La venia del balón
A veces me he referido al fútbol como una isla, un coto cerrado ajeno al imperio de la ley. Hemos visto la actitud de un niñato por muy portero que sea de la selección que nos va a representar -no sé si a todos los españoles- o a ese ente privado cuya naturaleza es más difícil de aventurar que la de los ángeles, que es la Federación Española de Fútbol, por cierto, bajo sospecha judicial de ser una auténtica banda de gorrones, como saben.
¿Se imaginan a Donald Trump sufriendo esa afrenta de uno de sus compatriotas ante su presencia? Hay jugadores que por dignidad se arrodillan ante el himno, aquí no se pide tanto: sólo un poco de respeto al que les rinde pleitesía como presidente del Gobierno de la Nación, y que por otro lado no tenía nada de que excusarse. En fin, el mundo al revés.
De Gea se vio envuelto en “un puterío” junto a Muniain y otros compañeros no identificados, organizado por el sicalíptico Torbe que fue detenido a disposición del Juzgado de Instrucción número 29 de Madrid, como en IUSPORT pudimos constatar a través de fuentes judiciales. Si revisamos las hemerotecas, los diarios nos contaron algunas de las escabrosas circunstancias que rodearon el caso.
Ya no cabe duda alguna de que el fútbol se ha convertido en la religión dominante de estos tiempos. Por lo visto es casi unánime la creencia de que el recién nombrado ministro de Cultura y Deporte debería abjurar de unos tuits vertidos desde la intimidad de su ordenador, cuando lo que procede en un periodista es expresarse libremente y desde luego un intelectual está obligado si no a provocar, al menos a manifestar sus opiniones libremente como le venga en gana: hasta ahora que yo sepa solo se blasfema o se ofende a los sentimientos religiosos conforme al artículo 525 del Código Penal que no contempla las ofensas a esta nueva religión que es el fútbol. Bien se haría derogando, no obstante, este artículo y cualesquiera otros que legitiman activamente a tanto ofendido como por estos pagos anda suelto.
En mis artículos, algunos de ellos recopilados en forma de libro, hago acopio de todas estas críticas, en particular, de los estructuralistas franceses de los años 70 que necesariamente no comparto pero quien quiera a modo de tuit podría igualmente citarlos en mi contra como propias.
Lo que me queda claro es que en este país la envidia es el deporte general. Mal se entienden las críticas al ministro de Cultura y también de Deportes si reparamos en la lista previa de sus antecesores.
La blasfemia y el deporte así entendidos nos retrotraen a otros tiempos.
El deporte no ha estado bien visto desde la progresía y tiene más que razones puesto que históricamente los fascismos y también el comunismo hicieron un uso político nacionalista extremo, tanto que hoy cualquier Estado hace buen acopio de su legado, sea demócrata o de la condición que se quiera.
El General Moscardó fue el primer delegado nacional de Deportes en 1941 copiando el modelo de las juventudes hitlerianas, Hitler Jungend. En 1956 los tecnócratas sucedieron aquí a los camisas azules y se buscaron perfiles más idóneos para lo que pasó a llamarse Delegación de Educación Física y Deportes.
Hoy en día somos más culturetas que nadie porque aquí llamamos cultura a cualquier cosa, pero en Francia el deporte sigue dependiendo del Ministerio de Juventud, en Portugal es una secretaría de Estado adscrita a Educación, en Suecia al Ministerio de Salud Pública, en Eslovenia al de Ciencia y en Alemania al del Interior.
Además cuando hablamos de deporte queremos decir fútbol. Que es lo menos necesitado de la labor del Ministerio pues su actividad, sobre todo económica, supone el 1% del PIB, es la propia de empresas y patronales, llámese Federación o LaLiga. Como mucho se espera la actualización de la Ley del Deporte, herramienta para el deporte profesional y el deporte en general. En ello se estaba y esperemos que se siga. La ley vigente de 1990 fue buena, tuvo como uno de sus artífices al que fue mi profesor Bermejo Vera. De la futura, me constan la buena coordinación a cargo de Alberto Palomar y los trabajos desarrollados hasta la fecha.
Con ello quiero manifestar que el estatus orgánico del deporte ha venido siendo el de la secretaría de Estado y en esta hora que escribo aún se está buscando a quien ocupe el cargo con un perfil acreditado, “incontestable” (sic). En mi opinión, si el ministro fuera solo de Cultura, tal vez habría evitado propósitos de enmienda en cierta medida patéticos. A Màxim Huerta solo le faltó besar la cruz de la nueva fe que es el balón. Pero también, permitidme que dude de la necesidad de un Ministerio de Cultura.

















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