
Para los que empiezan, destacar en su pueblo y dar el salto a un gran centro de entrenamiento es más difícil y más costoso. Muchos se cansan. Y para los que ya están en la alta competición, los sacrificios son grandes y exigen la adaptación de todo su entorno familiar.
Viajes interminables por carretera, dependencia económica de la familia, alquileres compartidos, instalaciones deficientes, emigración… Lejos del CAR de Barcelona o de Madrid, en la España rural y en las núcleos apartados de las grandes capitales también se hace deporte de élite. Pero las condiciones son otras.
Para los que empiezan, destacar en su pueblo y dar el salto a un gran centro de entrenamiento es más difícil y más costoso. Muchos se cansan. Y para los que ya están en la alta competición, los sacrificios son grandes y exigen la adaptación de todo su entorno familiar.
Nuevas tendencias, como las carreras en entornos naturales, cuanto más insólitos mejor, han abierto otras oportunidades para el deporte rural y son una clara apuesta de futuro.
Cinco deportistas que proceden, compiten u organizan pruebas en poblaciones pequeñas comparten su experiencia con EFE.
JAVI GARCÍA: LA FAMILIA EN MÁLAGA, EL TRABAJO EN PUENTE GENIL
"Hora y cuarto de puerta a puerta". Javier García, pivote del equipo de balonmano Angel Ximénez, de la liga Asobal, tiene "perfectamente calculado" lo que tarda desde el pabellón de Puente Genil (Córdoba, 29.800 habs.) a su casa en Málaga.
El jugador, nacido hace 33 años en Bolaños de Calatrava (Ciudad Real), habla desde su coche, en uno de esos trayectos diarios, y rememora su paso por equipos de Barcelona, Zaragoza, Logroño o Guadalajara y la temporada 2013-2014 que pasó en Nantes (Francia).
"Cuando era más joven aproveché la oportunidad de salir al extranjero y tuve la suerte de jugar en equipos que competían por algo más. Ahora, aunque espero que todavía me queden varios años de carrera, también pienso en el lado familiar", asegura.
"Mi pareja vive en Málaga y el equipo más cercano que había en la máxima división era Puente Genil. Eso fue lo que me trajo aquí. Ellos llevaban muchos años interesándose por mí y yo, tras ser padre hace año y medio, quería centrarme más en la familia, pero seguir en un equipo como este, que lo hace bien", añade.
"Los días que doblamos entrenamiento me quedo en Puente Genil para no pasar todo el día en la carretera", cuenta. "Tengo allí un piso alquilado que me proporciona el club y que comparto con dos compañeros en la misma situación. Lo mismo en pretemporada o cuando viajamos: si llegamos a las cuatro de la mañana, ya me quedo en Puente Genil a dormir".
Esos largos desplazamientos en cada jornada de liga son una carga inevitable para los equipos de localidades pequeñas.
"Todos los viajes los hacemos por carretera. Vamos en autobús, dormimos la noche antes del partido y cuando termina el partido, autobús de vuelta. En los desplazamientos es donde más nos machacan a los jugadores", asegura Javi García. Desde Puente Genil, "todos los viajes son muy largos, el más corto son seis horas".
En cuanto a las instalaciones -municipales- con las que cuenta el club, nunca son las mismas que las de los equipos de las grandes ciudades.
"El pabellón nos lo ceden con los horarios que necesitamos, pero es una instalación muy antigua. El Ayuntamiento de Puente Genil no puede asumir de golpe mucha inversión, así que hace año y medio cambió la pista, pero el resto de la instalación es muy vieja. En invierno te mueres de frío, los vestuarios tampoco están del todo adecuados", comenta el jugador.
SOFÍA SOUSA: SIN ESPACIO PARA LANZAR LA CINTA
A sus 20 años, la gimnasta gallega Sofía Sousa lleva casi uno pendiente de recibir cita para operarse en la sanidad pública de una rotura de ligamentos en el tobillo. Cuando lo haga, se replanteará si vuelve a un deporte que desde los 7 años practicó siempre, excepto una temporada, en el club de gimnasia rítmica de Porriño (Pontevedra, 20.400 habs.), su localidad natal.
"Incluso en los dos últimos años, cuando empecé la universidad", señala Sousa, "competía por Porriño y entrenaba allí dos días y los demás en Ourense", ciudad en la que estudia tercero de Educación Primaria.
