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Deportista de Alto Rendimiento, mis sacrificios por el sueño olímpico

EFE / IUSPORT Jueves, 01 de Febrero de 2018

7:15. Noto punzadas de dolor en el brazo y tronco cuando me estiro a apagar el despertador. Durante unos segundos, pienso en lo desagradecido que parece a veces mi cuerpo cuando vuelvo a la rutina de entrenamientos y aparecen las agujetas.

 

Han sido tres semanas más livianas en casa por las Navidades, pero en el Centro de Alto Rendimiento de La Cartuja, en Sevilla, es hora de reanudar el trabajo, mi camino hacia el sueño olímpico en la modalidad de piragüismo.

 

En los ventanales de la recepción se puede ver vaho pero todavía no entra la luz. Hoy, tenemos una prueba de esfuerzo después de la analítica que nos librará de la sesión matinal de agua. Lo agradezco, pienso mientras cruzo el recibidor, ya que esta semana la previsión es de frío y las manos y el cuerpo sufren entrenando a la intemperie.

 

Cuando me han sacado sangre, me dirijo al comedor para desayunar y en un rato comenzar la prueba. Mi entrenador dice que es un test maximal en el que se mide el volumen de oxígeno que eres capaz de consumir y la capacidad de crear lactato que tiene tu cuerpo. Yo digo que es una cita con la fatiga y la angustia, que supone estar sentada en un aparato que simula una embarcación de kayak, mi deporte, intentando superar la potencia y resistencia de tu prueba anterior.

 

Cuando me colocan los tubos y me preparan para empezar, respiro hondo. Son trucos que sirven para relajar al cuerpo, útiles para soportar lo que se le viene encima. Escucho las indicaciones del doctor y me pongo en movimiento simulando la forma de paleo.

 

La prueba avanza de manera previsible. Ciento ochenta vatios, ciento setenta pulsaciones. Empiezo a estar en un momento crítico del test porque mis músculos se tensan por el esfuerzo que les pido que hagan y he comenzado a sudar. La máscara no me deja respirar bien. Cuando aguanto el minuto a esa intensidad, subo otro peldaño hacia mi límite. Ciento noventa y cinco, sigue así.

 

Mi entrenador habla detrás de mí, indicándome que la prueba va por buen camino. El médico cuenta mis pulsaciones. Ciento setenta y nueve. Sé que puedo llegar a las doscientas aproximadamente, pero esto empieza a doler. Me centro en los segundos de la pantalla que tengo delante, que marcan veintinueve. Queda más de la mitad de este minuto y ya veo mis límites.

 

Controlo mi técnica y recuerdo la importancia de que la respiración sea acompasada dentro de lo posible, e intento obviar la voz en mi cabeza que me dice que pare ya.

 

Cuando acabo, me duelen la cabeza y el cuerpo en general. El balance es un récord personal y dos ampollas que observo de camino al gimnasio. No importa, se irán en unos días. Lo otro no.

 

Bebo mucha agua. Aún tengo sed, pero no puedo relajarme porque tenemos que empezar con los circuitos que tocan hoy. Me duelen los abdominales o las piernas cada vez que los contraigo para completar una repetición. No sé cuántas hago en total, pero, por extraño que parezca, el dolor se va mitigando a medida que pasan las series.

 

Cuando llego al hangar de las piraguas para la sesión de la tarde, noto una ligera brisa de viento. Eso significa que hacia una dirección sufriremos menos que hacia la otra.

 

En el hangar hay más grupos aparte del nuestro: los de siempre, el equipo de chicas y chicos canoa y los chicos kayak sub23, y están también los medallistas olímpicos Saúl Craviotto, Cristian Toro y Marcus Cooper, con otros que completan el equipo masculino absoluto. Ellos, normalmente concentrados en Asturias, también pasan semanas aquí durante los meses más fríos para sacar sesiones de entrenamiento de calidad en el Guadalquivir.

 

Nosotras los miramos con admiración. El sueño de cualquiera de los que estamos aquí es llegar a participar en unos Juegos Olímpicos.

 

La competición de alto nivel te da momentos de adrenalina indescriptibles y una sensación de satisfacción que para mí es imposible equiparar a otra cosa. Los momentos previos a que el árbitro dé la salida te sumen en un vacío de espera mientras el cepo baja y tú impulsas la embarcación hacia adelante. Entonces, solo has de fluir porque todo el trabajo está hecho.

 

Al final, la meta.

 

Casi dos minutos de prueba, a más de ciento veinte paladas por minuto y tu corazón corriendo a doscientas pulsaciones. Al llegar, solo un dolor intenso en las piernas y tronco mientras miras a los lados para ubicarte. Debe ser increíble vivir eso en unos Juegos.

 

De momento, cuento las paladas. Ochenta paladas por minuto. Este es el ritmo. Bien, bien.

 

Me apoyo en mis compañeras, las otras chicas del equipo nacional de piragüismo. Bebemos agua y nos reímos de cualquier cosa. Las mejillas encendidas indican que hemos sumado otra sesión.

 

Después de eso, lo que queda es tiempo para nosotros, que cada uno invierte en lo que quiere. Llamo a casa, desde las escaleras de la entrada al CEAR. Mi madre me cuenta un par de novedades y su voz me transporta a casa. Ttambién algunas palabras con mi padre. Echamos de menos nuestro hogar a pesar de estar en un lugar envidiable.

 

Fin de la jornada, programo la alarma, 7:15. Mañana será otro día. 

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