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Estamos en lo mejor de la temporada de tenis. El tránsito de París a Londres. De la agotadora y estratégica tierra a la acelerada y traicionera hierba. En teoría, el mismo deporte, en la práctica, no. Es como pasar de tocar la guitarra española a la guitarra eléctrica, las dos tiene un mástil y seis cuerdas, pero se toca diferente.
En Roland Garros y en Wimbledon, se juega con una raqueta y una pelota, parecen lo mismo pero son deportes diferentes. La tierra batida es la guerra de trincheras, de estrategia, más defensiva. Una guerra de desgaste como en la primera guerra mundial. La hierba es el maldito desembarco de Normandia, lleno de campos de minas, te disparan desde todos los lados y no hay forma de defenderse.
De ahí el respeto a los pocos que sobreviven a estas batallas y que son capaces de vencerlas. Los jugadores que han ganado en París y en Londres en la misma temporada son un club exclusivo. Solo tres en los últimos cincuenta años: Borg, Nadal y Federer. Lendl nunca ganó Wimbledon y Sampras al final ni siquiera jugaba en París.
Los aficionados al fútbol se hacen la misma pregunta: te imaginas que Messi, Maradona y Pele hubieran coincidido en un terreno de juego. Los que siguen el ciclismo comparten la misma fantasía: Merckx, Hinault e Indurain vigilándose en la ascensión al Tourmalet. Pues bien, en el tenis esa fantasía la estamos disfrutando desde hace años. Federer, Nadal y Djokovic. Los tres tenores que han convertido los grandes torneos de la temporada en su coto privado. No quiero marear con estadísticas pero en los últimos años estos tres señores se han repartido 53 Grand Slams.
Se acuerdan dónde estaban el 6 de julio de 2003, yo sí, mi hijo mayor terminaba su primer curso en la escuela y Roger Federer ganaba su primer Wimbledon. En aquella temporada jugaban tipos como Agassi o Mantilla. Nos suena tan antiguo como la guerra de Irak o el aserejé de las Ketchup.
El 5 de junio de 2005 mi hija acababa de nacer y un adolescente de pelo largo y camiseta sin mangas llamado Nadal Parera iniciaba su largo y feliz matrimonio con Roland Garros. El 27 de enero de 2008 Djokovic ganaba su primer Grand Slam, mi segunda mujer perdía su trabajo en Caja Madrid y entonces, como ahora, había rumores sobre una crisis económica.
Si se hubiera quedado dormido en el verano de 2009, se despertara en este mes de junio de 2019 y hubiera encendido la tele, vería una semifinal entre Federer y Nadal. Se sentiría como la protagonista de Goodbye Lenin, que alguien le está tomando el pelo. Pero no, es verdad. Nadal y Federer siguen jugando semifinales en París.
En el año 90 Andrés Gómez ganó Roland Garros con 30 años. Las portadas de los periódicos lo llamaban el viejo Gómez. Federer cumple este año 38 tacos, a esa edad algunas empresas ni siquiera leen tu curriculum. Nadal tiene 33 y Djokovic 32. Los tres dan la impresión de tener cuerda para rato y que podremos seguir disfrutando de ellos algunas temporadas más. Este año Nadal ha ganado su Roland Garros número 12, uno menos que las mismas Copas de Europa que tiene el Real Madrid en 60 años de competición. Federer o Djokovic estarán un año mas disputando la final en la pista central de Wimbledon.
Los años pasan, a mi hijo le aburren las clase de anatomía, mi hija con sus 14 años me dice que me he vuelto insoportable y mi segunda mujer es ya mi segunda ex mujer. Todo cambia excepto el dominio de los tres tenores.
Algún día les contaremos a nuestros nietos que hubo un tiempo en que 3 superheroes llamados Roger, Rafael y Novak dominaron la galaxia del tenis durante tres lustros. Eran imbatibles, parecían inmortales y solo contemplar su nombre en los cuadros de los torneos provocaba un terror paralizante en sus rivales . Y nuestros nietos no nos creerán:
- Mama el abuelo está delirando otra vez con los tres tenores.
- Dile que se deje de batallitas intergalácticas y que se tomé la medicación.

















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