¿Tiene el deporte español un problema de racismo?

TOMA Y DACA: UN BLOG DE RESPONSABILIDAD SOCIAL Y DEPORTE
José Luis Fernández y Raúl López
Ocurrió hace unos años en Zaragoza, en un encuentro de baloncesto del todavía denominado CAI, el mítico CAI Zaragoza, al que varios amigos asistíamos.
Sin ser relevante el rival ni el resultado, lo que se quedó grabado en la retina de aquellos treintañeros fue el comportamiento de un caballero que estaba sentado en la fila que tenían justo delante de ellos. El tipo iba acompañado por sus hijos, dos niños de corta edad, vestidos, como corresponde, con sendas camisetas rojas para animar al club de la capital del Ebro. El mayor rondaría los nueve años y el más pequeño, tendría unos siete.
Los críos, más que prestar atención al partido, correteaban por la fila de butacas, jugueteando de un lado a otro y, de cuando en cuando, paraban a la altura de su papá, para chocar su mano al más puro estilo “give me five”. En un momento dado, su progenitor, la persona que les había llevado a pasar una bonita tarde disfrutando del equipo de baloncesto de su ciudad y que, hasta ese momento seguía el partido de una forma más o menos moderada, sufrió una súbita transformación y comenzó a proferir todo tipo de insultos e improperios, tales como “negro de m****a, muévete”, “vuélvete a la selva, mono”, “come plátanos, cómo has podido fallar esa canasta” o “p*** esclavo, vete a coger algodón”.
Lamentablemente, no era la primera vez que se escuchaban expresiones de ese cariz en un recinto deportivo, pero en este caso, hubo dos cosas que llamaron poderosamente la atención de todos los espectadores de tan bochornosa escena: la primera, la presencia de esos dos niños de corta edad que, imagino, se quedarían estupefactos –quiero pensar que sería la primera vez- ante la metamorfosis sufrida por su padre; la segunda, que todo ese catálogo de gritos racistas iba dirigido… a los americanos de su propio equipo.
En efecto, el tipo no se había enervado por el resultado adverso o por las filigranas que realizaban los jugadores del club rival; lo que convertía a esa situación en dantesca, era que el apasionamiento, mal entendido, de ese buen hombre iba dirigido hacia dos jugadores del plantel local, de ese mismo cuya camiseta él lucía orgulloso y por el cual pagaba una entrada o un abono para verle jugar cada semana.
Ante ese panorama y lo exacerbado del hincha, la cuadrilla de amigos quedó tan atónita que optó por cambiarse de ubicación. Por un momento, sopesaron la posibilidad de decirle algo -de forma educada y para tratar de hacerle entrar en razón- a su vecino de localidad, pero ante el cariz que iba tomando la situación y la progresiva hinchazón de su vena, prefirieron irse a otra zona del pabellón y así evitar problemas.
Eso sí, cuando se marcharon, pusieron la situación en conocimiento de una de las personas que controlaban el acceso al vomitorio, fundamentalmente pensando en esas dos criaturas a las cuales, a buen seguro, estaban llegando al alma los insultos desatados de su ascendiente paterno. Sin embargo, el grupo de amigos se encontró con la desagradable sorpresa de que ese miembro de la organización, después de esbozar una sonrisa de complicidad, les dijo: “¡Bah, no pasa nada, es lo normal en todos los partidos! Si tuviera que llamar la atención a todos los que insultan a los negros (sic) me quedaba sólo”.
Tan sólo unos días después, y por esos caprichos del destino, uno de aquellos amigos acudió a un conocido centro comercial a comprar unas zapatillas de deporte. ¿Que tendrá que ver una cosa con otra, se preguntará el lector?
Pues bien, lo que hubiera sido una situación más que cotidiana -vas, ves, eliges y pagas- se convirtió en algo que dejó atónito a aquel jovenzano, pues, cuando arribó a la planta de deportes, se acercó para atenderle un amabilísimo dependiente preguntándole si le podía ayudar. Al verle, inmediatamente le reconoció: sí, era aquel energúmeno que días antes les había obligado, más por vergüenza ajena que por otro motivo, a cambiarse de localidad.
Esta anécdota, totalmente real, acaecida hace más de veinte años, cobra estos días una enorme vigencia por cuanto, como se puede observar, la lacra del racismo no es algo de anteayer, sino que se viene arrastrando desde hace décadas.
En el chascarrillo expuesto, estamos hablando de una sociedad en la que, en aquellos años, todavía no estaba tan perseguido el racismo, ni la xenofobia, ni ningún otro comportamiento similar.
Por supuesto, el protagonista de la historia no recibió ningún tipo de castigo por su actitud; lo más fácil es que, tras el partido, regresara a su casa junto a sus hijos y que le dijera a su mujer lo bien que lo habían pasado y que siguiera con su vida como si tal cosa, incluido el seguir yendo a trabajar cada día ofreciendo a los parroquianos su mejor sonrisa, así como el seguir asistiendo a los encuentros de su club de baloncesto.
