
El escándalo en que está sumido el Fútbol Club Barcelona, una de las entidades más importantes del fútbol mundial, a consecuencia del llamado “Barça Gate” revela, una vez más, la fragilidad de esta clase de organizaciones ante la gran exposición mediática a la que están sometidas, en un contexto cada vez más globalizado y exigente.
En efecto, vivimos una época en la que predomina la fuerza emergente de la opinión pública y en la que la sociedad busca referentes, sean individuales o institucionales. Esa es, precisamente, la verdadera grandeza de los clubes: haberse convertido en patrones de comportamiento cuyo éxito radica, no solamente en el número de trofeos ganados sobre el verde, sino también en el orgullo que una persona pueda sentir en cualquier parte del mundo al verse identificada con los valores que aquéllos transmiten.
Todo ello nos adentra en el mundo de los intangibles y, por eso, una gestión incorrecta de los mismos puede incidir negativamente en la imagen de estas entidades. Y, a la inversa, el tratamiento adecuado de estos asuntos puede suponer una ocasión idónea para convertir el riesgo en oportunidad.
En el caso del Barça, esta última afirmación, lejos de resultar incongruente, está llena de lógica debido a la actualidad y repercusión de la trama desencadenada a raíz de la contratación de una empresa para monitorizar redes sociales y el presunto fraccionamiento de facturas, con el fin de sortear los controles internos del club, lo que está dañando seriamente la imagen del mismo, aunque, en su caso, también podría revertirse y ser aprovechada por la entidad para reforzar la apuesta ética que hizo hace unos años.
El club blaugrana fue una de las primeras entidades deportivas que implantó, al menos sobre el papel, un procedimiento de transparencia en la gestión, cuyo objetivo era alcanzar un crecimiento que discurriera en paralelo a su globalidad. En esa línea, la entidad diseñó -y así consta publicado en su Web- una estrategia e instauró un organigrama amparado en un amplio soporte documental, basado en la integridad, siendo además pionera en el establecimiento de su propio programa de cumplimiento normativo y en la creación de la figura del Compliance Officer, que externalizó a fin de dotarle de una mayor neutralidad.
Sin embargo, la instauración de todo ese entramado organizativo y las declaraciones de intenciones que, negro sobre blanco, aparentan un modelo cuasi idílico, no garantizan una gestión alineada con la Responsabilidad Social si, en el momento de tener que ser llevadas a la práctica, no resultan efectivas, por lo que se corre el riesgo de producir un efecto contrario al inicialmente perseguido.
Es el denominado “maquillaje corporativo” que, como decimos, puede ser altamente perjudicial para la entidad que es la que, en último término, sufre las consecuencias negativas de un comportamiento indebido por parte de las personas que, eventualmente -recordemos que las entidades subsisten en el tiempo por encima de las personas que las integran-, la gestionan. Baste recordar el ejemplo de la Sección de Ética de la Real Federación Española de Fútbol -creada en su día como síntoma de regeneración-, que sufrió interferencias en su labor cuando entró a conocer de algunos temas especialmente sensibles, lo que motivó que sus integrantes, siguiendo una norma de conciencia -no escrita- que definía su alta calidad moral, presentaran su dimisión, quedando en entredicho la credibilidad de la política federativa en esa materia.
Pues bien, los acontecimientos acaecidos en las últimas semanas en can Barça van a suponer una prueba de fuego para comprobar la efectividad de sus sistemas de control y prevención, ya que, al margen de la auditoría encargada por el club a la consultora PwC, está en marcha un informe del órgano de cumplimiento, cuyas conclusiones depurarán, en su caso, las posibles responsabilidades que se deriven de este asunto.
No es ésta una cuestión baladí, por cuanto no solamente está en juego la credibilidad de dicho órgano, sino también la del propio club y, me atrevería a decir que, dada la trascendencia que tiene el fútbol, la de todo el sistema de Compliance, por cuanto una resolución que no entre de manera independiente y alejada de cualquier atisbo de implicación clientelar en el fondo del asunto, pondría bajo sospecha la eficacia de todo el modelo.
En contra de lo que pudiera parecer, la coyuntura se presenta favorable para salvaguardar la reputación de la entidad y consolidar su política de Responsabilidad Social, demostrando que aquello del “més que un club” va más allá de una simple consigna y representa el compromiso con el cumplimiento de la ley y el abrazo al buen gobierno y la transparencia. En suma, todo ello le hará reforzarse ante el exterior y dar un serio aviso de cara al futuro.
Raúl López
























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