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Sobre la igualdad también en el deporte

Francisco Rubio Sánchez Francisco Rubio Sánchez Lunes, 31 de Diciembre de 2018

La igualdad que igual da y la parida de la paridad… ¿también en el deporte?

Terminamos el año 2018 con la cansina cantinela de la igualdad –a secas- que, al parecer, recogerá la próxima Ley estatal sobre el deporte. Contagiados de tanta corrección política, tan manida como hueca, algunos –y algunas- no se cansan de decir que nosecuántas mujeres se incorporan a órganos directivos de entidades o instituciones deportivas, o que van a fomentar el deporte femenino (la propia expresión ya chirría y atufa a demagógico postureo) para que un nosecuántos por ciento de las mujeres practiquen nosequé modalidad deportiva. 

 

La farsa en cuestión parte a nuestro juicio de un error de concepto en la propia raíz del problema, cual es la pervivencia de la división entre deporte “masculino y femenino”, algo que sería absurdo y retrógrado en cualquier otra actividad social o laboral, lo que casi nos retrotrae a instituciones como la “Sección Femenina” de la dictadura franquista que, curiosamente, tratan de revivir para rematar algunos de los más hipócritas en estas cuestiones, que hacen del feminismo esa bandera que enarbolan en campañas electorales y redes sociales, arrogándose una exclusividad que no solo no les pertenece, sino de la que en su vida más íntima y cotidiana suelen adolecer.

 

A ver si algún día, algún año o, si nos seguimos despistando con el envoltorio del huevo huero, algún siglo luchamos por que no exista discriminación por ningún motivo, incluida la discriminación por razón de sexo, en lugar de esa obsesión por la “igualdad”, sin más, que, al fin y al cabo, a muchos igual les da.

 

Porque hombres y mujeres no somos iguales. Y punto. No voy a añadir nada más al respecto de lo que ponen de manifiesto la evidencia, el instinto o la naturaleza, así como los antropólogos, médicos, psicólogos y otros investigadores, especialistas y profesionales en la materia. Y el que quiera o la que quiera que se rasgue las vestiduras o los vestiduros.

 

Basta ya de la absurda parida de la forzada paridad. Dejemos de obsesionarnos con buscar niñas o mujeres que quieran jugar al fútbol o al rugby. Del mismo modo que los hipócritas demagogogos y postureros no mueven un dedo twitteando, ni gastan un gramo de saliva en sus discursos para buscar niños u hombres que practiquen natación sincronizada o gimnasia rítmica. Eso sí: pongamos todos los medios a nuestro alcance para que las niñas y mujeres que lo deseen practiquen el deporte que deseen y que, del mismo modo, los niños y hombres que lo deseen puedan practicar el deporte que deseen.

 

Pero, insisto: dentro de nuestras posibilidades, con los medios que tengamos a nuestro alcance. En este sentido, que no tiemblen los cimientos de la corrección política ni los coros de feministas y feministos si una niña de un pequeño pueblo de la sierra no puede practicar fútbol porque no hay más niños o niñas para formar un equipo o no hay campo de fútbol en el que poder jugar, como tampoco deben entrarnos los siete males si un niño de una pequeña isla no pudiera practicar bádminton por no haber otros niños o niñas que pudieran jugar con él al otro lado de la red de una pista, que quizá no sea necesario construir si no está construida, menos aún con dinero público. Busquemos en esos casos otras opciones o posibilidades, que no tienen por qué pasar por deporte federado o deporte de competición o, tan siquiera, de deporte organizado.   

 

En el final de esta segunda década del siglo XXI, con casi nueve lustros de democracia, hagamos sencillo lo sencillo y no nos dejemos embaucar por cuatro buscavotos que, en la mayoría de los casos, solo pretenden poner un velo sobre su verdadera conciencia, mucho más machista que la de aquellos otros a los que tienen la desfachatez de calificar, precisamente, como machistas. 

 

Esta es la razón por la que en alguna ocasión venimos diciendo o escribiendo crítica -sin ambages, complejos ni prejuicios de corrección política-, frente a lo que alarmantemente se muestra como un avance, cuando lo que realmente se produce es un retroceso, como acontece con convenios colectivos para el deporte femenino.

 

Si nos abstraemos por unos instantes de aparentes especificidades en el deporte, que no son tales (porque el deporte no es una actividad tan especial como interesada o ignorantemente algunos se empeñan en mostrarnos), nos llevaríamos las manos a la cabeza si se anunciara a bombo y platillo, como un ejemplo de avance o progreso social,  un convenio colectivo de mujeres ingenieras o de hombres matronas. 

 

Pues bien, cuando tanto en el deporte de base como en el deporte de élite y profesional se empiece a ver con naturalidad, espontaneidad y necesaria normalidad que niños o niñas, hombres o mujeres, practican deporte o dirigen entidades e instituciones deportivas, sin reparar en porcentajes, ni hacer ridículas promesas o anuncios de “incorporación de la mujer” (¿por qué no también de hombres?), estaremos avanzando por buen camino. Mientras tanto, estamos perdiendo fuerza por la boca y dilapidando recursos y energías tratando de construir desde el tejado el edificio de la igualdad de derechos.

 

Basta mirar nuestro entorno más o menos próximo para constatar que esos brindis al sol de feminismo posturero provienen no pocas veces de auténticos –hombres o mujeres- machistas que, de puertas a dentro, hacen correr en sus whattsapp privados, en comentarios de barra de bar y conversaciones en petit comité su verdadera esencia, distinta y distante de la lucha por evitar discriminaciones por razón de sexo y otros aspectos que desde hace más de cuatro décadas contempla meridianamente el artículo 14 de nuestra Constitución (por cierto, espero que no sea este uno de los preceptos que los infatigables reformistas de la Carta Magna pudieran derogar o sustituir algún día).

 

Y esa igualdad de trato y de derechos debe nacer en el seno de la familia, lo que requiere mensajes claros y contundentes de padres –debidamente formados y concienciados- a hijos. De este modo, los niños accederían a los centros educativos con una base adecuada de respeto a todos y a todo, de la que ahora muchos carecen.

 

Y, a su vez, unos educadores –también debidamente formados y concienciados- tendrán el camino más sencillo para predicar con su ejemplo y compartir la responsabilidad coetánea y coordinadamente con los padres, en una sociedad en la que, sin máscaras ni clichés, las instituciones privadas y las administraciones públicas (incluidas, obviamente, las deportivas) hagan de ese imprescindible caldo de cultivo un entorno plagado de valores positivos, frente a la discriminación, la crispación, la antideportividad, la violencia y el odio que, con demasiada frecuencia, nos invade, nos contagia y nos dificulta la necesaria armonía que nos merecemos y, sobre todo, se merecen nuestros jóvenes: niños, niñas, altos, bajos, así o asá, de aquí o de allá.

 

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