La gimnasta, finalista varias ocasiones en campeonatos de España y Copa de la Reina sénior, considera que es "más complicado, sin duda" despuntar en su deporte desde un municipio pequeño como el suyo.
"Al principio entrenábamos en un pabellón que realmente no tiene la altura para lanzar los aparatos. También en un colegio, en un gimnasio pequeñito. Hacíamos la coreografía sin lanzar, porque si iba a lanzar la cinta me chocaba con quien estuviera al lado. No podíamos hacer otra cosa. Así que de medios, mal. El último año consiguieron otro pabellón en Atios y allí sí se podía lanzar", recuerda.
Cuando tenía "trece o catorce años", Sousa estuvo en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Madrid para una concentración de un día con el conjunto júnior. Aquello le pareció otro mundo.
"Yo era una niña con cero experiencia, de promoción. Llegué allí nueva, las demás ya se conocían entre ellas. Me quedé impresionada, vaya. Fue muy bonito", reconoce.
Durante su carrera, todos los gastos derivados de los traslados a las competiciones corrieron a cargo de sus padres.
"Depende del nivel económico que tengas, te lo puedes permitir o no. Eso dificulta que las niñas compitan. Mis padres han cubierto todo. Salvo un campeonato que cubrió la federación gallega, las Copas de la Reina, los campeonatos de España, todo mis padres. Si tengo que ir al fisio o al médico, también ellos. De hecho, tuvieron que suscribir un seguro privado porque yo tuve muchas lesiones", apunta la gimnasta.
En un deporte en el que hay clubes con mucha tradición, destacar desde uno pequeño como el Ximnasia Porriño "cuesta mucho más, porque no tienes ese reconocimiento de primeras".
"Hay clubes que son muy valorados por su historia. Pero aun así, cuando hay una gimnasta buena se aprecia su trabajo, sea donde sea. Con esfuerzo, aunque seas de un sitio pequeño, se puede destacar. Pero es más difícil", subraya Sousa.
Para ella, el futuro inmediato solo es uno: "O me opero o me opero, porque en cuanto camino un rato el tobillo me duele. Dicen que la recuperación es lenta. Pero si puedo, seguiré con la gimnasia", asegura. Y siempre desde Porriño.
BERTA GUTIÉRREZ, UNA RAQUETA ENTRE CANTABRIA Y EUSKADI
Cuando su padre le pidió que eligiera un deporte, Berta Gutiérrez se decantó por el tenis como podía haberlo hecho "por cualquier otro". Le compraron una raqueta y empezó a jugar contra la pared de su casa.
Fue el principio de una carrera que la llevó a ganar con 12 años un ‘Rafa Nadal’, torneo infantil auspiciado por el gran campeón, a ser campeona absoluta de Euskadi en 2021, a llegar a cuartos del campeonato de España y a ocupar actualmente, con 19 años, el puesto 68 en el ránking nacional absoluto.
En Limpias (Cantabria, 2.000 habs.), el pueblo de Berta, hay una única pista de tenis, la del Parador Nacional.
La incipiente jugadora acudió a una escuela en el pueblo más próximo, Ampuero, donde un entrenador se fijó en su potencial y se encargó de ella cuando tenía 9 años.
"Mi primera competición fuera fue a los 10, en un torneo alevín en Valldoreix (Barcelona)", apunta la tenista, que no recuerda cuántos partidos ganó pero sí la sensación de temor previa a aquel viaje: "Al principio me daba bastante miedo ir, encima sin mis padres. Pero allí conocí a gente que estaba igual. Yo era de primer año, supongo que perdería pronto", aventura.
Cuando tenía 14 años tuvo que buscar un nuevo entrenador y todo se volvió más complejo.
"Bilbao y Santander me pillaban a la misma distancia y mis padres decidieron mirar hacia el País Vasco. Me fui al CT Santurtzi. El primer año iba solo los viernes y domingos, pero al siguiente el entrenador bajaba dos días a la semana a Limpias a las 7 de la mañana, antes de entrar yo al colegio, y entrenábamos de 7 a 9. Y yo iba allí los viernes y me quedaba a dormir en su casa para entrenar también el sábado, y así no hacía a mi padre subir y bajar todos los días", detalla Berta Gutiérrez. Ese fue su ir y venir durante años.
"Era un sacrificio para todos, para mi madre y para mi hermano también, que terminó odiando el tenis. Y un gasto económico bastante grande. Todo lo cubrían mis padres", subraya.
