEs cierto, que para ello, los árbitros estudian a los equipos y jugadores que van a dirigir, igual que lo hacen los equipos de fútbol cuando examinan a fondo al rival al que se van a enfrentar.
El arbitraje va de acertar, y para ello, la cantidad de toma de decisiones que un árbitro debe tomar durante del partido son innumerables, incluso, en aquellas ocasiones donde el árbitro decide no tomar ninguna decisión, en realidad también la está tomando.
El colegiado debe tomar estas decisiones sin un prejuicio previo, cierto, estos deben llegar a los estadios con las cargas y conciencias limpias para tratar de ser lo más justos posible. Pero también es cierto, que para ello, los árbitros estudian a los equipos y jugadores que van a dirigir, igual que lo hacen los equipos de fútbol cuando examinan a fondo al rival al que se van a enfrentar.
El árbitro ve una acción, y cuando es clara decide si debe intervenir o no, hay caídas que claramente han sido producidas por una infracción, y otras, que son fruto de un choque no punible, un tropezón, o incluso, una simulación. Y si estás son claras, el árbitro no debe titubear.
El problema viene con todas aquellas interpretables, todas esas caídas que afloran en un amplio abanico de grises, y donde en muchas ocasiones, los árbitros asistentes deben echar un capote a su colega, por aquello de que cuatro ojos ven mejor que dos. Y es que, en caso de duda, y solo de duda, esa voz llegada por el pinganillo nos puede dar el empujón definitivo o bien, sostenerte antes de lanzarte al vacío.
¿Y por qué les cuento todo esto? Como les decía antes, los árbitros se preparan los partidos, y conocen de sobra cuales son los jugadores más calientes, aquellos que más protestan, aquellos que siempre juegan al filo del fuera de juego, o esos que juguetean con los límites de las reglas de juego. Y entre tantos ejemplos, están aquellos a los que les gusta lanzarse a la piscina cuando pisan el área de penalti rival.
No seré yo quien los nombre, pero, varios jugadores ahora mismo me recorren la cabeza, jugadores que al mínimo contacto van al suelo cuando se ven dentro de los límites del área de penalti. Qué lástima ¿verdad? La cantidad de acciones de peligro que nos perdemos en el fútbol por culpa de aquellos jugadores que desisten en seguir atacando por intentar conseguir un penalti a su favor.
Y en este grupo, está entrando de cabeza Robert Lewandowski, el jugador azulgrana que llegó como una auténtica apisonadora a la Liga, mandando al fondo de la red todo aquello que tocaba, ha visto como el soufflé se ha venido abajo, la suerte no le acaba de sonreír, y ahora, más que nunca, es cuando observo que el atacante polaco busca desesperadamente en cada partido la pena máxima. Y es cuestión de días, que los árbitros de La Liga le acaben cogiendo la matrícula.
Tampoco ayuda el capítulo de la temporada pasada con el árbitro extremeño Jesús Gil Manzano, el bávaro se llevaba el dedo a la nariz después de ver la roja en Pamplona, quizás insinuando que algo olía mal. Por no hablar de sus últimas declaraciones, donde este aseguraba que “los árbitros españoles están matando la Liga”.
Insisto, los árbitros deben llegar al campo sin prejuicios, pero en caso de tener el más mínimo, en caso de duda, y solo en caso de duda, es cuando el árbitro por lo general, decide no picar el anzuelo. Anzuelo que Miguel Ángel Ortiz Arias si mordió en Pamplona. El amigo Robert, está a muy poco de que le sea imposible revertir la situación. Los árbitros desconfiarán de él y cuando le hagan un penalti de verdad, y en caso de duda, solo de duda, el árbitro no señalará la pena máxima.
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Pável Fernández














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