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José Luis Fernández y Raúl López
José Luis Fernández y Raúl López Martes, 01 de Diciembre de 2020

La Responsabilidad Social de los deportistas de élite

La Responsabilidad Social de los deportistas de élite ¿están obligados a ser un “10” dentro y fuera de los campos de juego?

Cuando escasamente han transcurrido siete días de la muerte de uno de los iconos de la sociedad contemporánea, siguen planteándose controvertidos debates en torno a su figura. Y es que pocas personas habrían de provocar la excitación mundial que supuso la muerte del, considerado por muchos, mejor jugador de la historia del fútbol. Hablamos, claro está, del Pelusa, de Diego Armando Maradona.

 

El astro argentino tuvo el don de concitar a su alrededor los más altos elogios por elevar el fútbol a la categoría de arte; junto a exacerbadas críticas por haber llevado una vida preñada de excesos. Esto, ciertamente, lo alejaba de los valores que se quisieran ver plasmados en la conducta de un deportista profesional; y, por supuesto, de la imagen que proyectan quienes, en todo caso, constituyen referentes mundiales y espejos donde tantos -jóvenes y no tan jóvenes- se miran a diario.

 

Y es que Diego Maradona vivió siempre en el exceso. Baste como ejemplo la imagen que acompaña a estas líneas, una pintada que una mano anónima plasmó con mucho acierto, no exento de gracejo, en los muros de un cementerio napolitano: e non sanno che se so perso(traducido al castellano “no sabéis lo que os estáis perdiendo”). Eran los años en los que “el Pelusa” revolucionó la, por entonces, mejor Liga del mundo, el todopoderoso Calcio, encumbrando a un modesto club del sur de Italia en lo más alto de la clasificación, en detrimento de los tradicionales jerarcas del norte del país: Juventus, Milán e Inter.

 

Ahora bien… ¿Quién tendría el sano juicio, la humildad necesaria, la talla humana suficiente como para no sentirse deslumbrado ante tanto halago y tanta exaltación? Porque, en efecto, no otra cosa es la que hubo en su caso: una exaltación triunfal que, mal gestionada, podría estar destinada a causar más daño que provecho a este hodierno vir triunphalis. Recordemos que el Triunfo era una ceremonia civil con la que los romanos rendían honores a militares victoriosos.

 

Y esto sigue. Esta costumbre la podemos observar: ya no pasean en cuadriga, ni reciben en el templo de Júpiter Capitolino la corona de laurel… Ahora, si acaso, bajan en gabarra por la ría o transitan en autobús descubierto por las calles de la ciudad… A veces, llevan el trofeo y lo ofrecen a la patrona… En la Fórmula 1 todavía se sigue fiel al ritual de los laureles… Aquellos en los que, sabido es, nunca conviene dormirse, tanto si nos ganamos los cuartos como deportistas de élite, cuanto si lo hacemos, como honrados cajistas de imprenta, al estilo de el Julián…, puesto que, del cielo abajo, cada uno vive de su trabajo. O al menos, así sería bueno que fuera, máxime en estos tiempos de crisis y de incertidumbre…

 

Pues bien, asumamos la analogía, y consideremos aquel encumbrarlo a los altares, convirtiéndolo en una especie de nuevo semidiós pagano. Lectores, con sinceridad: si nos hubiera tocado a nosotros en suerte vivir aquellas circunstancias, ¿qué? Quienes suscribimos estas reflexiones pensamos que tal cosa habría vuelto del revés al 99,99% de los mortales. Por eso, hacemos nuestras las advertencias de San Juan, el evangelista. Éste, con excelente sentido común y amplio conocimiento del alma humana, recoge aquellas palabras de su maestro. Es conocida la escena: en sazón propia a la lapidación de una adúltera –¡siempre amparados en la masa y escondiendo la mano, ansiosos de tirar al bulto!- espetó aquello de que: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

 

Sin embargo, lejos de convertir estas líneas en un reproche que, por otro lado, poco o nada tendría que ver con lo deportivo, pues en ese ámbito es evidente que Maradona no tuvo rival, los contrastes de su vida abren un nuevo debate, en una interpretación ad hoc de la Responsabilidad Social, en este caso individual: ¿están obligados los deportistas a ser un referente tanto dentro como fuera de su vida profesional?