Consciente de que en su deporte "el nivel está en Barcelona, Madrid y Valencia", considera que vivir en una localidad pequeña complicó sus aspiraciones tenísticas "en todos los aspectos".
"Lo dificulta mucho. Habría sido muy distinto tener un sitio cerca de casa, sin depender de nadie… Yo para ir a Santurce dependía de mi padre, a veces él no podía y yo me quedaba sin entrenar. Cuando mi padre tenía turno de tarde, me tenía que llevar mi abuelo", comenta.
La opción de salir de Limpias y trasladarse a uno de los grandes centros de entrenamiento estuvo alguna vez sobre la mesa.
"Mi padre me lo planteó muchas veces. También ir a Estados Unidos. Pero fui un verano, solo una semana, a la escuela de (Juan Carlos) Ferrero y... no me gustó. Estás allí y solo estás para el tenis y eso no me gustó. Y supone un gasto económico muy grande. Y veo que es tan difícil llegar y tan grande el sacrificio...", admite.
Berta Gutiérrez vive ahora en Salamanca, donde este curso empezó la carrera de Criminología.
Posponer los estudios para centrarse en el tenis también fue una posibilidad: "Tuve mis dudas, quizá tomarme un año para dedicarme solo a entrenar, pero entre una cosa y otra, a mi madre tampoco le parecía bien".
Ahora no entrena tanto, aunque sigue haciéndolo en un club en Salamanca. En febrero disputó y ganó el Trofeo Rector, campeonato universitario de Castilla y León. Cuando vuelve a Limpias intenta sumar horas en pista "para coger otra vez los golpes".
"Echo mucho de menos entrenar, es de lo que más me está costando. Antes tenía una rutina, y ahora, cada vez que juego, noto que me falta".
VÍCTOR SÁNCHEZ: EL PLACER DE JUGAR UNA SUPERLIGA EN CABEZÓN DE LA SAL
Después de catorce temporadas como jugador de la UD Ibiza Ushuaïa, el equipo de voleibol de su ciudad natal (1990), Víctor Sánchez firmó el pasado agosto contrato con la Textil Santanderina, club de Cabezón de la Sal (8.200 habs.), también en Cantabria. El Ibiza había descendido y la Textil había subido a la Superliga y el líbero aceptó la oferta de trasladarse a la península.
"El 90 % de la plantilla son fichajes", concreta Sánchez. "Aquí solo hay un jugador de Cabezón, Víctor Rubín, y otro que lleva aquí once años (Fran Calzón, de Utrera)".
Sánchez sabía dónde se metía: "Había venido a competir aquí con el Ibiza siete u ocho veces y siempre estaba el pabellón a reventar. Al ser un sitio pequeño, lo único que hay para ver en alta competición es el voleibol y la gente se vuelca. No sé si decir que es la número uno de España, pero es una de las grandes aficiones que yo he conocido. Quería vivir esa experiencia".
Esa cercanía con el público es una de las ventajas que citan todos los deportistas que juegan en equipos de localidades pequeñas, y que a muchos les compensa por otras dificultades.
"Cuando fichas por un equipo", cuenta Sánchez, "las condiciones mínimas que negocias son la casa, la comida y el sueldo. Yo vivo solo, en otro piso viven cuatro compañeros y en otro, cuatro más. Vivo a diez minutos andando del pabellón y estoy muy a gusto. La pena que los resultados no han acompañado". Los textiles han acabado la liga en la penúltima posición de la tabla y perderán la categoría.
Víctor Sánchez da fe de que el patrocinio local es clave para la supervivencia del deporte en zonas rurales.
"Nuestro mayor patrocinador es la Textil Santanderina, una empresa que proporciona trabajo a mucha gente del pueblo. Pero todo el mundo se involucra. A la plantilla nos dan de comer entre tres o cuatro restaurantes de Cabezón, cada uno a los jugadores que puede", señala.
"Somos un equipo humilde. A Almería fuimos en autobús. Catorce horas. A Barcelona fuimos en avión. Tenemos cerca los aeropuertos de Santander, a media hora, y de Bilbao, a hora y media. Luego alquilamos unos coches", dice el primer ibicenco que jugó la Superliga.
La Textil juega "en un pabellón chiquitito", el Municipal Matilde de la Torre. "Un gimnasio completo no lo tiene, vamos a uno aparte gracias a un patrocinio".
