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Blas López-Angulo
12 de febrero de 2017

Principios y contradicciones (una cierta mirada al affaire Zozulya)

El abrazo de un futbolista a una causa política, como transmisor de valores políticos, es muy eficaz. Vale tanto como una buena campaña. Kubala, en su época, fue politizado en el contexto de la guerra fría.

 

Como exiliado de la Hungría comunista formó parte del Hungaria, sin licencia federativa ni reconocimiento de la FIFA. Recaló en la España franquista y el Barcelona lo fichó. Sin embargo, no pudo jugar pues tanto su antiguo equipo, el Vasas de Budapest, como la Federación magiar lo reclamaban.

 

Esa irregularidad fue aprovechada ante la opinión pública para defender los derechos de un deportista al que se le negaba el ejercicio de su profesión por haber huido a Occidente en busca de libertad. Casi un año después obtuvo aquí el estatuto de refugiado y pudo jugar en la España de los 50, como se sabe, verdadero paraíso terrenal de las libertades.

 

En octubre de 1956, la invasión soviética de Hungría coincidió con la estancia del Honved, el equipo del ejército nacional, en Viena. Sus jugadores decidieron no volver. Entre ellos, Puskas, Kocsis y Czibor, ilustres conocidos también de nuestros estadios refugio.

 

Roman Zozulya, mediocre internacional ucraniano, ha proyectado su imagen pública en su país, gracias al fútbol. Para ello, no ha reparado en gestos, medios ni armas. Es difícil asegurarlo ante la desinformación masiva, pero posar y hacer guiños de su parecido físico delante de la foto de Stepan Bandera, colaboracionista nazi y títere de Hitler, enerva todos los esfuerzos mediáticos, incluso diplomáticos, por presentarlo como simple patriota, víctima de la propaganda soviética.

 

Algo que no ha pasado desapercibido para la barriada de Vallecas, aun sin ser experta en geopolítica. En las dos orillas de la Avenida de la Albufera la gente no es doctora en Ciencias Políticas, pero tiene la decencia de no querer a un tipo así, improbable salvador de este malhadado Rayo de Segunda. “Not Welcome!” No han sido los bukaneros, no busquen su criminilización con burda artillería jurídica. Todo el estadio fue empapelado con esas octavillas en inglés, en un barrio que no sabe inglés, pero que en sus gradas gritó en español eterno “Madrid será la tumba del fascismo”.

 

También en Múnich se vio una pancarta en la lengua de Cervantes: “Zoluyia vete ya”. Y otra en la de Shakespeare. En el Bayern, el llamado equipo de los judíos, su presidente y entrenador tuvieron que exiliarse a Suiza durante el nazismo. Sus grupos de izquierda tienen radicales lemas sociales, lo mismo que los bukaneros. En Vallecas, el antirracismo no es una pose ya desde la entrada, con ese recuerdo a Wilfred, aquel portero nigeriano del Rayo, con un corazón que no le cabía en el pecho.

 

Dudo que los políticamente correctos mensajes de LaLiga y de la FIFA tengan el mismo calado. A saber, sobre el racismo, la xenofobia, la violencia y la intolerancia. Como la cruz del Real Madrid que cede ante la media luna en los países árabes por cuestiones de marketing. Y en las repúblicas francesa, italiana, alemana o argentina, pongamos por caso, ¿no necesitan obviar su real corona? Me da que en el espejo deformante del fútbol todo es aún más pura contradicción.

 

Como que este equipo de una barriada obrera cayera en las garras de la familia Ruiz Mateos, que persiste a tenor de las notas informativas del Registro Mercantil en el consejo. Martín Presa no sería entonces más que lo que muchos sospechan: su testaferro y la explicación subsiguiente de la presente contradicción. Los negocios del fútbol, hay tanta tarta a repartir, se les dice a los jugadores si guardan las formas, ay Zozulya, chocan contra los sentimientos de la afición, la decencia que prefiere honra sin barcos, a barcos sin honra, como Méndez Núñez, ese vigués de la gloriosa armada al que nuestro próceres, más afines al viejo estilo desarrollista de la tecnocracia, ya no estiman.

 

El tecnócrata Gonzalo Fernández de la Mora en 1965 escribió “El crepúsculo de las ideologías”, precursor inopinado del “Fin de la historia” de Francis Fukuyama. En el fútbol las ideologías molestan tanto más, pero están por inventarse las aficiones prêt-à-porter. Justo lo que parecen demandar los propietarios actuales: extras, figurantes y graderíos de cartón piedra.

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