La hazaña de Diego Méntrida. O qué significa ganar

No es la primera vez que ocurre, pero, como siempre que pasa algo parecido, un gesto de estas características suele dar mucho que pensar. Estamos hablando de la hazaña –sí, HAZAÑA, así, en mayúsculas- que Diego Méntrida protagonizó el pasado mes de septiembre en el Triatlón de Santander, cuando su deportividad primó por encima de cualquier otro interés y, en plena lucha por un puesto en el podio, dejó pasar a un rival, tras equivocarse éste de camino justo antes de la meta. Por eso, queremos compartir con nuestros lectores algunas reflexiones a propósito de tan elogiable acción.
A Diego Méntrida tuvimos la oportunidad -y la suerte- de conocerlo en persona hace un par de semanas, cuando se calentaban los motores para celebrar el Día Internacional de las Personas con Discapacidad.
Nos habíamos reunido en la sede madrileña de la Deusto Business School para conmemorar la efeméride, con un evento -a caballo entre lo académico y lo corporativo-, auspiciado desde el marco de Madrid Foro Empresarial, con el impulso de una de las Mesas de Trabajo de la citada asociación de empresarios: concretamente, la que lleva por elocuente título y divisa de lo que con él se quiere indicar, nada menos que el de: Mesa de la Responsabilidad Social Competitiva (sic) y Discapacidad.
Tras una muy interesante sesión virtual, moderada por el director de la citada Mesa de Trabajo, Enrique Grande Pardo, director general del Grupo Envera, donde se abordó el candente asunto de: “RSC en la era del COVID-19. ¿Oportunidad o víctima?”; el presidente de Madrid Foro Empresarial, Hilario Alfaro, volvía a hacer uso de la palabra.
Tras agradecer a los participantes en el acto su concurso; y a los asistentes, su presencia física o virtual, pidió a Diego Méntrida, presente en la sala, que se pusiera en pie. Cuando lo hizo, mascarilla al rostro, musculado y en tipo de novillero a punto de tomar la alternativa, Hilario nos lo propuso como ejemplo de los valores que Madrid Foro Empresarial promueve y aspira a impulsar desde sus quehaceres, en cuanto equipo de empresarios y profesionales comprometidos con la revitalización económica de Madrid.
¿Quién era Diego Méntrida? ¿Cuáles, sus méritos? Porque, algo tendrá el agua para que la bendigan; y cuando Madrid Foro Empresarial lo señala a él como mascarón de proa de su nave y como estandarte axiológico de sus trabajos, no cabe duda de que algo -¡muy gordo y muy sonado!- habrá de haber llevado a cabo Diego Méntrida para ello. Pero ¿qué? ¿Qué es lo que habrá hecho para merecer tanto? La hipótesis no habría de tardar en plantearse, máxime si se consideraba aquella pinta de atleta de Triatlón: ¿habrá ganado últimamente algún renombrado torneo deportivo?
Pero ¡quiá! Al primer envite, la falsación popperiana se imponía... ganadores como esos hay muchos: al menos tantos como torneos y competiciones se disputan, porque, en cada lid hay siempre quien la venza. Y, aunque los campeones reciben y hayan de seguir recibiendo el triunfo y el aplauso, la cosa no suele pasar de ahí: “¡Ole!... ¡Bien hecho!... ¡Monstruo!” Naturalmente, ello es así, si hacemos abstracción de los reincidentes en el éxito y los abonados al podio. Porque entonces el encomio sube de tono y, a veces, llega a rozar los estratos siderales. Pensemos en un Rafa Nadal cuando muerde la misma copa de los mosqueteros en París y él va evidenciando más años; o en lo que supuso en su día Miguelón Indurain encima de la bicicleta pedaleando por las calles del mismo pueblo. Con todo, las alabanzas, merecidísimas en grado superlativo, abundan en el más de lo mismo, en lo que ya sabemos y de grado se reconoce: “¡Qué bueno es!... ¡Menudo figura!... ¡Hay que ver el mérito que tiene!... ¡Otra vez haciendo historia!... ¡No hay rival para él! ...“
Pero no… Era evidente que Diego Méntrida, en el caso que nos ocupaba, debía de estar situado en un plano cualitativamente otro, en una dimensión radicalmente distinta. Su hazaña, aunque, sin duda, habría de estar conexa con la competición deportiva, con toda probabilidad tendríamos que ir a buscarla a otra página. Pero ¿a cuál?
Ni más ni menos que a la del significado profundo del verbo ganar. Porque eso fue lo que Diego Méntrida había hecho: si no ganar perdiendo; cuando menos, sí ganar, dejando ganar; aceptando el veredicto del esfuerzo, orillando sofismas y subterfugios y asumiendo las cosas como son y, en ese caso, debieran ser. Mantenerse fiel a lo que en conciencia consideraba que se debía hacer. Actuar en coherencia con sus valores… y, como decía mi compadre Julito Olea, catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid, que en paz descanse, “a no mentir ni por dinero”.