 

Vivimos en una época en la que el hecho diferencial consiste en que el aleteo de una mariposa en un punto del globo puede provocar un huracán en sus antípodas; la globalización, ese fenómeno imparable que se ha instalado de manera definitiva en nuestras vidas, favorece el hecho de que las noticias se propaguen como un reguero de pólvora… las buenas… y, por supuesto, también las malas.

 

Ese eco se ha amplificado con la proliferación de las redes sociales; así, un tuit se divulga en cuestión de segundos de un extremo a otro del planeta. Por eso, la imagen se ha convertido en un intangible tan valorado, que supone una fortaleza y una oportunidad para toda clase de personas, sobre todo para quienes, debido a su actividad, tienen una proyección pública. Son ellas las que deben preservar la misma, por cuanto incide directamente en su reputación y eso hace aumentar o disminuir el valor de “su propia marca”.

 

Entre esas personas con relevancia comunitaria, figuran los deportistas. Las sociedades actuales, como dijimos, elevan a la categoría de mitos a estrellas del rock, actores o deportistas. Exagerado o no, lo cierto es que, no por repetido, resulta inconveniente recordar que el deporte se ha convertido en uno de los pilares de las sociedades modernas, tanto en su consideración física, como en la de referente de la industria de ocio. Y, como decimos, por extensión y amnalogía, los actores que se desenvuelven en ese mundo han pasado a ser espejos sociales, modelos de comportamiento que imitan millones de personas, puesto que la propia naturaleza del deporte lo convierte en el medio idóneo para transmitir y promover valores altamente positivos.

 

De ahí que la pregunta planteada gire en torno a la obligación de esas personas –de carne y hueso, no lo olvidemos-, a convertirse en dechados de virtudes y arquetipos que sólo muestren las grandezas humanas, ocultando sus debilidades, que las tienen, como el resto.

 

En esencia, parecería que la actitud socialmente responsable se acota al ámbito de la actividad desarrollada, pero desde el momento en que la misma –y por ende sus ingresos- está relacionada con la imagen, resulta lógico respetar esa servidumbre, como precio a pagar por el beneficio obtenido.

 

No pretendemos defender con ello que el mero hecho de desarrollar una profesión con repercusión mediática, convierta automáticamente al protagonista en esclavo permanente de las buenas prácticas. Resulta obvio que si forzásemos a alguien, fuere quien fuere, a interpretar constantemente un papel un tanto impostado, lo más probable, es que acabase desquiciado y engullido por su propio personaje.

 

En todas las épocas ha habido deportistas que han sido verdaderos líderes en sus respectivas disciplinas y que, sin embargo, una despojados de la capa de superhéroes, no han sabido –o, simplemente, no han querido- asimilar su condición de privilegio y se han dejado arrastrar al abismo. Ya en 1966, el genial Manuel Summers retrató con acierto varias de estas sombrías realidades en su película “Juguetes rotos”, donde recogía la trastienda del ídolo caído, héroes de su tiempo que, tras ser elevados a los altares, cayeron en desgracia olvidados por la mayoría.

 

En épocas más cercanas hemos vivido los ejemplos del gran boxeador aragonés Perico Fernández que, de ser una gloria nacional pasó a dormitar en bancos de la capital zaragozana, olvidado por quienes sólo unos años antes le habían recibido en loor de multitudes al aterrizar en Zaragoza con el cinturón de campeón del mundo; o un ciclista de raza y clase como fue el abulense José María “Chava” Jiménez, capaz de coronar los puertos más duros y que, sin embargo, no pudo vencer a sus adicciones.

 

Quizá el secreto radique en aquello que un día aseveró Kypling, tratar al éxito y al fracaso, esos dos impostores, con la misma indiferencia. Pero para eso se debe tener un equilibrio que, a buen seguro, resulta muy difícil de alcanzar. He ahí el reto ético de vivir una vida plena, en el sentido más profundo del término moral: aquella vida que construye cada quien al discurrir por el mundo y al decidir en qué sentido quiere uno actuar. Porque haciendo cada día lo que uno hace, aparte, naturalmente, de hacer las cosas, se va haciendo a sí mismo; va construyendo su carácter, su biografía, su persona… Va con ello labrando su destino. Siempre en busca del -ahora sí- siempre en busca de su triunfo. Un triunfo que no puede ser otro que el de llegar a construir una vida buena. Una vida que, más allá de la buena vida y apunta a la auto realización y a la consecución de una verdadera felicidad.