Para el líbero, "es fundamental" que los ayuntamientos "se impliquen en el deporte, no solo de primera división, sino desde el ámbito escolar".
"En este pabellón hace un frío del carajo, más que en la calle", afirma. "Eso tendrían que mejorarlo. No solo por nosotros, sobre todo por los niños. Hay un instituto al lado y los chicos hacen allí deporte y tanto frío es peligroso, incluso para las lesiones".
ROBERTO PARRA, UN CAMPEÓN DE EUROPA ATENTO A LOS NUEVOS RETOS
De la implicación de los entes locales en el deporte rural sabe mucho el exatleta Roberto Parra (Socuéllamos, Ciudad Real, 1976), campeón de Europa de 800 m bajo techo en 1996, ahora gerente de la empresa organizadora ParmaSports y asesor en la dirección general de Deportes de Castilla-La Mancha. Participa en eventos deportivos allí donde le llaman, "unas veces como promotor, otras como ‘speaker’, otras como organizador".
"Mis orígenes como atleta fueron en Socuéllamos (12.000 habs.) y el ámbito, la escuela, en la que un profesor tuvo la generosidad de pensar que necesitaba a alguien que entendiera más que él y empezó a llamar a gente", rememora.
Con 16 años se fue a Toledo, "no en busca de mejores medios, sino de un técnico". Porque "allí donde hay un buen entrenador hay un núcleo de entrenamiento, se tengan o no instalaciones", asegura.
"Yo podía haber desarrollado perfectamente mi carrera en Socuéllamos de haber estado allí mi entrenador. Ahí tenemos ahora el caso de Mariano García, campeón del mundo y de Europa (800 m) y que sigue en Cuevas de Reyllo (Murcia) y lo lleva a gala", recuerda Parra.
"Cuando yo vine a Toledo encontré un técnico, unas pistas, un gimnasio bien dotado, el apoyo in situ de psicólogos, una Facultad de Ciencias del Deporte con una unidad de diagnóstico... Eso sí pasa en capitales de provincia y no en pueblos. Los primeros apoyos que yo recibí fue por voluntad de mis padres, que me llevaron a un laboratorio de Alcázar de San Juan a hacerme unos análisis para ver si requería unos cuidados especiales", relata el socuellamino.
Parra subraya que "cualquier comunidad autónoma ha dado desde hace 10 o 15 años un salto tremendo en infraestructuras y ya es muy raro que no haya unas instalaciones básicas, una piscina o una pista cubierta, en un pueblo de 8.000 o 10.000 habitantes".
"Si las exigencias son mayores, ya necesitas salir", admite.
En su opinión, hace unas décadas el diseño de instalaciones "se movía en torno a complejos deportivos", pero ahora se tiende a las instalaciones de cercanía como los circuitos biosaludables.
"Ya es raro encontrar un parque sin máquinas o un pueblo sin carriles bicis o sin caminos acondicionados para senderistas", dice Parra, a quien le da "mucha envidia" ver que en los país nórdicos "pasas de la calle a una instalación sin una sola valla, sin nadie que te pida un carné".
"Aquí todavía nos cuesta. Pero ya hay muy pocos hándicaps para que un chaval que despunte en su pueblo no pueda desarrollar su actividad allí y dar luego el salto a una capital cercana. Todas las comunidades tienen un centro de referencia, siempre en torno a una serie de técnicos con formación", insistió.
Roberto Parra percibe "una clara corriente de trasvase de lo urbano a lo rural".
"La gente se cansa de correr en asfalto por polígonos. Las pruebas más atractivas son las que se desarrollan en entornos con algo de riqueza. Circuitos por las ciudades patrimonio, la red de caminos de El Quijote, las Lagunas de Ruidera, los Montes de Toledo. Y a la vez parece que las pruebas en asfalto se van desinflando, porque la gente quiere cosas especiales", destaca.
Por eso, cuando un ayuntamiento le llama para organizar una prueba deportiva, Parra le aconseja "que no estandarice y que explote la riqueza de cada sitio".
Parra invita además, desde su experiencia, a mimar los deportes autóctonos de cada región. Los bolos, el caliche, la petanca, el tiro de reja…
"Casi todos dependen de pequeñas asociaciones que quieren mantener sus tradiciones, pero sería importantísimo invertir ahí. Suelen practicarse en zonas muy despobladas y me da la sensación de que se están perdiendo", lamenta.








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