La ética en las organizaciones deportivas: ¿también en cuarentena?

La cuestión acerca de la necesidad de la ética en las organizaciones -y en particular, en las deportivas- puede remitirse a a sesudos tratados de filosofía o la teoría del cerrajero.
Según ésta última, un cliente le preguntó a un cerrajero por qué eran necesarias las cerraduras, en tanto que dispositivos para proteger nuestras casas ante eventuales robos. La inteligente e iluminadora respuesta del cerrajero fue que los cerrojos no tienen como objetivo desincentivar ni a los ladrones patológicos ni a las personas totalmente honestas. Ante la sorpresa del cliente, el cerrajero le explicó la razón.
Respecto de los ladrones, dada su voluntad patológica de aprovecharse de los bienes ajenos, los cerrojos son inútiles pues no impedirán que puedan abrirlos. En cambio, con relación a las personas completamente honestas, los cerrojos son superfluos, pues ese tipo de personas aunque encuentren una casa con las puertas abiertas, dado su carácter virtuoso, no entrarán para aprovecharse de la ausencia de los dueños.
Los cerrojos tienen sentido, y esta es la paradoja, para desincentivar a personas normales, aquellas que en esas circunstancias propicias pueden caer fácilmente en la tentación de cometer acciones ilegales o inmorales. Es decir, los cerrojos están diseñados para nosotros, las personas normales.
Valga esta reflexión para señalar que no hemos dado todavía con la tecla de los cerrojos adecuados para impedir que algunos dirigentes deportivos -ni patológicos delincuentes, ni santos morales- aprovechen su situación de poder para sacar réditos económico ilegítimos de sus cargos, para perpetuarse en el poder o aumentar todavía más su cuota de ego. Recientes casos acaecidos en algunas federaciones y clubes deportivos son prueba de ello.
Pero son solo un síntoma de una patología más general que merece un análisis más profundo, pues no es el caso de que no se hayan establecido barreras en forma de departamentos de integridad, códigos éticos, de buen gobierno o programas de cumplimiento que incluyen amenazas disciplinarias o incluso, penales.
Pero no parecen obstáculos suficientes. Desgraciadamente, tales normas no dejan de ser en la mayoría de las circunstancias floreros en el entramado legal de las organizaciones deportivas pues en ocasiones carecen de fuerza sancionatoria, en otras, se nombran de forma pomposa comités encargados de su aplicación, pero se diluye su capacidad o incluso, se les cesa cuando empiezan a investigar comportamientos sospechosamente corruptos.
Y todo ello, sin que haya reacción por parte de la propia organización deportiva (de los miembros de carne y hueso que la conforman), de los patrocinadores o de los órganos administrativos que velan del buen funcionamiento de las estructuras deportivas.
Ello conduce a pensar que la carencia de ética en las organizaciones en general, y en las deportivas en particular, no radica en que falten normas o que estas estén mal formuladas. El problema radica en que hay una palpable carencia de cultura ética en los órganos directivos que manejan algunas de estas instituciones.
La ética, como patrón de conducta, no cae del cielo, ni tiene su causa en una dotación genética privilegiada, como tampoco viene dada por un prestigio logrado en otros ámbitos (deportivos, empresariales, académicos, etc). Pero ello no implica que sea algo imposible alcanzar, en especial en dichas estructuras organizacionales. Su implantación requiere introducir no solo normas -imprescindibles, y más si van acompañadas de sanciones eficaces- sino de estrategias que vayan más allá y tengan como objetivo incidir en la mentalidad de los dirigentes y empleados.
Cabe recordar, entonces, lo que señaló Richard Thaler, premio Nobel de Economía en 2017: «¿qué puede ser el Derecho sino una ciencia sobre el comportamiento?». En este sentido, los cerrojos de los que hablábamos antes, si pretenden cumplir con su función disuasoria, deben asumir que su objetivo es la psicología individual y la grupal, pues la primera puede pervertirse por la segunda si el individuo es abducido por una organización tóxica.
En consecuencia, es del todo necesario asumir como presupuesto que en las organizaciones puede haber dirigentes poco virtuosos, pero que si estos medran es porque el resto asume una lealtad mal entendida, obedece ciegamente a la autoridad o gira la cabeza para otro lado.
Y la explicación de este comportamiento reside, la mayor parte de las veces, en una cultura ética deficiente que impide que la conciencia moral y el sentido crítico se eleve por encima de las constricciones del líder o del grupo.
De esto, ya se es consciente, y de hecho la circular de la Fiscalía 1/2016 sobre la responsabilidad penal de las personas jurídicas concluía que el núcleo de los programas cumplimiento que deben desarrollar las personas jurídicas -incluidas las deportivas- es la cultura ética. Si esta no está firmemente arraigada en la organización, de poco servirá alegar tener vigentes códigos éticos o de buen gobierno.
Pero ¿cómo incidir en la cultura ética? En mi opinión, el diseño de los cerrojos éticos debe partir, entre otros acercamientos, de la base de cómo son los mecanismos psicológicos de los seres humanos, quienes, de hecho, pueden ser, en su ámbito privado, personas perfectamente normales, simpáticas, educadas, formadas intelectualmente, pero en un contexto tóxico o mal diseñado pueden caer en sesgos que les conduzcan a comportamientos como los anteriormente señalados.
Si se porfía seriamente en construir cerrojos eficientes en las organizaciones deportivas, se hace necesario tomar conciencia de los atajos mentales -individuales y grupales- que conducen a conductas irracionales e inmorales así como de la conveniencia de diseñar estrategias conductuales que redirijan a los miembros de la organización deportiva a la senda de la corrección. Solo así se podrá implantar una verdadera práctica que clausure las tentaciones de saltarse los cerrojos éticos.
José Luis Pérez Triviño
Profesor acreditado catedrático de Filosofía del Derecho


























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