Mayo florido...
No teman, que no me pondré cursi: mayo...con flores a María. Tampoco con la primavera, que si es que llega este año será ya verano.
A principio de temporada me llamó mi jefe de deportes, Félix Tello, no recuerdo el motivo pero sí la conversación y el lugar donde me encontraba: ¡en Noviercas persiguiendo a Bécquer por estas silenciosas tierras! Un egregio plumilla al que la engolada retórica decimonónica no enturbia aún en sus hojas más volanderas. Hablamos del Numancia, un club ejemplar que parece ajeno a la fatua y sórdida hojarasca del fútbol.
Es loable su estabilidad pero de cara a la competición, le dije, el equipo vegeta en la segunda división, con salud pero no impegnativo que dicen los italianos (sin exigencia alta). Sólo cuando ven las orejas al lobo los muy gandules apuran los 50 puntos para salvar el ejercicio, el año. En Segunda las diferencias son tan pocas que ese sprint final en vez de pasarlas canutas, te puede servir para meterte en los playoffs y participar de su lotería, que cuando menos enchufará a la afición. Como este año ha pasado con la Copa del Rey.
Todos sabemos del impacto económico del ascenso a Primera. Más si cabe para una pequeña ciudad. No hace falta hacer el encargo a la Cámara de Comercio para entenderlos: el impacto directo, por la afluencia de aficionados, técnicos, periodistas... (viste como se llenó contra el Madrid ¡en el gélido enero los Pajaritos!); el indirecto, como consecuencia del efecto que conlleva el incremento del gasto directo; el mayor impacto del club y, por último, el impacto mediático en términos de imagen de marca.
Pero toca hablar de la otra cara del negocio, la que aflora por mayo, antaño adornada de maletines, transmutada en nuevas formas, ay, las apuestas combinadas. Para ilustrarlo esta vez nos serviremos de otro libro que dará el salto a la televisión: “El fútbol no es así”, del ínclito Javier Tebas, y la serie dirigida por Daniel Calparsoro que "se estrenará en Latinoamérica tras el Mundial de Rusia” (sic), según anuncia un medio deportivo.
A través de un equipo ficticio, el Real Unión Club, se muestra a modo de reportaje -incluso de atestado policial- la corrupción y sus fases evolutivas en el llamado deporte rey, que cuestiona “el noble espíritu del deporte" llevado a opaco negocio, no menor que la corrupción política televisada en directo, ay, "determinadas sentencias judiciales" (cito a Tebas, pág. 92, verdadero pozo de positiva sabiduría).
Pocos jugadores, deportistas quería decir, parecen conocer en toda su trascendencia, el Código disciplinario de la Federación. Por ejemplo, su artículo 82.1 que sanciona como infracción grave los incentivos extradeportivos, más conocidos como primas a terceros. Jamás pueden entenderse como un ingreso regular, dado que ni proceden del empleador ni están permitidas en este ámbito las propinas: “La promesa o entrega de cantidades en efectivo o compensaciones evaluables en dinero por parte de un tercer club como estímulo para lograr obtener un resultado positivo, así como su aceptación o recepción, se sancionarán con suspensión por tiempo de uno a seis meses a las personas que hubieren sido responsables, y se impondrá a los clubes implicados y a los receptores multa en cuantía de 3.005,06 euros, procediéndose, además, al decomiso de las cantidades hechas, en su caso, efectivas”.
Y se nos dice que nada más conocerse el calendario germinan los pactos no escritos que se cumplirán mediante la primavera: "Oye, cuando lleguemos al partido, el que lo necesite que lo gane”. En el Milagro de Castel di Sangro. Un cuento -¡real!- de pasión y locura en el corazón de Italia, su autor, el afamado escritor estadounidense Joe McGinnis, se pone hecho un basilisco al enterarse de estas prácticas archisabidas, una vez que son ejecutadas por su querido y humilde club, ubicado en lo más inhóspito de los montañosos Abruzzos.
Se llevan a cabo entre clubes amigos, pero hoy las apuestas, en nada ya deportivas ni benéficas, lo hacen más estrambótico, con más goles y revolcones en el marcador. Si el equipo local gana 3-0 al descanso y marca el cuarto a la continuación, ¡quién va a apostar por un vertiginoso empate! Y por un postrero triunfo del equipo necesitado. Asistiremos a una sucesión de córneres que acaban en gol, a cantadas enormes de los porteros, a burdos empujones dentro del área que el árbitro pitará como clarísimos penaltis. Pero si al final ganan los de casa, la grada, el público otrora llamado “respetable”, cantará su gesta, ningún medio atentará contra "la gallina de los huevos de oro. Algún artículo se ha escrito, pero saben más de lo que cuentan y callan más de lo que deben" (pág. 95).
Pero prevalece la omertà, el silencio. "Que lo del fútbol quede entre nosotros", aun los presidentes a los que han intentado comprar callan. Por tanto, estremece la dedicatoria del libro a "la familia" (así entrecomillado) del fútbol, a un hermeneuta (del dios Hermes) como yo al que la deformación profesional le arrastra por arte de mafia hacia la polisemia del término. Por eso que hasta el anglicismo ya tan inveterado de club, a la santa del presi pueda parecerle más que un club, una de esas casas de mala nota. Hay dobles sentidos pero sobre todo dinero negro, paralelismos muy estrechos y familiares.
Como se cita en el libro, el caso Brugal demostró gracias al expresidente del Hércules, Enrique Ortiz, que la basura y el fútbol pueden ir de la mano: las contratas de residuos urbanos y las escuchas judiciales tuvieron como efecto colateral revelar el intento de compra de partidos. Se supo pero se archivó y el CSD y la Federación, pese a testimoniarles los autos la fiscalía, miraron para otra parte. O, desde luego, no se enteraron. Lo tomarían como una cinta de vídeo de ficción.
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*Versión ampliada del mismo artículo publicado en el Diario de Soria.

















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