La estabilidad como objetivo

La noticia de que Messi dejaba el fútbol español es, sobre todo, una noticia de tristeza en lo deportivo. No es un fin de ciclo natural sino una decisión personal que permite a otras ligas (ya sabremos cual) disfrutar de su fútbol y de su imagen.
Esta salida, en este momento, es, sobre todo, un peldaño más en el empobrecimiento de nuestro producto. Nuestra liga ha sido durante muchos años la liga de los mejores, la liga en la que jugaban los mejores, la más competitiva, la más visual. Esto nos hizo ganar posiciones en todos los ámbitos económicos.
Siendo el deporte del fútbol una actividad económica tan notable ha sido claro que el mercado ha aceptado aquellas premisas. La gestión comercial y organizativa de la liga es un caso de éxito y de progreso, prácticamente, al estilo de los casos de las Escuelas de Negocios.
Es cierto, sin embargo, que esta expansión y este desarrollo parecen estar continuamente en entredicho en estos días. El aficionado y el simple lector de noticias tiene grandes dudas de lo que está pasando. La competición es la “gallina de los huevos de oro” y parece como si el conjunto de las fuerzas del universo se hubiera puesto en sintonía para afectarla.
A una crisis sanitaria que cuestiona uno de los pilares del fútbol, su consideración como deporte de masas con una fuerte vinculación presencial, se une una crisis organizativa como consecuencia de la endeble y complicada fórmula de equilibrio entre la liga y la Federación que está condicionando el inicio y el desarrollo de la competición. Ahora, sumamos una crisis de producto porque el producto de la competición vale menos cuantas menos figuras tengamos en nuestra competición.
Es realmente complejo buscar una fórmula para solventar la crisis. Solo se nos ocurre una: la estabilidad. La estabilidad y la certeza deben ser los instrumentos en los que apoyar la competición, su desarrollo en este momento tan complicado, su crecimiento y su visualización.
El fútbol profesional necesita estabilidad y eso es lo que no tiene. Las etapas del crecimiento inusual como actividad económica deben dejar paso la consolidación del producto. Pero en esto parece que nadie está reparando suficientemente. Ni siquiera ahora que el producto se deprecia. Solventar la depreciación, hacer frente a la ausencia de espectadores, a la crisis de patrocinio, a la crisis económica exige esfuerzo, constancia, trabajo, imaginación, innovación. Los esfuerzos por mantener y relanzar el proyecto son, por tanto, novedosos y complejos. Pero esta posición exige un esfuerzo denodado por cuidar la competición, por mantenerla, por hacer predominar el producto sobre las personas, sus intereses, sus posiciones, sus estrategias. Todo esto último está condicionando la viabilidad del producto y esto es más perceptible ahora que tiene un grado de depreciación por la pérdida de activos esenciales.
La recuperación de la estabilidad debería ser el marco en el que mantener y desarrollar una actividad económica que, realmente, es un ejemplo innegable. Es obligación de todos contribuir a la estabilidad y alejar las posiciones estratégicas en favor de un objetivo común. No se percibe que el objetivo común importe seriamente en estos momentos en los que vivimos días de estrategias, competencias, facultades, conflictos de interpretación, ausencia prologadas de atención, posiciones apriorísticas y poco objetivo común.
Que el fútbol español se mantenga y crezca es una obligación de todos los que están en la organización de este y en quienes tienen la responsabilidad de liderar el funcionamiento armónico del sistema.
Solo la estabilidad, el desarrollo, el trabajo y el diálogo pueden ayudarnos a solventar – en lo colectivo- la salida de Messi. El objetivo o es común o no es y, en estos días, parece que no es ni quiere serlo.






















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