La no clasificación de Italia engrandece la transición posmundialista de Villar

24 de junio de 2014. La selección italiana se juega el pase a los octavos de final del Mundial de Brasil. Un billete muy caro, puesto que enfrente tiene a la Uruguay de Edinson Cavani, Luis Suárez o Álvaro Pereira. No obstante, tuvo que ser un gol del atlético Godín a siete minutos del final lo que privara a la escuadra de Cesare Prandeli de, siquiera, pasar la fase de grupos. Una Italia que, dos años atrás, había estado cerca de volver a levantar un título continental en Kiev, de no ser por la Selección Española.
Un día antes. 23 de junio de 2014. España derrota a una débil Australia en la goleada más atribulada de los últimos tiempos. Cinco días antes la selección chilena de un no muy conocido Jorge Sampaoli en Europa mandaba a casa a los hombres de Vicente Del Bosque y señalaba la línea de un posible fin de ciclo. Un fin de ciclo para jugadores como Casillas, Xavi Hernández, Xabi Alonso o Cesc Fàbregas. Un fin de ciclo que se quería negar, pero era inevitable. Era el último estertor de una España que acababa de morir de éxito.
El Mundial de Brasil de 2014 supuso un fracaso rotundo para España e Italia. La selección de Vicente Del Bosque venía de ganar dos Eurocopas y un Mundial de forma consecutiva, pero el hecho de no haber conseguido pasar la fase de grupos era francamente sonrojante. Italia, por su parte, venía de quedarse fuera de una cita mundialista a las primeras de cambio por segunda edición consecutiva. No obstante, mejoró su puntuación con respecto a Sudáfrica. Si bien en 2010 no fue capaz de ganar ni un solo partido (sumó 2 puntos) estando en el mismo grupo que Paraguay, Eslovaquia y Nueva Zelanda, en Brasil, paradójicamente, solamente ganó al rival más duro, Inglaterra.
Esa cita marcó (o debió marcar) el fin de una generación, gloriosa por momentos, de la Azzurra, así como en La Roja. Por ello, ambas federaciones decidieron iniciar un periodo de transición. Ángel María Villar tenía acordada la continuidad de Vicente Del Bosque hasta después de la Eurocopa de 2016, aunque todo el mundo sabía que a ese acuerdo le sobraba un año. Aquel Mundial de Brasil fue un golpe de realidad. Un mensaje inconsciente de que, tras casi 8 años con el mismo patrón, el barco requería aires nuevos. No obstante, las partes optaron por comenzar esa renovación, denominada por el salmantino como “dulce transición”, variando los marineros en lugar del patrón.
Italia, por su parte, quiso rejuvenecer el cargo de seleccionador fiando el banquillo azzurro a Antonio Conte. El italiano reunía todos los requisitos. Era un entrenador joven, ambicioso, acostumbrado a lidiar con egos y, sobre todo, ganador. Venía de conseguir tres ligas y dos Supercopas con la Juventus en apenas tres años. El gen motivador y el gusto por el fútbol eléctrico de Conte los españoles lo conocimos en la última Eurocopa, donde en octavos de final, Italia zarandeó a su gusto y desactivó a los once hombres que Del Bosque había fiado el pase a los cuartos de final. Ese partido, además de bautizar a Italia como una de las tres favoritas al trono europeo, expresó a la perfección la impotencia que se sentía desde el banquillo español.
Cuando parecía que Italia había encontrado en Conte a su hombre de futuro, llegó el Chelsea con el talonario por delante y frustró el sueño de la nuova Italia. La Federación italiana decidió apostar, de una forma algo improvisada, por Gian Piero Ventura como sucesor de Conte. Sin embargo, enseguida se vieron las grandes diferencias entre uno y otro. En ese cambio se hizo bueno el refrán “cada equipo es un reflejo de su entrenador”.
Al poco mes de anunciar Vicente Del Bosque su no continuidad al frente de La Roja tras el doble batacazo en Mundial y Eurocopa, se abrió un pequeño casting de entrenadores, más en la prensa que en la Federación. Joaquín Caparrós, Pepe Mel, Paco Jémez, Míchel, Roberto Martínez,… Muchos fueron los nombres que sonaron para el cargo, pero Villar prefirió optar por una línea continuista en la filosofía de la Federación y escogió a Julen Lopetegui. Un hombre que había conseguido títulos tanto con la Selección Sub-19 como con la Sub-21 y conocía a la perfección la camada de futbolistas que venían por detrás. Quizás era la opción menos mediática, pero, a juicio de Villar, la más lógica.
A Lopetegui se le encomendó la fase de clasificación para el Mundial de Rusia, una clasificación que pasaba por competir en el mismo grupo que la poderosa Italia. No obstante, la Italia de Ventura, pese a hacer un guiño a muchos de los sub-23, fijó su base sobre los De Rossi, Buffon, Chiellini, Bonucci, Barzagli… Un equipo que, si bien le sobraba calidad, pecaba de envejecido. La supuesta experiencia que te da la edad no le sirvió a Italia en sus enfrentamientos ante España, puesto que no ganó ninguno y salió goleada ante una España dividida por el ‘caso Piqué’.
Terminada la fase de clasificación y la repesca, España se clasificó de forma brillante e Italia se pierde la cita mundialista 59 años después. Un accidente anecdótico para unos y dramático para otros. Un hecho que trasciende lo deportivo en Italia y que alcanza cotas sociales y económicas. Un hecho que es consecuencia de una decisión que se tomó en su día. Una decisión muy simple, pero a la vez muy complicada: la elección del seleccionador. Ángel María Villar puede ser presunto delincuente de muchas irregularidades y puede estar cautelarmente suspendido. Pero la no clasificación de Italia le cuelga una medalla inesperada a su gestión deportiva. Un mérito que nadie le reconocerá porque su imagen queda eclipsada por la ‘operación Soule’. Pero un mérito a fin de cuentas.

















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