La historia es sencilla. Y magnífica en su simplicidad. El lector, seguro, está al cabo de la calle; porque, de hecho, la hazaña de Diego Méntrida no sólo tuvo eco en los medios de comunicación nacionales y algunos del extranjero; sino que también trascendió al ágora de buena parte de las redes sociales al uso. De hecho, dio la vuelta a medio mundo y consiguió con amplificadores de lujo -véase el caso de Will Smith, aquel recordado Príncipe de Bel-Air convertido en celebrity, a la que dicen que siguen cincuenta millones de “amigos”, que ya son amigos, ¿verdá, usté?-, decimos que consiguió una resonancia exponencial y un aplauso atronador no sólo entre los tirios sino también entre los mismos troyanos. Que en esto de reconocer el valor de lo bueno, a Dios gracias, todavía no hemos llegado a perder del todo la estimativa moral.
El caso es que, como hemos adelantado al inicio de este post, el pasado septiembre de 2020, Diego Méntrida estaba participando en el Triatlon de Santander. Estaban ya disputando la parte de carrera y el atleta James Teagle lo adelantó. ¡Su gozo en un pozo! El británico iba más rápido y lo adelantó. A Diego Méntrida, que hasta ese momento iba tercero, se le escapaba el podio… Cuando, de pronto, un despiste -¿en qué estaría pensando?- lleva a Teagle a meterse por el camino equivocado a escasos metros de la línea de meta. Y ahí es donde Diego Méntrida da la talla: se para y deja que le adelante el confundido -¿serían las meigas del Brexit?- triatleta británico, perdiendo la tercera plaza en su favor… Dice que lo hizo de manera automática, de forma espontánea. Tan asumido como rasgo propio y parte de su carácter moral es el hecho, que el atleta español quedó sorprendido de la trascendencia que su hazaña había de tener a partir de el mismo momento en que actuó como lo hizo. La cosa, lector amable, da para plantearse, cuando menos dos preguntas que te dejamos a media altura para que las remates, si te apetece un poco de Filosofía Moral y Responsabilidad en el ejercicio del deporte: ¿qué significa ganar?, por un lado; y ¿quién ganó en Santander?, por otro, aunque conviene no olvidar que el vencedor de la prueba fue el gran Javier Gómez Noya, medallista olímpico, campeón mundial y europeo. En todo caso, ¡bien por la hazaña de Diego Méntrida! ¡Bien!
Hemos quedado para hablar despacio con él y con Julio Linacero. Y en una próxima entrega de Toma y Daca compartiremos con nuestros lectores algunos de los alcances de la hazaña de Diego Méntrida. Él le quiere quitar importancia al asunto, pero con ello, engrandece su valor. Y, a resultas del impacto mediático y de la viralidad del mensaje, está tratando de aprovechar la circunstancia para prolongar el impacto positivo de su actuación, en favor de una causa, noble donde las haya. Nuestro campeón quiere capitalizar en pro de su hermano Carlos y de quienes como él, padecen el denominado Síndrome de West y sus consecuencias. Pero de esto os hablaremos otro día. Emplazados quedamos, pues: nosotros a redactar un nuevo post sobre este particular; y nuestros lectores a leerlo y a considerarlo despacio, tratando de sacar el provecho que proceda y de estimular el altruismo para colaborar en lo que buenamente puedan a favor de quienes, en circunstancias más precarias y vulnerables que las nuestras precisen de nuestro concurso.
Decíamos al principio que algo como lo que hemos estado glosando hasta este punto no es la primera vez que ocurre. Por lo demás, los autores de este blog -aficionados como somos ambos a trotar campo a traviesa- querríamos recordar, al menos, dos situaciones, si no similares, sí muy relacionadas. Con ellas queremos abrochar el texto de esta entrega de mediados de diciembre.
La primera, como decimos, uno de nosotros la hubo de vivir en propia carne. Y la otra sirvió de pretexto para un debate muy avivado en una clase de Master in Business Administration donde se hablaba de Ética y Responsabilidad Social de la Empresa.
