La estrategia como necesidad: el deporte y la anticipación

En un momento como el presente cuando la crisis sanitaria no se ha dominado y ni siquiera sabemos cuando y en qué momento podremos pensar en su superación cabe indicar que las organizaciones se diferencian entre aquellas que acompañan a los acontecimientos más o menos intuitivamente y aquellas otras que piensan en clave estrategia y, por tanto, buscan la fórmula para subvenir las situaciones y revertirlas de cara al futuro.
Es cierto que para un análisis científico nos falta un elemento esencial: la evaluación real de daños. Pero es cierto, también, que, a estas alturas, la naturaleza del daño es claro y lo que realmente nos queda por cerrar es la cuantía o el alcance de este.
En esta clave, el deporte, como el resto de las actividades sociales, puede evaluar el tipo de daños y esto nos permite diferenciar entre daños coyunturales y daños al sistema. Son coyunturales todos los daños que se refieren a las suspensiones de actividad, de participación en competiciones, de acontecimientos deportivos.
De alguna forma, se trata de elevar al plano colectivo lo que sucede en el plano individual cuando, por ejemplo, un deportista sufre una lesión que le aparta toda una temporada de la actividad deportiva. Estos daños, multiplicados exponencialmente, serán evidentes y constatables cuando atisbemos el final de la crisis o la salida del túnel.
El problema, a partir de ahí, es preguntarnos si, además de lo puntual, lo que esta crisis daña es el sistema deportivo en su conjunto. La reflexión sobre el modelo deportivo es una reflexión que no ha merecido seriamente una gran atención en los últimos tiempos. Las cosas iban lo suficientemente bien que proyectar el cambio para apuntalar o reforzar el sistema nos ha parecido poco menos que innecesario.
El sistema deportivo en su conjunto está hoy fraccionado en subsistemas deportivos autónomos, con intereses propios y que no alimentan el resto de los subsistemas. En este esquema el deporte competición de alto nivel es, sin duda, el más perjudicado porque, finalmente, se alimenta de los demás.
El deporte de la base, el territorial o de alcance limitado es el que alimenta la élite y, por tanto, el que la hace crecer y, sobre todo, la que propicia un elemento clave en el ámbito competitivo: la reposición de élites.
Nuestra reposición de élites es, sin duda, un problema histórico y, claramente, percibible en la realidad. Pero hemos compensado el aislamiento de sistemas y la incapacidad de reponer las élites de forma natural con una actividad esencial: los centros de alto nivel y de alto rendimiento.
El trabajo selectivo en estos centros nos ha permitido reponer las élites de una forma más rápida y exitosa que la que nos hubiera correspondido con el proceso natural de reposición de élites por la alimentación del sistema competitivo de alto nivel con lo procedente estrictamente de los niveles territorialmente inferiores.
Llegados a este punto, cabe plantearse la necesidad de la estrategia. El apunte que acaba de hacerse nos sitúa, por tanto, ante un sistema mixto que procede de la progresión en la pirámide de sistemas territoriales, de un lado, y, de otro, en la proyección que deriva de la actividad de los centros de alto nivel.
Situados en este plano, cabe volver a preguntarse por la estrategia. Y, en este terreno, la primera pregunta es ¿es válido el esquema? Si realizamos una mínima proyección podemos indicar que la conexión de sistemas y la vertebración del modelo nos daría consistencia y proyección, aunque es posible que la élite y los resultados en la misma tarden en ser visibles. Conclusión: ganamos el futuro, pero condicionamos el presente inmediato y el de los próximos tiempos. Decisión sensata, pero, ciertamente, muy compleja de admitir sabiendo de donde venimos en términos de éxitos deportivos y de resultados.
Por tanto, se trata de una estrategia necesaria pero insuficiente y muy condicionada por la importancia y la relevancia que el conjunto de los actores públicos pueda dar en los próximos tiempos a esta necesidad social. Nadie nos asegura que la atención y la preocupación presente pueda ser la de medio plazo en un momento de crisis económica y de demanda alternativa de cumplimiento de necesidades que va a trastocar muchas de las agendas políticas.
Esto nos conduce, prácticamente, al principio: la necesidad de reforzar las dos líneas simultáneamente de la estrategia existente.
En este terreno, en el deporte de élite es preciso formular una estrategia. En los últimos tiempos parece que su importancia, su relevancia o su consideración central en el deporte se ha devaluado al confundirse con la actividad física y con los beneficios de la actividad física para la sociedad. Son planos de la actividad perfectamente diferenciables y, sobre todo, diferenciados. Fomentar la actividad física como elemento de salud es una estrategia importante, admirable y necesaria. Pero su importancia no debe mermar la de un Estado que apuesta por el deporte y, por el deporte de élite y de competición.
No son incompatibles, aunque son diferentes en los objetivos, en las estrategias, en la posición y, sobre todo, en los responsables constitucionales de su realización. La actividad física es, constitucionalmente hablando, una responsabilidad que tendencialmente recae en las Administraciones Territoriales de proximidad. El Estado, en cuanto responsable de salud o de educación o de deporte, puede tener una labor esencial pero no en la ejecución.
El deporte es, por el contrario, algo que escala en la pirámide y que, en su concepción supracomunitaria e internacional, es responsabilidad de la Administración General del Estado. Olvidar los papeles que a cada uno corresponden produce confusión, equívocos y, finalmente que es lo que nos interesa, ineficiencias. El futuro debe analizarse en clave de eficiencia. Cada uno tendrá que hacer lo que le corresponde con la mayor eficiencia y con la mayor imaginación.
El modelo de deporte de alta competición necesita previsión y líneas estrategias. Necesita, por ejemplo, saber si el modelo de centros es suficiente para mantenernos en la élite o si, por el contrario, debe completarse con otras políticas hechas desde la responsabilidad supraautonómica. Si es así, que lo es, debemos encontrar una fórmula de financiación y de sostenibilidad del sistema, una vez claros, los objetivos.
El sistema de financiación presupuestaria no ha admitido en los últimos tiempos un incremento suficiente en relación con las demandas y las exigencias de nuestro nivel. Lo hecho es fruto de una economía de gestión muy importante y, en gran medida, de la racionalización de los técnicos del CSD en la fijación de prioridades y objetivos. A veces es el sistema administrativo – tan criticado en situaciones de normalidad- lo que nos queda para la coherencia del sistema.
Pero, a partir de aquí, la primera cuestión es saber cual es nuestra opción estratégica y financiera. Si el presupuesto no es la opción única y la iniciativa privada no parece que lo vaya a ser, en términos voluntarios y de actividad de liberalidad, la única solución es la del estimulo, la ayuda o, en términos constitucionales, el fomento.
La estrategia nos debería llevar a saber que es lo que debemos fomentar y cómo. El futuro, después de la crisis, es estrategia y la estrategia es opción, alternativas, decisiones y, esquema de financiación para el cumplimiento de los objetivos admitidos. El deporte necesita salir de esta crisis con una apuesta estratégica conocida, validada, consensuada y que nos sitúe ante un objetivo común.
No se trata de vencer el presente- como ahora se nos dice en todos los lugares y medios (que también, claro está,) sino, también, de vencer los efectos del presente sobre el futuro. Debemos planificar el futuro porque solo así lo ganaremos.
























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