 

En este sentido, lo único concluyente es que el mínimo exigible a un deportista en cuanto a un comportamiento socialmente responsable es que, al menos en el marco de su actividad, no se le pueda poner ni una tacha. Pero el problema radica en que hoy en día el deportista trasciende de su vida estrictamente profesional y va más allá.

 

Así, al margen de apariciones en la prensa del ramo, también las efectúa en medios no estrictamente deportivos, es requerido como reclamo publicitario para productos de lo más diverso o aparece como figura decorativa en un sinfín de actos por el reconocimiento y atracción que despierta su figura. Y eso también es Responsabilidad Social, aunque no acaba ahí, ya que a colación de lo anterior, ha de mantener un comportamiento que vaya alineado con la imagen que se trasluce. No sería ético ni coherente estar proyectando una imagen ligada a valores de bonhomía y honradez y, a la par, crear un entramado de ingeniería fiscal para evitar pagar menos impuestos al Fisco que derivara en una imputación por un delito contra la Hacienda Pública, por poner un ejemplo de lo más común.

 

Por eso, la atención que requiere hoy la imagen del deportista profesional ha hecho que muchos de ellos se hayan puesto en manos de expertos en el tratamiento de estas cuestiones. Algunos, incluso, se han convertido en verdaderas empresas unipersonales a las que, con mayor motivo que en el caso estrictamente individual, se les debe exigir idéntica Responsabilidad Social que a cualquier otra empresa del tráfico mercantil.

 

Como decimos, deportistas responsables y conscientes de la repercusión de sus acciones los ha habido, los hay y los habrá en todas las épocas y especialidades. Sin salir del panorama nacional, quién no recuerda la caballerosidad de José Eulogio Gárate, la exquisita educación de Emilio Butragueño, la impasible normalidad de Miguel Induráin o la sencillez del que no tiene que gritar a los cuatro vientos para saber que es el más grande, don Rafael Nadal Parera. Números uno en sus respectivas profesiones que han llevado una trayectoria intachable fuera de ellas. ESO es, precisamente, ética, buen hacer y un ejemplo palmario de Responsabilidad Social.

 

No queremos decir con ello que los deportistas deban ser cien por cien perfectos, pero desde el momento en que una persona vive de su imagen, ha de hacer por cuidar esa imagen. En relación con ello, la afirmación aristotélica de que en el centro está la virtud, cobra toda su vigencia por cuanto deberíamos hallar un punto equidistante entre la vida pública y la privada de todos estos personajes que, como es lógico, tienen absoluto derecho a disfrutar de su intimidad y libertad individual.

 

A este respecto, nos gustaría terminar con la tan manida –en los últimos días- frase atribuida al escritor rosarino Roberto Fontanarrosa: “No me importa lo que (Diego) hizo con su vida; lo único que me importa es lo que hizo con la nuestra”. Así pues, dicha aseveración parece cerrar el debate, en el sentido de que lo verdaderamente importante se constriñe a los lances del juego, a la excitación que en cuestión de unos pocos minutos provocó ese gol que la “mano de Dios” se avino a marcar, junto con el eslalon a un ejército de jugadores ingleses que desembocó en el mejor gol visto en una Copa del Mundo. Ese es el legado de un ídolo, esa fue su Responsabilidad Social, como lo serán las canciones que Mick Jagger nos legará algún día, esperemos, todavía lejano.

 

Junto a Evita y a Carlos Gardel –“¡Ay, Carlitos, cada día cantás mejor!- acabas de instalarse en el imaginario del Olimpo de los argentinos… Barrilete Cósmico, has vuelto al planeta desde el que viniste; por eso, aguárdanos por muchos años allí; y, por supuesto, guarda un balón para, cuando podamos, hacer una pachanga.

 

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