Corría el año de gracia de 1981 y servía al Rey en la Academia de la fiel Infantería uno de los coautores que suscribe. No daremos más datos… Era ya hacia final del ciclo de Academia de la IMEC y, en tarde cálida pero agradable, estaba teniendo lugar el denominado Cross de la Academia. Corríamos todos los Caballeros Aspirantes… y, tal vez, algunos soldados de reemplazo destinados en el establecimiento toledano. La distancia era respetable. El caso es que, durante todo el recorrido por el campo de maniobras -¡como la palma de la mano lo conocíamos, de tanto patearlo y orientar el plano; de tanto tirarse al suelo cuando venía el enemigo-, uno de nosotros se había emparejado con un chaval, de otra Compañía, sevillano, atleta de club, bien avezado a este tipo de pruebas. Durante muchos kilómetros marchamos juntos, bien destacados de los demás corredores. Pero, en el último kilómetro, el sevillano aceleró y el segundo no pudo ni siquiera intentar seguirlo… “¡Bueno!”, pensaba para sí… “¡Tampoco es mala carrera la que estoy haciendo! ¡Menudo registro bueno voy a hacer! ¡Y eso que fumo Tres Carabelas como un carretero!” Vio cómo entraba el sevillano. No podían faltar más de ciento cincuenta o doscientos metros. Ya estábamos en el asfalto… Bajaba sin esprintar, cuando de repente, oyó detrás de sí unos golpes de zapatilla fuertes, rápidos, velocísimos… Venía a grandes zancadas otro corredor del que no se había percatado y que pugnaba por quitarle la plata… De hecho, se la quitó. Y esto no le gustó nada… Pero, ¡qué le había de hacer!: el chico, que, lo recuerda bien, era muy alto y, luego supo, de Bilbao, esprintó con energía y… Y adelantó en la carrera… pero cayó al suelo muy poco antes de traspasar la raya de meta. Cayó redondo, dijo que sufriendo de flato. El teniente que controlaba la llegada lo levantó, lo empujó y le dieron la segunda plaza. El protagonista de este verídico sucedido entró tercero. Quedó contento: fumando -y bebiendo-, había entrado en el mismo minuto que el ganador: 31 minutos… Eso sí: el de Sevilla, con muy pocos segundos más; y nuestro héroe, en el caso que nos ocupa, llegaba casi a pique de los 32; pero no: entró en el mismos tiempo -que sólo contaban minutos- y eran, al fin y al cabo, los mismos 31 que el vencedor... y que el segundo. El teniente se encargó de resaltar esta circunstancia, mientras saludaba al ganador, pedía a los enfermeros que atendieran al bilbaíno con ejercicios de respiración; y animaba al del bronce… Que qué pasaba por la cabeza de este último: De todo… Que por qué había esprintado el de Bilbao… Que le estaba bien empleado y que no merecía haber ganado la segunda plaza, porque, de no haber sido por la ayuda del teniente, no se hubiera levantado y no habría podido cruzar la línea en segundo lugar… Pero duraron poco las racionalizaciones y las quimeras: eran los dos más rápidos, más avezados, mejor entrenados… Ambos eran atletas en la vida civil… y el que suscribe no lo era. Por lo demás, como, de una parte, todo el mundo era unánime y sincero en reconocer la gesta; y como, de otra, el concernido que esto narra tuvo siempre en gran estima la capacidad de saber aceptar las cosas -no sólo como son, sino, lo que es más difícil todavía, como deben ser-, quedó tan contento y orgulloso. Habiendo pasado por esta experiencia vital, no dejamos de valorar en toda su grandeza la gesta de Diego Méntrida.
Pero no queda la cosa ahí. Porque, como hemos dicho, mire usted por dónde, años después, el mismo coautor se hubo de topar con una ocasión de lujo para reconsiderar el significado del verbo competir, la conjugación del verbo ganar y las características del éxito, del triunfo y de la responsabilidad. No tuvo mejor ocurrencia que poner un brevísimo vídeo antes de entrar en el tema de aquella sesión de clase. Era una grabación del concurso de cross country de Burlada, en Navarra, el año 2012. El atleta Iván Fernández Anaya saltaba a los medios por haber protagonizado un hecho, si no insólito, cuando menos, atípico y extraordinario, muy en línea precedente a la hazaña de Diego Méntrida. Fernández Anaya corría en la segunda posición y encaraba ya la recta final. Delante volaba una buena distancia el keniano Abel Mutai, medalla de bronce de los 3.000 metros en los Juegos Olímpicos de Londres. De repente, el de Kenia se para diez o doce metros antes de la pancarta de meta. Otra vez, el despiste que le hizo creer que ya había entrado, cuando todavía faltaban unos metros. El de Vitoria, empujó e indicó por señas al de Kenia para que siguiera, para que avanzara, para que entrara en línea y ganara el oro…
El debate fue vivísimo y estimulante: unos, que sí señor; que eso era categoría, fair play, elegancia y buena ética. Otros que no: que aquí se viene a correr y se corre para ganar el oro. Que esto es para listos… que hay que espabilar… Tras dejar que cada quien echara su cuarto a espadas y argumentara como mejor tuviera por conveniente; tras poner un poco de sordina a ciertos tonos algo extemporáneos y un tanto desabridos. Y una vez, hubimos anotado en la pizarra claves, ideas, principios, valores, definiciones y propuestas, abrimos un turno de reflexión en grupos de a seis… Para abrochar la faena como era debido, se encargó como tarea para el próximo día una reflexión de quinientas palabras máximo sobre el significado que cabe otorgarle al verbo ganar.
Pues bien: ni quinientas, ni cuatrocientas, ni trescientas, ni doscientas, ni cien… Dejémoslo en un simple tuit, querido lector. Y redáctalo para ti. Ahora que, si a mano viene y quieres compartir tus reflexiones con los demás, ya sabes cómo hacerlo a través de la cuenta de Twitter @iusport. Todos nos habríamos de enriquecer.
Más adelante te hablaremos de Diego Méntrida y de su carrera a favor de quienes padecen el SÍNDROME DE WEST: que lo prometido es deuda.
¡Muchas gracias tomaydaqueros y salud que no falte!

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.28