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José Luis Pérez Triviño
José Luis Pérez Triviño Viernes, 30 de Diciembre de 2022

¿De qué son ejemplos los futbolistas?

En particular, los gestos obscenos del portero argentino, “Dibu” Martínez, así como las burlas e insultos a los jugadores franceses empañan la gloria de los jugadores albicelestes.

Nadia Murad, una activista iraquí candidata a premio Nobel de la Paz, señalaba en una entrevista periodística algo que forma parte del imaginario colectivo: el deporte, y en especial, los deportistas son ejemplos para los jóvenes. Sus palabras fueron estas:  “Es importante para todos los jóvenes descubrir a Messi y a otros jugadores… les aporta felicidad. Espero que todos los jóvenes que los ven, los tomen como ejemplos…”.

 

Indicaba a continuación que este rol ejemplar es especialmente importante en algunos contextos, en particular, en países que, como el suyo, viven en conflicto y con la amenaza de los grupos fundamentalistas.  Así, añadía que, en la medida que los jóvenes en esos países adoptaran como modelos a los deportistas, evitarían adherirse al DAESH”.

 

La reciente Copa del Mundo celebrada en Catar desmiente la confianza de la activista iraquí tanto en el deporte como en los deportistas. A las críticas acerca de la asignación de la Copa del Mundo por parte de FIFA a un país retrogrado en cuanto a la protección y respeto de los derechos humano -y, en especial, la exigencia de avances en esta materia en el tiempo que transcurrió entre la concesión y celebración del campeonato-, se debe añadir el comportamiento soez y antideportivo de algunos jugadores respecto a sus rivales. En particular, los gestos obscenos del portero argentino, Dibu” Martínez, así como las burlas e insultos a los jugadores franceses empañan la gloria de los jugadores albicelestes.

 

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Pero sobresale, en mi opinión, una omisión más grave por parte de los mundialistas, de todos ellos: la nula empatía, la ausencia total de mención o de recuerdo a la desgraciada suerte que, simultáneamente a la celebración del Mundial, corría el futbolista iraní, Amir Nasr-Azadani, que se enfrenta a una probable condena de muerte por parte del régimen fundamentalista iraní. La causa: haberse atrevido a manifestarse a favor de las reclamaciones de las mujeres saudí tras la muerte de Mahsa Amini a manos de la policía de la moral, a la que acusaron de usar indebidamente el hiyab.

 

En el entorno del fútbol no hay colectivo más poderoso que el de los futbolistas de élite, por encima, incluso de los dirigentes de clubes y de las federaciones. Cuando se trata de sus propios intereses, no tienen escrúpulos en luchar por imponer no solo sus exigencias económicas sino también sus más variados caprichos. No dudan en poner todos los medios, hasta incluso “chantajear”, para ver cumplidos  sus deseos.

 

Sin embargo, sorprende (o quizá ya no) su completa falta de solidaridad con la situación de sus colegas menos favorecidos, los que han tenido la mala suerte de nacer en un país dictatorial y donde la más mínima muestra de protesta puede acarrear penas gravísimas.

 

Es un triste contraste observar la valentía de los jugadores iraníes negándose a cantar el himno de su país como señal de solidaridad con las oprimidas mujeres iraníes frente la indiferencia, si no ignorancia, de los futbolistas occidentales abstraídos en un burbuja de abundancia y privilegios.

 

En un mundo como en el que vivimos, unas palabras de Messi, Mbappé o cualquier otro jugador en el momento de ir a recibir los trofeos, recordando la situación del jugador iraní hubieran tenido una repercusión mundial y hubieran puesto en aprietos a las autoridades iraníes. Y aunque no hubiera sido eficaz era una manera de transmitir a los jóvenes que el fútbol es una cosa seria, pero más relevante es la defensa de los derechos humanos y que no es incompatible conjugar ambas tareas.

 

El coste de este gesto era para ellos cero -¿se atrevería Infantino a sancionarlos?-. Pero son así. La gloria futbolística ya la tienen ganada.

 

El respeto y admiración moral, es otra cosa. En cualquier caso, no sé si Nadia Murad seguirá manteniendo la opinión de que Messi -o cualquier otro futbolista de élite- es un ejemplo para los jóvenes de los países oprimidos.

 

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