Es más, seguro que, en todos estos años, en más de una ocasión ese paisano habrá tenido que atender a algún cliente de color, como también que lo habrá hecho con el máximo respeto y la mayor atención posible. Estamos convencido de ello.
Por tanto, ¿cabe catalogar la conducta de aquel individuo de racista? Evidentemente, sí. Pese a no tener castigo material en aquel momento, su pena fue otra: la de quedar marcado a los ojos de varias personas como alguien violento y racista.
Fue tal el despropósito que, dos décadas después, cualquiera de aquellos amigos que fue testigo del mismo, siempre que han coincidido con el buen señor en su más que visible desempeño laboral, siempre han hecho el mismo comentario: “he visto al tipo aquel que…”. Él no lo sabe, ni posiblemente nadie es quién para juzgarle, pero la realidad es que la imagen que ofreció aquél lejano sábado otoñal fue execrable.
Los tiempos han cambiado y las leyes han ido acordes con esos nuevos vientos, en gran medida exigidos por la demanda social. Así, el artículo 510 del Código Penal sanciona con hasta cuatro años de prisión la incitación pública al odio por, entre otros, motivos racistas o xenófobos.
Pero la pregunta que cabe formularse es si España es un país racista, como parece que piensan algunas personas. Realmente, ¿cuántas personas hay en nuestro como el protagonista de la anécdota, verídica como decimos, antedicha?
Por desgracia, en determinados contextos, en el amparo de la masa, muchas. Sin embargo, defendemos que, más que por móviles racistas, nuestro país adolece de una gran falta de educación en la materia. Seamos sinceros, ¿a quién no se le ha escapado alguna vez “rumano, chino o moro de m*****”? Invito a quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra.
Basta con salir a la calle para darse cuenta de la realidad y, si nos ceñimos al deporte, no hay que acudir a un recinto deportivo para escuchar expresiones así, solamente con ver un partido, del deporte que sea, en nuestro propio domicilio, comprobaremos que la simple participación de un deportista que no pertenezca a nuestra misma raza invoca nuestros más bajos instintos para referirnos al susodicho con todo tipo de dicterios: “al final, el negro va a adelantar a Alonso” o “la china le gana hoy a Carolina, ya lo verás”…
¿Eso es ser racista? Sinceramente, creemos que no. Nadie ha visto a un ciudadano de color siendo increpado en la calle por cuatro cafres gritándole “chimpancé”, ¿verdad? Al igual que no revelaban homofobia los gritos de “Michel, mar****” que se cantaban a coro en los estadios que visitaba el Real Madrid en los años noventa. Por tanto, es un problema localizado y focalizado en un escenario deportivo, pero, repetimos, no por el racismo propiamente dicho, sino por la torpeza y la incultura.
En todo caso, sorprende que nos encelemos tanto con los “negros”, que nada nos han hecho, y tan poco con los “Negreiras” de turno, aunque esa sea harina de otro costal…
En suma, lo que todo eso demuestra es una absoluta falta de inteligencia y, sobre todo, de educación, además, de la existencia de un grave problema cuya solución pasa por que quienes tienen mando en plaza –esto es, los poderes públicos y las instituciones deportivas-, reflexionen, dejen de lanzar mensajes vacuos por redes sociales y se pongan manos a la obra de manera conjunta.
Sólo así, desarrollando estrategias de cooperación que incluyan desde la prevención hasta el castigo –prohibición de acceder a recintos deportivos, sanciones económicas, cierre de recintos o pérdida de puntos-, se podrán desterrar definitivamente esas conductas.
Cualquier otra actitud, sobre todo las condenas soterradas basadas en el “sí, pero…”, no será efectiva a la hora de luchar contra el racismo y la xenofobia. Por eso, la repulsa debe ser firme, enérgica y rotunda.
Si queremos crear un ecosistema deportivo socialmente sano y responsable hemos de comenzar por exigir a todos sus agentes una actitud proactiva en contra de esas lacras, comenzando por hacer autocrítica de nuestras propias actitudes.
No somos racistas, pero si callamos ante tales actos, somos tan culpables como sus autores. Los clubes, las federaciones, las ligas, los gobiernos… no son racistas, pero si no manifiestan firmemente su repulsa y toman cartas en el asunto, serán tan culpables como la siguiente persona que imite el “uh, uh, uh” para burlarse de un jugador de color en un estadio.
La ley garantiza efectividad, pero no es la única solución. Por eso, hacemos nuestra, a sensu contrario, la fórmula que Gustav Radbruch propuso en el siglo pasado: “Por seguridad jurídica debe prevalecer la ley, pero cuando la ley es insoportable por injusta, ha de ceder ante la justicia porque el Derecho extremadamente injusto no es Derecho”.
No nos arriesguemos a que el Derecho sea injusto para poder aplicarlo de forma eficaz y asumamos que, pese a no ser racistas, tenemos un grave problema que debemos solventar. Estamos a tiempo.

















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