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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Lunes, 02 de Marzo de 2020

Una Copa de ayer

El fútbol avanza imparable por otros derroteros pero si algo ha recuperado esta Copa es su versión más añeja, justo a través del torneo más longevo. Recordemos que es anterior a la existencia de la Federación Española de Fútbol.

 

Un Granada-Athletic nos evoca fechas del calendario lejanas, incluso aquellas finales que el conjunto vasco acostumbraba a ganar frente al Elche o Castellón. Y más remotamente frente al Betis, Valladolid o Español. Piru Gainza recogió 7 trofeos (¡jugó 18 Copas del Generalísimo!) de manos del entonces Jefe de Estado, del que se permitía despedirse con un “hasta el año que viene”. 

 

Ya a finales de los 40 conoció el torneo eliminatorias únicas “made in England” hasta semifinales. Y llegaron las quejas de los poderosos ante los sorteos puros o por sufrir las contingencias adversas -incluidos los arbitrajes (!)- que en 90 minutos pueden decantar el resultado a favor del teóricamente rival inferior. 

 

Pero si este modelo se mantiene invariablemente en la tierra genuina del fútbol y apenas aquí, se debe sin duda a esa negación, precisamente del espíritu deportivo, que debe presidir las reglas del juego, iguales para todos. En este sentido, el Barcelona cayó eliminado de San Mamés después de jugar bien, lo que no impide desde ese mismo ánimo deportivo entender que el Athletic pasó la eliminatoria justamente. Y que el factor campo puede beneficiar, si bien el Real Madrid no lo aprovechó.

 

En este país han prevalecido los intereses económicos y supuestamente deportivos de los clubes grandes. En otros tiempos se estimaba que las taquillas dependían de la entidad del rival de turno y ahora los omnipresentes Madrid y Barcelona capitalizan los derechos televisivos y el interés general. Pero acabamos de ver cómo a pesar de caer en cuartos los equipos favoritos, la emoción y el seguimiento de la Copa no ha palidecido, sino más bien al contrario. Los estadios se han llenado, incluso frente a un rival de Segunda como el Mirandés, que también desplazó masivamente a su afición y dejó el juego y resultado más abiertos de las dos semifinales.

 

Las críticas a la ruleta, a la competición como Lotería son viejas e infundadas. Al menos, un equipo humilde como el Club Deportivo Mirandés persigue con ejemplar tesón el pase de cada eliminatoria. Son numerosos sus ejemplos en lo que va de siglo. Con Pouso, Terrazas e Iraola los más recientes. Sin que la meta necesariamente pase por Madrid o Barcelona.

 

Y, desde luego, si tanto está calando su participación en la Copa es porque de verdad ensalza los predicados valores del deporte. Frente al modelo de estrellas pagadas de sí mismas, de individualidades inferidas del juego entendido como espectáculo, el Mirandés refuta lo desorbitado del valor de ellas en el mercado y realza, ¡qué ejemplo de identidad para todo esos escolares que se ilusionan con su equipo!, como lección magistral el aprendizaje consistente en ver que uno solo es poco en la vida y mucho en cambio si se apoya en los demás. Que la belleza reside en la unión. Y que la unión de un grupo fundamenta tanto el crecimiento individual como colectivo del mismo.

 

El compromiso del Mirandés

Me hablaba Alfredo, el presidente del club rojillo, a las puertas de La Rosaleda en Málaga, de la dificultad para cruzar el mercado de invierno sin bajas sensibles -la pérdida de los dos delanteros del Leganés en Primera ilustran sobradamente las zozobras pasadas- y de la incomprensión de la afición para sobrevivir entre los tiburones y capos del fútbol.

 

De hecho, Alfredo de Miguel no pudo respirar tranquilo hasta vencidas las 24 horas del último día de enero. Ese día se sorteaban los Cuartos en la Federación, y apenas pudo atender a los medios porque otros clubes no participantes estaban apostando los cuartos en tratar de pescar el talento emergente en el club de Anduva.

 

Cuesta entender cómo pudo salvar íntegra toda su plantilla cuando las ofertas eran inigualables. Pero varias son las claves que podemos suministrar al lector.

 

En primer lugar, la probidad demostrada por el Consejo de Administración ya en las 5 temporadas anteriores en la Liga profesional. Jugadores como Lago Júnior, tuvieron que hacer efectiva la cláusula de rescisión para fichar por el Mallorca, que hoy sigue siendo su equipo en Primera.

 

Lo mismo cabe decir de los numerosos jugadores cedidos. No hay otra vía posible que el cumplimiento estricto de los términos contractuales pactados en la cesión. Sin olvidar, no obstante, la amistad y caballerosidad que presiden las relaciones con la Real Sociedad y Athletic, que son los clubes con los que de siempre hay línea directa. Es más que un dato, que se ceda la tribuna norte entera a los aficionados donostiarras cuando la obligación debida por el aforo se constreñía a menos de la mitad.

 

Y sin embargo, todos siguen comprometidos con el Mirandés. Es difícil que un futbolista, cuya carrera es tan efímera, no sea preso de cualquier canto de sirena, y prefiera, en cambio, la gloria incierta de formar parte de un grupo innominado pero con hechuras de campeones, como sin duda lo es el club de Anduva.

 

Por otra parte, es más admirable su compromiso cuando tantos de ellos pertenecen a otro club. Y en esto, el Mirandés ha demostrado también la cuadratura del círculo. Alfredo de Miguel basó su proyecto y crecimiento anterior en la propuesta de un manager con plenos poderes: Carlos Terrazas, quien por cierto no creía en los cedidos, sino en jóvenes a coste cero. Sobre ellos, el Mirandés llegó otra vez a cuartos -¡lo hace todos los años bisiestos!- y completó unas cuantas ligas en Segunda en franca progresión que permitieron al club costearse las infraestructuras para adaptarse al fútbol profesional que los poderes institucionales le negaban. Miranda de Ebro es una pequeña localidad de 35000 habitantes, como ya es conocida, que no alberga ningún órgano de gobierno provincial o autonómico, por lo que su diferencia competitiva con el resto de clubes se acentúa.

 

Pues bien, vistas las claves, hay dos factores en que en la ciudad bañada por el Ebro se confía: en el factor Anduva y en el factor humano de sus jugadores. Y podría decirse que la confianza de sus jugadores se basa en sentirse parte de un grupo donde todos son protagonistas y nadie es más que nadie, por seguir con la máxima machadiana. Y cómo no, ellos también confían en el factor Anduva, allí donde todas desigualdades se vencen, las arbitrales con más goles, las presupuestarias con más tesón y talento, porque más allá del tópico de que juegan once contra once, Anduva les une para reivindicarse y recordar gestas pasadas.

 

Con el espíritu de Espartaco, juntos todos son Espartaco, con una voz única pelearán contra la injusticia de gozar de dos días menos de descanso. Y en el campo, frente a otros meritorios gladiadores, como en el clásico film producido y protagonizado por Kirk Douglas, Mickaël Malsa, Matheus Aias o Antonio Sánchez le espetarán a sus rivales en la arena: “Mi nombre no te importa, ni a mí el tuyo tampoco”.

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